3.0 Opinion

Mujer posada junto a la puerta

Boceto 1: la mujer está posada junto a una puerta de antaño con huellas de porquería de diversas eras históricas. Es bella, quizás demasiado bella para estar arrimada a esa memoria borrada por las heridas untadas. Ella se abstrae y pasa, mira al sol y se alimenta de la savia ajena, y ahí sigue hasta que al astro rey le da por irse, y la belleza con él. Y así termina esta historia de la mujer posada junto a la puerta.

Si alguien sabe qué puede destruir a la muerte,

qué puede cercenar su mano vengativa,

venga ahora y lo diga cuando estamos a tiempo

de rechazar su fuego que cada vez se aumenta.

 

Extracto del poema A una muchacha, de Luis Feria

 

Boceto 1: la mujer está posada junto a una puerta de antaño con huellas de porquería de diversas eras históricas. Es bella, quizás demasiado bella para estar arrimada a esa memoria borrada por las heridas untadas. Ella se abstrae y pasa, mira al sol y se alimenta de la savia ajena, y ahí sigue hasta que al astro rey le da por irse, y la belleza con él. Y así termina esta historia de la mujer posada junto a la puerta.

Boceto 2: la mujer joven, bajita, morena y lúcida que sonríe apoyada junto a la puerta tiene los ojos cerrados, está casi descamisada y se tuesta al sol con placer reconocible. Al otro lado, desde la sombra más cercana a la puerta sucia, alguien del otro sexo mira con el agua de su sudor hirviéndole en la cara. Cree conocerla, pero no se atreve a acercarse. Cree incluso que en algún momento estuvo enamorado de ella, y que además llegó a ser por un largo tiempo su único amor. Ella no abre los ojos, sino que los mantiene cerrados sin apenas esfuerzo. No ve nada, sino siente: calor, llama, fuego, energía, placer… Él cada vez lo tiene más claro: “Es ella, seguro que es ella, y voy…” Le echa bemoles y se acerca poco a poco, con tan mala suerte que la edad, el calor y la misma emoción terminan con él a escasos centímetros de estirar la mano y tocar la belleza que tantas veces durmió a su lado. El síncope le sobrevino y todo terminó en el momento jamás escrito ni pensado. Ella entonces abrió los ojos, por el zumbido del golpe, y lo reconoció al instante, pero ahora se da la vuelta y parte hacia otro lugar en el que una bocina de coche caro informa de que su nuevo hombre ya ha llegado. Allí quedó tendido, muerto, hasta que los pocos viandantes que el calor deja en la calle se aproximan para ya no poder hacer nada.

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 Mujer en camisa, de Picasso.

Y boceto 3: la mujer guapa, morena y bella está pegada a la pared junto a la puerta hedionda. No se mueve, está quieta, no suda y tampoco habla. Es la afamada efigie que todo el mundo admira pero nadie toca porque ya se sabe que es la misma muerte. Bella, pero muerte al fin.

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