3.0 Opinion

Ensayo sobre la nostalgia

La nostalgia no es una buena acompañante. Como no hay heridas frías, tampoco hay nostalgias frías. Pero a diferencia de las heridas, las nostalgias no arden. Son un rescoldo que no acaba de apagarse. Cuando se creen extinguidas, una palabra, una mirada, una canción o un lugar las reavivan. Están en la memoria como células durmientes. Sólo necesitan de un pequeño estímulo para activarse. Suele decirse que evocar o rememorar es volver a vivir. En realidad sucede todo lo contrario: recordar es la constatación de una pérdida absoluta. Nada es como era. Toda circunstancia se construye con elementos que son irrepetibles. Un momento nos reúne y el siguiente nos dispersa. Tal es la ley del tiempo, si se quiere voraz, siempre cambiante, aun el más monótono.

La nostalgia no es una buena acompañante. Como no hay heridas frías, tampoco hay nostalgias frías. Pero a diferencia de las heridas, las nostalgias no arden. Son un rescoldo que no acaba de apagarse. Cuando se creen extinguidas, una palabra, una mirada, una canción o un lugar las reavivan. Están en la memoria como células durmientes. Sólo necesitan de un pequeño estímulo para activarse. Suele decirse que evocar o rememorar es volver a vivir. En realidad sucede todo lo contrario: recordar es la constatación de una pérdida absoluta. Nada es como era. Toda circunstancia se construye con elementos que son irrepetibles. Un momento nos reúne y el siguiente nos dispersa. Tal es la ley del tiempo, si se quiere voraz, siempre cambiante, aun el más monótono.

Sospecho que estas fiestas de fin de año tienen una rara mezcla que incluye entre otras cosas el rito, la majadería y la farsa. Quizá por eso muchos las celebran disfrazados, incluyendo smoking y pajarita y traje largo de gala. Hay una cierta obligación a la alegría sin que haya buenas razones para tenerla. Mejor que así sea. Por qué no. Festejamos el porvenir por anticipado. Tal vez la vida no sea otra cosa que destapar cada año el champagne de los deseos y eso de darles rienda suelta nos embriaga y nos alegra. Tiene cierta semejanza con lo que me decía un didáctico lotero: un billete no da ninguna garantía de premio pero nos permite repartir e invertir el premio mayor durante toda la semana… Entonces, esa semana la hemos vivido como ricos. Y eso no hay con qué pagarlo.

Más sincera es la nostalgia. A muchos los acomete con las doce campanadas. Hay quienes tienen las defensas de los ensueños bajas y se dejan ganar por la rastrera realidad, rara vez del todo grata. Cuántas lagrimitas se atragantan con las uvas y les exprimen un sabor amargo. El problema, por baladí que se nos antoje, es que la nostalgia tiene la mala costumbre de sacar cuentas y sabe en qué momento preciso se las cobra. ¿Una ausencia? ¿Un matrimonio o un noviazgo que se quedaron sin saldo? ¿Un empleo perdido o una empresa fracasada? Algo queda irremediablemente atrás. Además, cuando la elipse vital comienza a declinar, la idea de que no somos inmortales nos ataca. Y esto es lo que le añade trascendencia al nuevo año.

Pero déjenme abrir el último párrafo a lo que llamo “la nostalgia del futuro”, que no es otra cosa que la tristeza de lo que ineluctablemente ya no será posible. Recuerdo que yo tuve hasta que me casé por primera vez una escena en la cabeza. Debía ser el comienzo del tonto que llegué a ser. Me veía en mi edad actual (venal, venerable, venérea o intravenosa) en una casa de campo adonde me había retirado con la feliz compañera de toda la vida, a escribir mis memorias. La casa imaginada era modesta pero muy amplia, con dos salones de muebles grandes y desvencijados y con un comedor de mesa larga y rústica que miraba a un jardín. Creo que le agregué una piscina, dos perros y un caballo. Para este año, o para el anterior, o para el siguiente, llegaban a pasar el fin de año, entre otros, tres nueras, dos yernos y unos ocho nietos. Ahora que vivo solo y tengo a mis dos hijos a más de catorce mil kilómetros y no tengo esa esposa ni esa cantidad de nietos ni esa casa ni siquiera memorias por escribir, para no ser menos me he hecho la consabida promesa para el 2014: escribir un ensayo de tomo y lomo sobre la teoría de la “nostalgia del futuro”, que sin duda me acarreará fama y fortuna y que comienza ya mismito en este artículo para que no se me convierta, sí, en nostalgia del futuro.

1 Comentario

1 Comentario

  1. Gerardo Vicente

    22 marzo, 2014 en 06:39

    Aveces no dejamos a algien por el miedo a una nostalgia futura.

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