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La Radio y su representación: la Academia, una institución sin predicamento

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Foto vía web academiadelaradio.com

La Academia Española de la Radio no ha podido organizar su gala anual por falta de financiación

La radio tiene más de 25 millones de oyentes en España, pero carece de fuerza mediática, por sí misma, y de recursos, como para organizar una gran ‘Fiesta de la radio’. La reciente información, ofrecida por esta web en torno a la crítica situación financiera que atraviesa la Academia Española de la Radio, que le impedía organizar su Gala Anual, coincidente con el Día Mundial de la Radio, ¡que ella misma contribuyó a institucionalizar! ha sorprendido a propios y a extraños.

 

Los extraños porque no están, lógicamente, al corriente de las actividades de la Academia (que tampoco son muy numerosas, para qué nos vamos a engañar…) y los propios, la ‘familia’ de los profesionales de la radio, porque, paradójicamente, viven –vivimos- al margen de esta realidad –la Academia- al contrario que otros sectores, más implicados en el carácter corporativo de su actividad, como los profesionales del cine, o de la televisión. No, la radio, una vez más, se orienta hacia otros derroteros, tan dispares, y peculiares, si tomamos como referencia los sectores mencionados.Reconozco que al hablar de la Academia de la Radio Española, que preside Jorge Álvarez, me mueven sentimientos encontrados. Por un lado, es de justicia reconocer el esfuerzo desarrollado por el actual equipo directivo de esta entidad en la defensa del medio, allá donde ha sido necesario. Y tal vez, y como comentaba con anterioridad, su mayor éxito, y resonancia internacional, haya sido la introducción del Día Mundial de la Radio, en el calendario que maneja la Unesco de estos Días Mundiales. Álvarez ha realizado varios viajes, y se ha empeñado, en seguir su lucha, pese a los reveses encontrados. Finalmente logró este indudable triunfo, que hoy disfrutamos no sólo los oyentes de la radio española, sino todos los amantes de este medio a nivel mundial. Este triunfo hay que apuntárselo, sin reservas, a Jorge Álvarez y su equipo.

Sin embargo, la Academia de la Radio Española no es nada, es casi humo. Y me cuesta escribirlo, porque el medio se merece mucho más que esto. La Academia de cine, incluso la Academia de la Televisión, desarrollan actividades de gran calado, por todos conocidas. Pero, a diferencia de la institución que pretende reunir a todos los profesionales de la radio en España, el resto de las academias cuentan con más socios, y miembros, con más fuerza por detrás, en definitiva, de la que cuenta la Academia de la Radio Española.

Jorge Álvarez se dio cuenta hace años, allá por 2007-2008, que en España existían varias Academias profesionales, entre ellas las de cine y las de televisión, cercanas al entorno audiovisual en el que la radio también se mueve, pero no existía la Academia de la Radio. Y él, movido por su incuestionable amor por el medio, al que había dedicado gran parte de su vida profesional, decidió emprender la aventura de crearla. Y así, se rodeó de un equipo su confianza formado por su propia hermana, Myriam Álvarez, al frente de la Secretaría General y María Victoria Murillo en la Vicesecretaría General, al que se sumó, con su entusiasmo habitual, Luis del Olmo, que sigue ejerciendo de Presidente de Honor, un cargo no ejecutivo.

Luis fue, en última instancia, quien fue abriendo puertas a la naciente Academia de la Radio española, a la que se fueron sumando, tímidamente, otros nombres, como Manolo González incombustible; Primitivo Rojas, imprescindible embajador por la causa; José María Alfageme, radiofonista enfermizo y voluntarioso; Ángeles Afuera, admirada y querida en la profesión, Rafael Revert, factótum de ‘Los 40 Principales’, José Antonio Pardellas, histórico nombre de RNE en Canarias, y otros nombres de compañeros, sin duda ilustres, que también, como éstos, han sido silenciados en la página web oficial de la Academia de la Radio Española (en la que figuraban no hace mucho), donde ahora mismo no reina buen ambiente entre, insisto, sus pocos miembros ejecutivos y ejecutores de las actividades lideradas por esta institución. Si dentro de sus propios órganos representativos existen abiertas y encontradas discrepancias por una gestión que no termina de cuajar, resulta más complicado aspirar a nada, me parece..

