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Sócrates en la isla de San Borondón, es decir, la autoridad en las aulas

“La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y chismea mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se ponen de pie cuando los mayores entran al cuarto. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”

Sócrates (Atenas c. 469 a.C. -399 a.C.).

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Dicen que la amañada frase “la juventud está perdida”,  se atribuye erróneamente a Sócrates. Es posible, pero este artículo no trata de resolver el problema de la autoría de la cita de interés. Lo que resulta más trascendente de ésta es su repetición a lo largo de la Historia. Los románticos, los hippies, pero también Pepe Rey (el joven liberal que envía Benito Pérez Galdós en su obra “Doña perfecta” a la casa de su tía, estrictamente tradicional) han sido personajes disruptivos con su realidad histórica y acusados por faltar al respeto a los valores agasajados por sus padres,  maestros, magistrados, y otros árbitros de lo que vale y no vale. Es decir, cada época ha tenido su autoridad del momento, que a pesar de valerse de atributos culturales de pináculo, en algún momento se tambaleó, incluso hasta perderse por completo. Igual que San Borondón, que en el fondo no es más que una proyección de algún ideal que deseamos.

¿Por qué entonces los profesores se quejan de la falta de autoridad?

La utopía de la escuela ha sido materializada a la par de imponerse en nuestras vidas el modelo socioeconómico del capitalismo. En este contexto ha sido definida la función de la escuela: formar la mano de obra. De ahí persiste hasta nuestros tiempos el mismo modo de funcionamiento de esta institución: momentos de trabajo y ocio claramente pautados; acceso al conocimiento graduado; organización rígida del horario escolar. La idea sobre el papel del docente viene a colación; es la autoridad que disciplina, es decir, quien recompensa  las actitudes deseables y sanciona las que no lo son tanto.

De este primer desajuste  entre el contexto previo de la institución de la escuela y las condiciones contemporáneas surgen mayores aflicciones en torno al papel del docente alineado con la coyuntura. No todos lo son: no faltan los que se dejan su piel para educar de otra manera, pero aún éstos, y a pesar de contar con la dicha de vivir con los valores alternativos que les permiten sacar adelante unos proyectos maravillosos, a muchos de ellos también les corta las alas el tópico de ser alguien que ha perdido su estatus y la autoridad.  

Se necesita algo más que imposición

En este segundo plano de los profundamente preocupados por la facultad docente suele aparecer la idea de Zygmunt Bauman. Evocado en tantas ocasiones, el concepto de “modernidad líquida” es la metáfora que usa este autor para etiquetar el cambio más profundo que estamos viviendo los del siglo XXI: la ruptura de todas instituciones sociales que han sido levantadas hasta este momento y un flujo libre de vida a través de sus diferentes formas que marca una profunda incertidumbre. Es decir, no sólo basta con que los niños y niñas repitan los cursos y cambien de cole, mermándose por el camino la autoridad del profe. Se ha vuelto cotidiano cambiar de profesión, de partido, de patria, de pareja, de padres, de identidades sexuales y de más cosas,  tambaleándose juntas todas las autoridades conocidas hasta el momento. En este mundo que hemos creado entre todos, la autoridad, simplemente, ha sido sustituida por la libre experimentación de diferentes estados de la vida. Yo, tan polaca y tan socióloga como Bauman, debo añadir lo que se suele omitir del mensaje de este autor que, más allá de definir en qué consiste la depauperación de las autoridades tradicionales, transmite en toda su obra una idea mucho más importante: la necesidad de definir las nuevas bases de la comunidad humana.  

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