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Carlota, la rarita de la clase #sex3punto0

Carlota era esa joven que vivía su adolescencia entre complejos de toda la vida y otros tantos que aparecían cada día. Esa a la que de chica le pusieron gafas y ortodoncia. Esa que tenía un cabello que jamás podía controlar. Podríamos decir además, que era la rarita de la clase. Se la pasaba con la nariz metida entre libro y libro y ganando premios a sórdidas poesías y narrativas extrañas.

La típica empollona que sacaba notas de escándalo que no podía celebrar con sus compañeros de clase, porque ese tipo de niñitas nos joden a todos. Se sentía segura de su inteligencia y se sabía superior con ella de los demás.

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Ilustración: Joseba Morales (@joseba_morales josebamorales.com)

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Carlota era esa joven que vivía su adolescencia entre complejos de toda la vida y otros tantos que aparecían cada día. Esa a la que de chica le pusieron gafas y ortodoncia. Esa que tenía un cabello que jamás podía controlar. Podríamos decir además, que era la rarita de la clase. Se la pasaba con la nariz metida entre libro y libro y ganando premios a sórdidas poesías y narrativas extrañas.

La típica empollona que sacaba notas de escándalo que no podía celebrar con sus compañeros de clase, porque ese tipo de niñitas nos joden a todos. Se sentía segura de su inteligencia y se sabía superior con ella de los demás.

Carlota disfrutaba a lo lejos mirando y remirando el contoneo de las otras chicas de su edad, observando las melenitas de los surferos de su clase. Montando películas de historias que jamás, bajo ningún concepto, podrían llegar a pasar.

A veces, Carlota se me antojaba como el angelito endemoniado capaz de arrancarte el corazón sin la necesidad de sentir ni el tibio remordimiento por haber dejado tu cuerpo inerte.

Así era ella.

Nunca acerté a discernir si pasaba inadvertida cuando caminaba cabizbaja con sus libros entre la marabunta del instituto o si, por el contrario, el temor a su mal carácter alejaba al resto de los mortales del recorrido de su mirada, porque, a decir verdad, si corrías la suerte de ser considerado por ella como un ser inmaduro y sin gracia, morirías bajo la insolente mirada de su alma, quizás demasiado madura para jugar a tonterías entre las canchas.

Pero si, por algún casual, te armabas de valor y analizabas a la muchacha, bajo las ropas heredadas de hermanos varones mayores, podías descubrir unas tetitas que se erguían con complacencia, una cintura tersa y unas nalgas de lo más firme que podrías imaginar con la poca experiencia que te daba la edad.

Carlota era dueña de unos rasgos tan exóticos que eran culpables de algunos cuchicheos sobre su procedencia. Todos pensábamos que en su familia algún desliz asiático se había entrelazado, aportando a su rostro unos pómulos que serían la envidia de cualquier bisturí experto y que proporcionaban a sus ojos una extraña sensación de curiosidad permanente…

La primera vez que vi a Carlota enseñando las piernas me sorprendí boquiabierto y sujetando una erección formidable, de ésas que sólo la extrema juventud te proporciona de veras. Ella corría tras un balón de vóley y evitaba que tocara el suelo abriendo sus piernas hasta el infinito, tocando su rodilla contra el cemento mientras la otra quedaba totalmente estirada en su lugar de origen. Cómo saltaba esa diosa de pantaloncito corto… cómo saltaban sus pechos al compás de cada flexionar de rodillas.

Ese día no había gafas ni ortodoncia, desnudaba su rostro para jugar cada partido, para entrenar su cuerpo y mis miradas obscenas. Su pelo se recogía en un apretado moño que nos dejaba ver aún más sus pómulos de hembra más adulta que cualquiera de nosotros. Creo que fue ese día cuando comencé a volverme loco.

Evidentemente, no éramos nada para ella. Se reía de cosas que no entendíamos, escuchaba música que ni siquiera sabíamos que existía y leía libros tan gordos que mareaba a cualquiera tan solo con tomar su peso entre las manos.

Vuelta al aula con su mochila a cuestas, bajo las camisetas de su hermano, se convertía nuevamente en la rarita de la clase. La que le plantaba cara a quien le daba la gana y la que calló en más de una ocasión al típico profesor capullo que blandía con orgullo su poder de escuela pretérita. Era formidable.

