Africa 3.0

La sultana a la que no debemos olvidar

La primera vez que leí su nombre en los eternos listados de bibliografía que andaba por entonces consultando, ni siquiera me percaté de que fuese marroquí. Era la época en que yo, como alumna, comenzaba mi andadura en la investigación mientras que Fátima Mernissi ya se había convertido en esa investigadora de referencia para quienes nos interesábamos por los temas del género y del islam.

Por entonces, las lecturas de sus obras había que hacerlas en inglés o francés puesto que apenas si se había traducido alguna de ellas al castellano. Afortunadamente, despuntando la década de los noventa, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo inauguró una de sus colecciones con dos obras de Mernissi: las traducciones del popular cuento marroquí, Aixa y el hijo del rey o ¿ quién puede más el
hombre o la mujer? (1990) y su ensayo Marruecos a través de sus mujeres (1990) y a estas, le siguieron sus trabajos El miedo a la Modernidad. Islam democracia, (1992) y El harén político. El profeta y las mujeres (1999).

No obstante, a esta altura, Mernissi ya había rebasado los contornos universitarios y se había convertido en una autora bien conocida gracias a su novela Sueños en el umbral. Memorias de una niña del harén (1995), escrita originalmente en inglés (Dreams ofTrespass. Tales of a Harem Girlhood) y traducida a veintidós idiomas. Todavía hoy recuerdo la primera frase con la que Mernissi comenzaba dicho relato: Nací en 1940 en un harén de Fez, y lo recuerdo por la avidez con que leía éste y otros tantos pasajes “falsamente autobiográficos” –como los denominaba ella- , entrelazados con una alta dosis de contenidos científicos que se construían, por otra parte, al más bello estilo de las Mil y Una Noches. Así, con sus recuerdos de infancia y juventud se insertaba en un nuevo género, la novela, y al mismo tiempo se consagraba como escritora.

 La verdad es que Fátima Mernissi tuvo la singular capacidad de convertir la lectura de sus ensayos en un agradable paseo por las cuestiones que quería transmitir, incluso para quien no fuese especialista.  Ahí están las obras recién citadas pero también otras posteriores, como Las sultanas olvidadas (Muchnik, 1997), El poder olvidado. Las mujeres ante un Islam en cambio (Icaria, 1996) así como la también famosa El Harén en Occidente (Espasa, 2001). Todas ellas de sorprendente cómoda lectura, si se tiene en cuenta el número de datos y de información científica que aportan. De hecho, más de una vez, mientras la leía,  he tenido la sensación de estar en una tertulia de papel donde la voz de esta mujer representa la voz de muchas otras cuya existencia, a menudo, viene significada por el silencio.

Y es que, no cabe duda, Fátima Mernissi supo convertir su discurso en el discurso de muchas otras mujeres y lo hizo con su mejor arma, la escritura, un revolucionario instrumento de lucha por la igualdad. Estaba, además, convencida de que el derecho a la expresión sigue siendo todavía el mejor medio de combate, la batalla a librar por las propias ideas porque, como ella misma afirmó la verdadera escritura es siempre una búsqueda, una pesquisa. Además, su trazo narrativo se caracterizó, frecuentemente, por su exquisito sentido del humor y ella misma confesará a sus lectores que escribe –que escribía- con regularidad de la misma manera que otros hacen yoga o practican boxeo, siendo este es su único secreto para estar bien. Así lo dejó reflejado en uno de sus artículos: “La escritura es mejor que un lifting” .

En cualquier caso, su vasta formación en Historia del Islam así como en los textos religiosos, sobre todo en Hadices y comentarios a El Corán, hicieron de ella una especialista indiscutible que supo situar dicho aprendizaje al servicio de un objetivo concreto: dar a conocer un Islam alejado de los estereotipos y de la manipulación. De la misma manera,  utilizó un nueva lectura de las tradicionales fuentes religiosas e históricas para elaborar la defensa de los derechos femeninos en las sociedades islámicas.

La razón principal que la llevó a acometer esta ingente labor de recuperación histórica con el objetivo de luchar por la igualdad en las sociedades árabes e islámicas no fue otra que poder rebatir con argumentos sólidos todas esas estrategias políticas que dejan a las mujeres en una posición de inferioridad y segregación. Dichas estrategias pueden ser de tipo económico: el derecho a un trabajo remunerado; de tipo legal: la condición de la mujer en el código de familia, o de tipo religioso:  las que se justifican y legitiman a través de la tradición del Profeta, es decir, la tradición histórica. De manera que, el instrumento que poseen las mujeres y hombres progresistas en esas comunidades no es otra que el conocimiento directo de dichos textos. Es decir, esas nuevas lecturas  son una herramienta imprescindible porque solo ellas pueden impedir el monopolio de un discurso político y masculino totalmente alejado de aquel discurso original del que, si embargo, este afirma proceder, el discurso del profeta Mahoma.

El convencimiento -y conocimiento-  de Fátima Mernissi  sobre este asunto es de tal calibre que en 1987 escribe su obra El harén político. El Profeta y las mujeres en el que plasma el papel que las diferentes esposas de Mahoma jugaron en los acontecimientos políticos del islam fundacional, situando al Profeta en una actitud de gran consideración y respeto hacia las mujeres. Este libro, sin embargo, fue prohibido. Sin embargo, la autora haciendo alarde de dos de sus grandes cualidades: su vasta formación y su fina ironía, escribirá una carta al ministro de Justicia en la que le interpela diciendo: “si estoy equivocada, existe una práctica en el Islam según la cual, el ulema que sepa más que yo, tiene el deber de darme la información correcta. Sólo entonces estaré dispuesta a cambiar mi libro. Nunca obtuvo respuesta alguna.

