Manuel Herrador

Llegó el último día…¡Mierda!

02082015-verano

¿Te acuerdas? ¡Qué joven eras! Llevabas disfrutando varias semanas seguidas de alegrías, risas, tapeo, copitas, amores, felicidad, inocente sexo, música, poesía, puestas de sol, paseos interminables, guitarras, hogueras, libertad, verbenas y siestas

¿Te acuerdas? ¡Qué joven eras! Llevabas disfrutando varias semanas seguidas de alegrías, risas, tapeo, copitas, amores, felicidad, inocente sexo, música, poesía, puestas de sol, paseos interminables, guitarras, hogueras, libertad, verbenas y siestas

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¡Qué putada! Ocurría cada treintaiuno de agosto. Los cuatro o cinco días antes ya empezabas a sentir zarpazos de oscuridad en el silencio de tus noches, fantasmas que intentaban ensombrecer tantos buenos momentos vividos en las semanas previas pero, el treintaiuno, el último día de agosto, ese, era el más cabrón.

Necesitarías un año más hasta volver a recuperar tanta gloria desmedida junta y… eso era mucho tiempo; solo pensarlo, te amargaba el camino de vuelta a tu rutina otoñal. Quizá, ella, la penúltima noche, te escribía a mano una carta de tres hojas por las dos caras, llena de amor y de fieles promesas, para que tú la leyeras al día siguiente, tras la despedida. Quizá, él, te dejaba bajo la puerta de la casa de tus abuelos un sobre cerrado conteniendo un trocito de cinta azul, esa que colgaba del mástil de su guitarra y que tantas noches le pediste, recostada junto a él sobre la alfombra arenosa de la playa, excitados los dos por el son de las olas y por el afrodisíaco frescor de la luna.

Parece que fue ayer cuando estabas haciendo planes de viaje y quedando para ir a saludar y dar la bienvenida –como cada principio de verano- a los amigos de siempre. ¡Joder, mañana vuelta a la vulgaridad, a preparar exámenes pendientes, a soportar caras largas, a aguantar fantasías estivales de otros, a dejar de escuchar las gaviotas, a ponernos los calcetines apretados otra vez, a pautar cada día de la semana, cada hora, cada minuto, cada segundo!

-Hola, ¿está Carlos?

-Sí, ¿de parte de…?

-Dígale que soy Marta, la de los ‘Apartamentos Playasol’.

-Sí, un momentito, por favor…

-¡Hola Marta! ¿Ya llegaste?

-¿Qué tal Carlos, cómo estás?

-Pues si te digo la verdad, hoy no he salido de casa, no me apetecía.

-¿Leíste lo que te dejé?

-¡Claro, y me ha encantado! ¡Lo he leído… cuatro veces!

-Jajaja, ¡qué tonto! Mira Carlos, te llamo porque quería decirte que…

No hay comparación, dónde ibas a encontrar a alguien que no solo te entendía y escuchaba, sino que también te hacía sentir especial, diferente, superhéroe sin defectos, una persona exclusiva.

Treintaiuno de agosto de mil novecientos y pico, primera hora de la mañana, la voz de tus padres llamándote para partir, el coche repleto de maletas, bolsas y cajas, ocupando todos los huecos posibles, reventando el maletero, aplastando el techo, rellenando los asientos y dejándote sin sitio para los pies. Y tú, como un bulto más, estabas inmóvil, bajo presión, con incomodidad y en silencio, con los ojos cuajaditos de lágrimas y la mirada perdida atravesando la ventana fija del asiento de atrás.

Allá, a lo lejos, iba quedando ese sendero de tierra y flores que cada tarde atravesabas de la mano de él, o ese banco testigo de los besos que al anochecer, con tierno temor, depositabas en el cuello y en la boca de ella. ¡Y pensar que todo un año por delante podría romper tanto ensueño!, eso te amargaba, te hundía, porque estabas seguro que en tu colegio, en tu facultad o en tu trabajo nadie se parecía a ella; porque estabas convencida que no encontrarías otro chico que te tratara y te mimara como él.

El ciclo humano de la imposición social jodía todo. ¡Qué rabia sentías por dejar atrás en pocos minutos un oasis de felicidad y qué miedo, a la vez, por si no volvías a repetirlo! Pero…, así es la vida, de esa forma nos la hemos estructurado generación tras generación, de abuelos a padres, de padres a hijos, de hijos a nietos, y así va a seguir ocurriendo eternamente. Porque ya ha habido tiempo más que suficiente para corregirlo, y no lo hemos hecho; porque aún dedicamos menos tiempo a nuestra felicidad y más a la rutina; porque consentimos más agenda a nuestros problemas que a nuestros buenos momentos y porque, si no, no seríamos humanos, seríamos perfectos.

-Papá, por favor, ¿puedes parar en la próxima gasolinera?, es que tengo que hacer una llamada…

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