3.0 Opinion

McFly tenía razón: el rock de Chuck Berry es el diablo

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Marty McFly lo sabía. Cuando en el ecuador del siglo pasado muchos jóvenes blancos escucharon el rock, de repente todos quisieron ponerse a bailar como los negros. Y nadie estaba preparado para la revolución cultural que doblaba la esquina. Con la guitarra afilada del rock ya nada iba a sonar igual. Ya casi nada sería igual. Hijo mestizo sin padre único, el rock and roll desembarcó en los salones de baile para remover los cimientos de la cultura popular. El último de sus creadores, el hombre que definió el patrón sonoro de este ritmo del diablo, falleció ayer a los 90 años. Un sábado a la noche, como manda el canon.

En el infinito imaginario colectivo del rock, Chuck Berry nunca ocupó el lugar de jerarquía que en términos de popularidad le corresponde. Los méritos, la fama y los focos se enamoraron pronto de un muchacho de Tupelo (Misisipi), blanco, alto y guapo, nueve años más joven que él. Pero antes que Elvis ya existía una música que iba a poner banda sonora a la rebeldía generacional, por más que una vez el mísmisimo John Lennon dijera aquello de que “antes que Elvis no había nada”. Sobre los caminos desbrozados por personajes de leyenda como Skip James, Robert Johnson, Muddy Waters o John Lee Hooker apareció un chico enjuto de San Luis (Misuri). Se llamaba Charles Edward Anderson Berry, pronto apodado Chuck, era de la quinta del 26. Y con él empezó todo. O casi.

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Está en las enciclopedias y en los libros de historia. En su trayectoria de largo recorrido, Chuck Berry entregó canciones como piedras angulares del sonido que dominó los tiempos. Compuso piezas de éxito indiscutible que no tienen fecha de caducidad, como las seminales Johnny B. Goode (canción, por cierto, que en 1977 llevó a bordo la nave espacial Voyager por si había que animar un encuentro con extraterrestres), Roll over Beethoven o Maybellene, con esa receta nutrida de pespuntes de blues y rock de aires billy que son marca de la casa. Y su obra ejerció como guía en todos los rincones del planeta y aquí, en el desarrollado hemisferio norte, su música fue una influencia bárbara para cualquier guitarrista y en carreras mainstream tan emblemáticas de los nuevos tiempos que estaban cambiando, por decirlo a la manera de Bob Dylan, como las de los Beatles y los Rolling Stones. Palabra de Lennon en 1972: “Si tuvieran que poner otro nombre al rock and roll debería ser Chuck Berry”. Eric Clapton, Springsteen y su alumno quizá más aventajado, Keith Richards, asienten. Y también Angus Young, guitarra de AC/DC: “Si me preguntas que escucho estos días te digo Chuck Berry. Y si me preguntas qué más, te repito: Chuck Berry”.

Pero volvamos un momento a los valores sociales que cambiaron con el nuevo ritmo llamado rock and roll. Con los años y afianzada ya la entrada del rock en el circuito comercial, más de medio siglo después abundan tesis, ensayos y estudios académicos sobre la importancia social que esta música endiablada tuvo en el desarrollo de la vida urbana tal como hoy la conocemos. Dijo una vez Bob Dylan que cuando escuchó por primera vez a Elvis Presley “fue como salir de la cárcel” y aquí Santiago Auserón, que de las raíces negras del rock sabe un rato largo, recuerda en su ensayo El ritmo perdido el efecto que tuvo en las generaciones de jóvenes españoles de los 60 escuchar aquella música con “la sensación de fruto exótico, salvaje y novedoso”. Sí, el rock era lo prohibido.

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El efecto transgresor que el rock tuvo en la América blanca se replicó pronto en otros universos musicales. En el Cono Sur, artistas como el argentino Sandro, al frente del conjunto pionero del beat porteño Los Shakers, o los brasileños Erasmo y Roberto Carlos, con la generación de la Jovem Guarda, arramblaron con la pacatería de las músicas de salón y revolucionaron para siempre el patio latino. Algo más al norte, en el limbo de lo que es mexicano o estadounidense, los músicos encabezados por Lalo Guerrero sentaron las bases de la música chicana y en el Congo (África), desde el corazón de las tinieblas, guitarristas como Franco Luambo, expandieron el eco devastador del rock que luego tuvo réplicas tan significativas como el disco que la leyenda del raï argelino Cheikha Rimitti grabó con 70 años junto al guitarrista Robert Fripp y el bajista Flea.

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Aunque quizá no hay reivindicación más horizontal del rock que la escena final de una de las películas que, por su absoluto éxito comercial, marcaron época. Ocurrió en 1985 con Regreso al futuro, el largometraje de Robert Zemeckis que luego se convirtió en una saga. Casi al final de sus aventuras cruzando el año 1955, el personaje que interpreta Michael J. Fox se enfrenta al reto de dejar un mensaje anticipado a las generaciones de americanos blancos que todavía tenían el baile de salón social como único divertimento moralmente aceptado. Cuando Marty McFly agarra la guitarra y trepa por el escenario, la canción que suena (y el singular paso de pato que inventó Chuck Berry) es un guiño a los tiempos que venían. Suena, claro, Johnny B. Goode y las caras de asombro explican mucho lo que iba a ocurrir después. Ya lo dijo McFly: “Supongo que todavía no están preparados para esto del rock, pero sus hijos van a amarlo”.

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