Así las cosas, determinadas reivindicaciones, que se podrían denominar feministas, también encontraron su espacio en la obra de Mernissi. Ella afirmaba con rotundidad que las mujeres están destinadas a ser el motor  de cambio en las sociedades islámicas y que ya lo son cuando salen a la calle a pedir sus derechos, cuando se dejan oír, cuando alcanzan un logro por pequeño que sea, porque tales metas obligan a delimitar el concepto de espacio público moderno, ausente en la tradición árabe islámica.

Para dar cabida a este guión principal, Mernissi confeccionó la idea del harén, un elemento presente, de una u otra manera, en el transcurso de su vida y de su obra y que le va a permitir, como se verá más abajo, no sólo explicar su cultura de origen sino contrastar ésta con la otra cultura, la de Occidente. Indudablemente, un camino de ida y vuelta, un espejo donde mirarse y ser mirado porque el harén es la metáfora de la existencia femenina. Y es que Fátima Mernissi supo conjugar bien las connotaciones y los significados que harén pueda tener.

El concepto de harén es muy importante. En origen haram significa lo prohibido, lo ilícito, frente a halal, lo permisible. Su relación histórica con las mujeres es evidente, el harén es el espacio interior femenino, lo privado, lo inaccesible a los varones extraños a la familia. Por eso, harén viene asociado a la noción de familia extensa. Sin embargo, no es difícil advertir que el harén islámico suscita en el colectivo occidental representaciones de imágenes concretas: velos, eunucos, poligamia, placeres sexuales con mujeres reducidas a la esclavitud. En realidad, son representaciones alimentadas por esa corriente orientalista que Edward Said ha descrito de manera magistral y que pintores como Matisse, Delacroix y otros han plasmado en sus lienzos. Sumemos a esto,  óperas como Aida de Verdi o ballets de sobra famosos como Sherezade, sin contar con las películas sobre el tema enviadas desde Hollywood.

Sin embargo, estos harenes imaginarios nada tienen que ver con los harenes enclaustrados, con aquellos harenes que emanan de una sociedad orquestada sobre la base de la segregación femenina y que hacen que, desde muy niñas, las mujeres configuren la noción de fronteras. Se genera el sentimiento de prisión tras los muros de un harén y ahí, en ese mismo lugar se gestan los sueños compartidos, se sueña con salir a construir el horizonte sin límites. En definitiva, se puede hablar de una ideología del harén, pero eso supone aceptar que la sociedad queda fracturada en dos espacios: interior y exterior, es más, ni siquiera cabría hablar de espacio público puesto que éste sólo es masculino. En cambio, en las sociedades democráticas la existencia del ámbito privado y público no viene marcado por el género sino que se encuentra compartido. Con esta arquitectura social se comprende que aquellas mujeres que irrumpen en la calle,  puedan ser molestadas: al fin y al cabo, están en un lugar que no les corresponde y, por lo tanto, deban echar mano de reguladores espaciales como se les suele llamar a los enormes velos que las ocultan hasta convertirlas en invisibles para su propia sociedad y que en occidente reconocemos llamándolos indistintamente burkas o niqabs.

Pero, un Estado democrático exige la participación activa de toda su población así como la pluralidad de pareceres, por eso, una gran parte de los textos de Mernissi están destinados a defender las opiniones y los derechos de las mujeres, dejando ver su compromiso con los fundamentos femeninos. Esta actitud es la que podemos ver en algún trabajo suyo donde, con fina ironía, denuncia la explotación a la que está sometida la mano de obra femenina. Léase, su artículo Cómo privar a una obrera de su salario mínimo recogido en un volumen colectivo titulado La mujer en la otra orilla (Flor del viento ediciones, 1996).

De la misma manera, promueve la urgente necesidad de dar educación al colectivo femenino como única alternativa a la situación que vive. Ella sabe bien de qué habla cuando reivindica este asunto puesto que fue criada en el entorno femenino que confieren las familias burguesas y tradicionales árabes. Siendo hija y nieta de mujeres analfabetas, cuenta, cómo supo burlar lo que parecía ser un destino cuando a los diecinueve nueve años se subió a un tren que la llevaría desde  su harén de Fez  hasta una licenciatura en Ciencias Políticas en Rabat.

Quizás animada por su propia trayectoria, Fátima Mernissi, se ha dirigido expresamente a las mujeres, alentándolas a asumir el papel que tienen en la sociedad. Las ha animado a realizar un viaje por el tiempo de su propia historia, a conocerla para recuperar la memoria de aquellos otros momentos en que hubo condominio, cuando algunas mujeres fueron sujetos políticos. Y no sólo eso. También exhortó a las mujeres a luchar en contra de aquellas instituciones que se asemejan a harenes, en el sentido de que solo acogen a un único sexo, el masculino. En definitiva, luchó por abrir un diálogo en el que no se delibere ni se regule la vida de un grupo -las mujeres- estando ellas ausentes de tales debates.

Y es que la palabra de Mernissi se eleva, en muchos casos, dentro de una trayectoria clara: convencer al pueblo árabe de que debe recuperar la dignidad que la incultura y las desigualdades económicas le han arrebatado. Con esa meta trazada, esta autora, Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2003,  se sumergía en las fuentes más puras y rescataba nuevas lecturas de viejas narraciones, con la aspiración de que sus obras fuesen recuerdos que llegasen hasta donde la memoria colectiva se desalentó y que resurgiesen desde nubosidades como las de esos sueños que proporcionan aliento. Ella ha conseguido que su escritura haga “de una persona indiferente, un lector o una lectora atentos”. Ahora nos toca no olvidarla.

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