3.0 Opinion

Godo, un agravio xenófobo y hortera

Versión 2

En Canarias, aún usamos el descalificativo “godo” cuando deseamos insultar a alguien que nos ha cabreado y que nos consta que ha nacido en algún lugar de la península ibérica
Recuerdo nítidamente que hace casi cincuenta años, cuando nos cabreábamos en el grupo de amigos del colegio o del barrio y empezábamos a insultarnos entre nosotros a lengua suelta, los improperios utilizados respondían casi siempre a discapacidades, enfermedades o minusvalías. Para ofender al compañero con el que nos enfadábamos era habitual escuchar términos como ‘subnormal’, ‘tarado’ ‘mongólico’, ‘retrasado’, ‘amorfo’ o ‘anormal’, si bien hoy –afortunadamente- es ya muy difícil escuchar estas barbaridades en cualquier discusión acalorada. En ese aspecto hemos progresado adecuadamente.
Entonces, era la manera usual con la que nos desahogábamos y, a la par, humillábamos al prójimo. Hoy, cinco décadas después, me da vergüenza recordarlo, mucha, muchísima, y me arrepiento de cada una de las veces en las que yo lo dije. La misma vergüenza que siento cuando aún escucho en boca de alguien que, irritado justamente, detecta que su ofensor habla con acento peninsular y profiere el singular dicterio de “godo”, acompañado del vulgar adjetivo “jediondo”, para que el mensaje adquiera así una pestilente y desagradable humillación.
No, hombre, no. Avancemos. Lo mismo que –inteligentemente- hemos desterrado de nuestro vocabulario la terminología vinculada a discapacidades físicas y psíquicas, eliminemos también las injurias basadas en cuestiones de raza, origen, idioma, dialecto o región. Por nacer en uno u otro lugar o por tener uno u otro acento, es de muy baja estofa, de poca clase y nada elegante, mantener el “godismo” y mucho peor enseñárselo a nuestros hijos, a nuestros jóvenes, es decir, a futuras generaciones de canarios.
Es una palabra hortera, fea, desfasada y xenófoba. ¿Qué es eso de que hay “godos” y “peninsulares”? No, de eso nada. Cuando nos cabreamos solo hay personas, individuales, únicas, desvinculadas de su origen, de su familia y de su manera de hablar. Esta mofa, aunque sea merecida por el comportamiento reprobable de alguien, salpica y ensucia colateralmente a “lo peninsular” y por tanto a todo lo bueno que compartimos con nuestras familias, amigos y conocidos que, azares de la vida, nacieron en otro punto de nuestro país y con los que, por cierto, todos compartimos algún vínculo, más o menos profundo.
La sabiduría popular es tan rica en su vocabulario que podemos manifestar nuestro cabreo insultando al prójimo con términos que son aplicables a cualquier gilipollas, haya nacido donde haya nacido de toda la Tierra, independientemente de su voz, su acento o del pueblo en el que vivía su madre cuando le parió.
Existen improperios finos, elegantes, distinguidos y refinados que tienen la condición de ofender directamente al receptor, incisivamente, sí, pero sin salpicar ni a nada ni a nadie, tan solo a él; sin humillar a una región o a una Lengua; únicamente a quien de manera particular lo merece; sin menospreciar la nacionalidad ni los orígenes de nadie.
La próxima vez, en vez de “godo jediondo” digámosle que es un bocachancla, un pollaboba, un pintamonas, un cabrón, un lameculos o que es un tocapelotas, un mindundi, un bebecharcos, un mequetrefe o un capullo, que es un tarugo, un energúmeno, un pelele, un cantamañanas, un gilipuertas, un tunante, un donnadie o un zángano, llamémosle sanguijuela, chupóptero, cernícalo, cebollino, cabestro o cafre, que es un mierda, un fantoche, un rebenque, un canchanchán, un arritranco, un sorullo, un mamacallos, un gaznápiro, un cretino o un esputo”.
Diógenes el Cínico, filósofo griego, ya dijo hace 25 siglos que…
“El insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe”.

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