Me sentaba varios puestos por detrás de ella y confieso que en la penumbra aplastante de las lecciones de latín, me masturbaba mi deliciosa erección por encima del pantalón fino de chándal champion, que por aquél entonces, era junto con los Levis 501, el uniforme de todo adolescente.

Descubrí con asombro que no era el único de mis amigos de aquella época que se había fijado en ella. Eso me jodía enormemente, sobre todo cuando escuchaba las típicas frases de machitos sin casi pelos en las pelotas. La imaginación volaba y decíamos cuantas estupideces de niñatos nos pasaban por la mente. Los nuevos verbos aprendidos no paraban de corretear por nuestras bocas “me la follaba”, “le mandaba a gusto”, “fuerte boquinazo le metía”. Y yo… yo también era pollaboba.

Carlota empezó a ser el centro de mis pensamientos y de nuestras pajas mancomunadas. Carlota, siempre Carlota. La que nunca iba a cumpleaños, la que no se besaba con nadie en las escaleras del instituto, la que nadie nunca le había metido mano. Carlota la chica rara, la de las tetas saltarinas y el culo duro, la que abría bien sus piernas para recibir con fuerza el balón.

¡Ay Carlota! Menuda sorpresa me llevé el día en que apareció en la fiesta que hicimos en casa de uno de los chicos para celebrar la despedida del 3º de BUP. La Carlota sin gafas ni ortodoncia… la chica exótica que nos deslumbró a todos con una falda muy corta y una camiseta que dejaba ver el ombligo y sus pezones duros como timbres… esa Carlota asesinaba con su mirada altiva, con sus tetas acusadoras como dedos índices, con sus piernas largas de vértigo maduro, con su olor de hembra saciada con la sangre de pobres víctimas.

Bebí como un macho para estar a su altura, para tener los cojones suficientes y acercarme a ella, pero no hacía caso alguno de mis plumas de pavorreal abiertas a todo color.

Entre los petas y las botellas de ron sentí en la nuca el estertor de calambres que uno percibe cuando se siente observado. Bajo los efectos de las malditas serpientes de Silvio giré lentamente la cabeza hasta que mis ojos tropezaron con Carlota y esta, con su siempre desafiante mirada marchó ágil y descarada del salón.

Fui tras ella hasta una parte sombría de la casa, me tomó las manos y las dejó con fuerza en sus nalgas, ella las apretaba encima de las mías guiando mi poco valor infantil.

Creo que temblaba de pavor. Ella me susurró “eres un niñato de mierda”. Nunca había estado tan cerca de su voz, de sus labios, de su olor.

La besé. La besé tan fuerte que me dolió. La besé con saña, como si fuera mía, como si de ello dependiera mi vida, mi hombría. La besé tanto que me desgasté los labios, las ganas, la lengua, el sabor. Y la apreté. Le tomé las tetas como si quisiera romperla y su escueta falda se levantó para mí. Nunca imaginé que un pubis pudiera ser tan suave y apetecible.

Ella me apartó y me tiró al suelo. Con fuerza se subió encima de mí y comenzó a danzar con armonía sobre mi cadera sin dejar de besarme. Demasiados petas, pensé en aquel instante. Y seguía bailando, y yo seguía volando.

Mierda de 501 y sus botones, cómo te duele la polla cuando la tienes dentro de los Levis.

Y dejó de besarme.

Y sonrió.

Y volvió a llamarme niñato.

Y luego llegó el verano y los viajes de padres y hermanos. Y yo rezaba para que se muriera el puto verano y sus viajes y llegara de nuevo el cielo abierto del instituto de barrio. Y el timbre de entrada y las listas de ciencias, letras y mixtas que nos deparaba aquel COU que nos despellejaba la cabeza.

Pero no encontré sus gafas ni su ortodoncia… ni siquiera sus tetas brincando en el equipo del Ofra.

En clase, me deleitaba con mis manos jugando con mi pene mientras las Cariátides o el Conde de Orgaz me miraban de refilón en las diapositivas del profesor de Historia del Arte.

Tenía toda la razón, era un niñato de mierda.

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