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El podio del concurso literario de Casa África

Casa África hizo público el jueves 31 de julio el fallo del jurado de la segunda edición de su concurso de microrrelatos, denominado Purorrelato, que da por vencedora a la valenciana Cecilia Rodríguez Bové, autora del texto titulado Cazadores. El segundo premio de este certamen corresponde al salmantino residente en Madrid Isidro Catela Marcos, con el microrrelato Goliat, y el tercero, a la germano-argentina residente en el País Vasco Greta Frankenfeld, que firma Meditación.

Fallo del certamen internacional ‘Purorrelato’ en su edición de 2014

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Casa África hizo público el jueves 31 de julio el fallo del jurado de la segunda edición de su concurso de microrrelatos, denominado Purorrelato, que da por vencedora a la valenciana Cecilia Rodríguez Bové, autora del texto titulado Cazadores. El segundo premio de este certamen corresponde al salmantino residente en Madrid Isidro Catela Marcos, con el microrrelato Goliat, y el tercero, a la germano-argentina residente en el País Vasco Greta Frankenfeld, que firma Meditación.

A continuación se reproducen esos tres textos.

‘Cazadores’

(primer premio: Cecilia Rodríguez Bové -Valencia-)

La mañana es clara en el Serengueti y una brisa tranquila recorre la inmensidad de la sabana. Allí todo se ha vuelto un premeditado silencio para que puedan observarse. Al acecho, ambos esperan obtener su recompensa. El fotógrafo de pie, inmóvil, parapetado tras el enorme zoom, sueña con hacer la foto perfecta. Por su parte, el joven león agazapado ha centrado su mirada en la lente del fotógrafo. Ambos se estudian cautelosamente. Calculan la distancia. Ninguno de los dos quiere fallar. Los segundos transcurren pesadamente antes de que hombre y fiera se decidan y es que la espera forma parte del ritual. Los dioses finalmente se pronuncian: todo saldrá bien. Entonces, el tiempo se detiene. Es la señal. En perfecta sincronía, el clic de la cámara de fotos y el afilado zarpazo rompen la quietud y se cruzan en el aire. Todo sucede al unísono, en el justo instante de las recompensas.

 

‘Goliat’

(segundo premio: Isidro Catela Marcos -Madrid-)

Temprano, el Aquarium permanece sereno. Cuando llegan los turistas, a menudo se convierte en una inmensa sabana, con sus previsibles estampidas de búfalos, jirafas y ñus. Pero, a primera hora, mientras preparo la comida de los animales, se sostiene quieto, en perfecto equilibrio. Hasta los peces-tigre del Congo se desperezan lentamente y se van acercando al cristal, o a la superficie, para ver qué es lo que pueden devorar de entre lo que les voy echando. En cuanto arrojo las presas vivas, todos se abalanzan sobre los manjares y los destrozan con las cuchillas que les cuelgan de las mandíbulas. Todos menos uno. Goliat es diferente. No pelea, no engulle. Se queda en un rincón, esperando a que sus compañeros concluyan y, después, me mira durante unos segundos, expectante. Es entonces cuando le dejo caer trocitos de papel, como si fueran las nieves del Kilimanjaro. Goliat devora libros: Memorias de África le duró un día y medio; La Casa del Hambre, apenas dos días. He pensado muchas veces en decírselo al jefe, pero no lo he hecho. Goliat se haría famoso, tendría que devorar libros en público y, tal vez, lo que es virtud alguno lo podría tomar por debilidad. Yo le veo sano y feliz, así que prefiero seguir alimentándole a escondidas.

‘Meditación’

(tercer premio: Greta Frankenfeld -Bilbao-)

Podía percibir la tensión subiendo desde los hombros hasta la base del cráneo. Con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, Marian movió el cuello buscando alivio. Respiró lentamente y notó sus músculos relajándose. El silencio se iba haciendo un hueco con cada exhalación… De sus talones brotó un cosquilleo, un poco de calor, un pequeño placer inquietante. Marian sintió dos ramas verdes que nacían de las plantas de sus pies y la unían primero al suelo de madera y después a la tierra subyacente. Las ramas se hacían cada vez más gruesas y lisas. Sensibles como las yemas de sus dedos, profundizaban rápidamente en la esfera rozando la tierra negra con sonidos quebradizos. Pero antes de llegar al centro, cambiaron el rumbo formando un ángulo hacia la superficie. Sorprendida, Marian sintió el viraje en su propio núcleo. En su ascenso, las ramas se iban tornado más oscuras, resistentes y nudosas, como una mano anciana y huesuda. Las puntas se deshilacharon al rozar la corteza. Las delicadas hebras desalojaron los guijarros de la orilla y, con una profunda bocanada de aire limpio, se desmelenaron a la intemperie. Estaban en un punto de la roja y olorosa tierra de Uvira, frente a la casa de adobe de su infancia. Al otro lado del mar, muy al norte, Marian abrió los ojos.

MÁS INFORMACIÓN: www.casafrica.es

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