Manuel Herrador

Dosis de aire puro

Sirvan estas primeras palabras de agradecimiento a mi compañero Juan Manuel Pardellas por la oportunidad que me ha brindado para que, una vez a la semana, les pueda proyectar mis anhelos más íntimos a través de este prestigioso medio digital, una plataforma que me obliga a elevar en un punto de calidad la escala de responsabilidad que cualquier periodista, bloguero o comunicador 3.0 debe exigirse.

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Sirvan estas primeras palabras de agradecimiento a mi compañero Juan Manuel Pardellas por la oportunidad que me ha brindado para que, una vez a la semana, les pueda proyectar mis anhelos más íntimos a través de este prestigioso medio digital, una plataforma que me obliga a elevar en un punto de calidad la escala de responsabilidad que cualquier periodista, bloguero o comunicador 3.0 debe exigirse.

Como una foca que nada bajo la sólida capa del hielo ártico buscando un hueco al aire libre para poder sacar la cabeza del mar y respirar, y de nuevo sumergirse, así me siento; aguantando el aire, navegando por las aguas turbulentas del periodismo global para, afortunadamente, emerger aquí cada siete días y poder oxigenar con quinientas palabras sin contaminar mis convulsas reflexiones. Porque una semana, tal y como está el patio, da de sobra para contaminar todo el aire puro inhalado en cada uno de mis artículos. ¡Joder que si da!

¿Hasta dónde va a llegar la vergonzosa explotación laboral que muchos periodistas y técnicos audiovisuales padecen actualmente?

Y es que… ¿hasta dónde va a llegar la vergonzosa explotación laboral que muchos periodistas y técnicos audiovisuales padecen actualmente? Todos sabemos de compañeros que trabajan sin contrato, diez u once horas diarias y cuando cobran -generalmente tarde- apenas alcanzan los quinientos euros mensuales. Otros muchos, con la indecente coartada de que son becarios y están en fase de formación, no llegan a los doscientos euros mensuales y, en muchos casos, ni siquiera reciben algo de dinero para pagarse la guagua. Y, la mayoría de ellos, con buena preparación, llenos de ilusión y deseosos de activar su más pura vocación.

En general, qué repugnante costumbre han cogido los mass media de contratar profesionales a cambio de que ellos mismos sean quienes ingresan el dinero necesario para cobrar sus propios emolumentos y, la cantidad sobrante -que proporcionalmente es mayor- entregarla a la avispada y usurera empresa contratante. ¡Que no, hombre, que no! Que uno no puede saber de todo, ni sirve para todo; que no se puede ser buen periodista, gran comunicador, perfecto locutor, avezado investigador, elegante comercial, original creativo, ejecutivo agresivo, singular publicista, técnico multidisciplinar y despiadado cobrador.

Los mandamases quieren que los conductores de programas sean expertos locutores publicitarios, audaces redactores, tiburones comerciales, hombres del frac, actores de teatro, telefonistas, ingenieros de sonido, programadores informáticos, secretarios personales y personal de mantenimiento y limpieza

Llámenme “carca”, de acuerdo, pero cuánto echo de menos la estructura empresarial de los medios de comunicación del último tercio del siglo pasado. Entonces, cada uno era especialista en lo suyo, sin excluir la evolución y la formación continua, pero fomentando la perfección limitada a cada tarea que el medio de comunicación precisaba. El desequilibrio funcional lo veo cada día en muchos de los medios en los que colaboro o a los que, puntualmente, me invitan. Los mandamases quieren que los conductores de programas sean expertos locutores publicitarios, audaces redactores, tiburones comerciales, hombres del frac, actores de teatro, telefonistas, ingenieros de sonido, programadores informáticos, secretarios personales y personal de mantenimiento y limpieza.

Pues no. Imposible. No voy a cansarme de decirlo, no. No voy a cejar en reclamar a esos listillos mandamases, en ocasiones faltos del conocimiento mínimo exigible a un responsable superior, la dignificación que la profesión periodística y audiovisual demanda a gritos. ¡Tengan un poquito de vergüenza, señores!

¿Ven?, ya me he cabreado, y no quería. Porque me quedo sin aire. Menos mal que la semana que viene, a esta hora aproximadamente, saco el cuello y subo a esta plataforma oxigenada a tomar una nueva dosis de aire puro; mientras tanto, para dar ejemplo y que no me pase a mí lo que yo mismo denuncio, voy a aplicarme el viejo proverbio chino:

El sabio puede sentarse en un hormiguero, pero solo el necio se queda sentado en él”.

(*) Te invitamos a seguir a Manuel Herrador en su blog: manuelherrador.blogspot

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