Leocadio Martín Borges

Pegados a la pantalla

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“Todo el día. Desde que se levanta. No hace otra cosa. No tiene casi amistades y sale muy poco. Me preocupa mucho que solo vea la vida a través de las maquinitas. Esto no es normal”.

Una madre o padre cualquiera

Es aquí donde comenzamos a equivocarnos. En el propio concepto de la normalidad. La definimos seguún nuestra interpreteación y experiencia propia de la vida, de nuestra historia vital, de lo que hacíamos cuando éramos niños o jóvenes. Y no es así.

Repasemos. Lo normal, estadísticamente hablando, es lo que hacen la mayoría de las personas. Otra cosa diferente es lo deseable. Y todavía mucho más diferente es lo que a nosotros nos gustaría que fuese. De aquí viene la gran confusión.

La mayoría de la juventud occidental es nativa digital. Esto significa que nacieron con una pantalla en la mano. Ven con absoluta normalidad su uso. Otra cosa es que sean conscientes de su utilidad o de sus limitaciones. O de lo que suponen para las relaciones humanas “físicas”.

Y eso es lo que nos toca a nosotros. Que se supone que si lo sabemos. Y no va de prohibir o limitar. Hace mucho que quedo demostrado que esa forma de prevención no sirve. Al contrario. Puede provocar lo contrario. Curiosidad e interés.

Tampoco lo hace alertarles solo de los peligros -que debemos hacero-, sin una respuesta alternativa. Lo que realmente funciona tiene mucho más que ver con el sentido común y la prevención basada en la evidencia científica. Lo malo es que lleva mucho más trabajo del que estamos dispuestos a emplear.

Porque, no nos engañemos. Nuestros hijos e hijas aprenden de nosotros. Y no podemos esperar que, si no dedicamos tiempo a enseñarles, nos sustituyan con sus nuevos “amigos imaginarios“. No hay misterio. Al igual que cuando llegó la televisión, los videojuegos y muchos otros avances, lo han hecho para quedarse.

Y la única forma que podemos hacer que nuestros hijos e hijas hagan un uso responsable de sus pantallas, es mostrándoles todo lo que se pierden tras ellas. Con el ejemplo. No hay más misterio.

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