Ante los acontecimientos, Jorge Álvarez, pese al revés que ha sufrido al no poder asumir la organización de la Gala de la Radio 2016, y la entrega de sus Premios Nacionales de Radio, criticados por algunas voces como de algo ‘rancios’, con pocas concesiones a las nuevas generaciones que llegan dispuestas a recoger la antorcha del medio (en el nuevo entorno digital, por ejemplo) no renuncia a organizarla a lo largo de este año. Pero para ello debe conseguir la financiación necesaria. Y la Academia de la Radio española, seamos realistas, tiene muy poco predicamento.

A pesar de estas penurias, que no sólo se han presentado en el camino en 2016, sino que han sido habituales a lo largo de estos años de actividad de la Academia, las cosas han salido más o menos adelante. Manolo González, un infatigable luchador por la radio, echaba mano de sus amistades en el Consejo Regulador del Vino de La Rioja, su tierra natal, y conseguía unas cuantas cajas de excelente caldo para garantizar un escaso, pero apetitoso siempre, “vino español” al final de las galas, donde, entre empujones (la sala se quedaba pequeña), los profesionales nos saludábamos unos a otros. Éste ha sido en suma el modelo comercial al que se ha visto abocada la Academia: recurrir a cualquier fuente de financiación posible para garantizar la entrega de sus premios y la organización de la gala, incluso si el precio supone que el ‘cliente’ entrega el premio al profesional, como ocurrió en la gala de 2015 que parecía una sucesión de ‘comerciales’, como antiguamente se denominaba en la radio, a la publicidad. Es tan cierto que, sin ellos, no hubiera habido gala, como que con ellos la ceremonia se vio superada, en algunos pasajes, por un exceso de presencia publicitaria, que le restaba solemnidad. También es verdad, como escribía el año pasado en esta misma web, que la radio ha convivido con absoluta naturalidad con la publicidad y que a nadie debe extrañar, pero hay situaciones… y situaciones y publicidades… y publicidades…

No en balde, Iñaki Gabilondo, reconocía en su intervención en el Teatro Mira en 2015, al recoger su Medalla de Honor de la Academia, que “somos una familia muy bien avenida”, a pesar de todo. En definitiva, éste –el amor que profesamos todos por la profesión a la que nos hemos dedicado en cuerpo, alma y voz- es la razón última que hace que las convocatorias hayan sido un éxito de participación de colegas, que acudimos cada año a la llamada de la Academia, con devoción, y deseos, sinceros, de reencontrarnos con compañeros a los que no vemos hace tiempo. El encuentro se desarrolla, doy fe, en un magnífico y entrañable ambiente. Pero la Academia actúa como mero convocante, sin lograr la identificación del sector con su causa, que la sigue viendo como algo ajeno y desconocido.

Si queremos que la Academia de la Radio Española se convierta en un auténtico órgano representativo del sector, que aglutine a los profesionales y, a través de ellos, pueda servirse de sus influencias y de su indudable notoriedad y repercusión mediática, que atraigan a las autoridades e instituciones que ayudan al resto de las Academias, las de cine (con la entrega de los ‘Goyas’ como colofón de sus actividades) y la televisión, como modelos; deberemos abrir las puertas de la Academia, fortalecer sus órganos ejecutivos, democratizarlos, apostar por la transparencia del modelo de financiación y trabajar por construir una imagen de prestigio en la que basar nuestras actividades. No hay más camino que el que ya está trazado por quienes nos han precedido, y tienen el modelo. Ni siquiera hay que inventárselo.

Pero la Academia de la Radio Española no ha sido la única que ha sufrido este tipo de problemas financieros. Tampoco la Asociación Española de Radios Online (AERO), que puso en marcha en 2014 sus Premios, y los repartió en una gala más modesta, pero de indudable repercusión y simbolismo, ha podido repetir en 2015 la gala, aunque intenta reeditarlos en este 2016, al igual que la Academia de la Radio española, con la que, por cierto, mantiene una buena relación.

Me cuesta admitir que una gala de la Academia de la Radio no provoque interés en las propias cadenas del sector, nacionales, locales y autonómicas, cuando este medio tiene en España tanto seguimiento y apoyo popular. Incluso las televisiones, como ocurre en los modelos de cine y televisión, incluso de teatro, podrían emitir la gala, que estoy seguro lograría un buen número de seguidores, entusiasmados por poder “ver” a sus voces habituales. Pero el primer apoyo debe proceder del propio sector, la radio. Y, en este punto, volvemos al punto inicial: da la impresión de que las grandes cadenas son incapaces de sumar fuerzas y acciones ante objetivos comunes. Y si lo hicieran, mucho me temo que las cabezas pensantes, de unas y de otras, exigirían sus cuotas en el palmarés, como si los premios fueran una moneda de cambio para la promoción… ¡Señores, hay que currárselos!

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