Africa 3.0

Jaan y María…

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Por Rafa Muñoz

Jaan y Maria eran tan pobres que ni los ratones del campo se molestaban en escudriñar las esquinas de su modesta casucha. Blanca y de techo en paja aglomerada color grafito, era sencillamente escueta. Una breve cabaña rectangular dividida en un tabique que no ganaba el techo y que servía de repisa para útiles de labranza. La única habitación era también el dormitorio donde un arcón roído a los pies de la cama hacía de armario. Templada en invierno y fresca en verano, sus muros de adobe encalados la hacían resplandeciente a la legua y decepcionante a la llegada; anunciaba pobreza.

Al sermón de un capellán pelirrojo y regordete que escupía un dutch castrado y empeorado bajo un áspero acento escocés, Jaan y Maria se unieron bajo la ley de dios en una diminuta ermita de Plaatenkopft. Miserable como las barreduras, sólo tuvo para regalare un jirón de seda con sus iniciales débilmente bordadas y apenas legibles. Analfabeto y reservado, Jaan era un hombre espigado de facciones afiladas y piel teja curtida bajo el implacable yunque del Karoo. Humilde en su dignidad, se casó vestido de aparcero y con la misma empezó a labrar.

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La menor de las hijas de Smit había heredado la cama de su padre a la muerte de este. Señalados en la susurrante crueldad de pueblo menudo gran infierno, llamar aldea a las cuatro casas desperdigadas de aquel valle, que ni nombre tenía, era un ejercicio de generosidad. Dormían. Nada más. Nunca tuvieron hijos y fornicar bajo la vigilancia del Antiguo Testamento era un osado precipicio para la angostura mental de unas enaguas hilvanadas en las inflexibles costuras del pecado. Acostados en la soledad de dos al cimbreo de un candil, María leía pasajes de la biblia que Jaan escuchaba con la admiración del que nada entiende, pero atrapado queda cual niño a un cuento de almohada. Tan intensa es la desventura del pobre que lo subyuga a la aceptación del momento y a la vez, lo arropa con la extraña calidez de esa manta harapienta que es la miseria ancestral.

El camino del estómago en el desdichado nunca es voluntario pues no le queda otra; y esa resume la ventaja del que nada tiene sobre el que come en una mesa. Procedente de las colinas que dejaban tras el horizonte las últimas ondulaciones que despedían la Montaña de la Tabla, Jaan debió llegar al valle a pie y a ratos en el carromato de algún buscavidas huido de la ciudad en busca de fortuna. Con unos zapatos remendados en remiendos y unos pantalones negros apolillados, acababa en una camisa blanca y un chaleco browny que paradójicamente sí que mantenía todos los botones… Barbudo en nariz aguileña, tenía los ojos enterrados y escorados hacia unos cachetes venosos que delataban su idilio con el brandy barato. Un sombrero de fieltro y un saco con cuatro pertenencias terminaban de resumir su patrimonio.

Se podría decir que Jeremias era un vryburgher; un señor de posibles, terrateniente y prestamista; grillete del pobre. Una especie de señor feudal dueño del veld cuya máxima aspiración era poseer tantos acres [vacíos] entre su molino y el del vecino, que el humo más próximo a la vista apenas fuera un  hilo trepador al cielo añil del pedregal. Afrikáners, gentes del erial. Mirón y desconfiado, era un hombre lastimero de maneras déspotas que se untaba manteca entre los muslos para evitar las rozaduras de su andar gorrino. Gustaba de repeinarse con aceite de ricino para que en las mañanas ventosas, los demonios del descampado no levantaran la tapa del negro caldero que cubría su calvorota.

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Como se hizo con el valle [yo] no lo sé pero sí como logró atraer a gentes para [mal] poblarlo. Los ya lejanos días de Van Rieebeck dieron paso a la aventura de aquellos que no quisieron vivir bajo la modernidad y el libertinaje que los británicos y marineros de paso anunciaban en las tabernas de El Cabo. Darwin y Rousseau eran el aceite de los que el agua de sus vidas eran dios y la concepción de pueblo elegido que siempre tuvieron los pioneros neerlandeses que con la Compañía de Indias arribaron a plantar lechugas y curar vides…La abolición de la esclavitud por parte del gobernador británico fue el punto de inflexión para que los descendientes de Rieebeck, que aún no eran ni boers ni afrikáners, se marcharan a caminar al interior en busca del páramo donde poder vivir bajo la única ley que conocían; la del rifle y la biblia calvinista. Una turba embrutecida y sectaria. Y de la misma manera que engendraron bastardos a diestro y siniestro y nacieron así los coloureds, ni negros ni blancos, también corrompieron el dutch que acabó siendo el habla afrikaans y ellos los afrikáners; la tribu blanca bajo la ley de dios…Y así se apagó la luz durante siglos. El padre de Jeremias supongo que debió ser uno de aquellos vryburghers o burgueses libres que a golpe de carromato se aventuraron al desconocido interior en busca de tierras para transformarse en lo que aún no sabían que ya eran… hoscos granjeros y hombres de campo.

En un poste de la polvorienta encrucijada de Plaatenkopft, a dos semanas en carro de las alcantarillas de El Cabo, Jeremias clavó un edicto en el que con una caligrafía huérfana en gramática se leía: christiene families vir arbeid en grondtecho a cambio de trabajo a personas de bien –. Un contrato leonino donde no era necesario resaltar que los nee whites no eran personas de bien. Antes de la llegada del padre de Jeremias, en aquel valle y en los colindantes y más allá de los vastos paramos ocres vacíos, no había más que pastores xhosas y algún bushmen despistado al sur de sus vacíos de arena. Gentes ajenas al sentido de la propiedad cuyo único contrato era el que sus pies desnudos tenían con la madre tierra cual derecho de paso temporal sobre ella. Ilusos y engañados, fueron cazados a tiros como alimañas; envenenados y amordazados por los grilletes del alcohol del hombre blanco. Aquel collado no tenía dueño hasta que los antepasados del patrón erigieron un poste reclamándolo. Y así se sintetiza la historia europea de Africa.

-Jaan era una oscuridad en la que sólo el tímido cirio de María encendía un halo de luz. Repleto de miedos y prejuicios, era María la vela en su profunda oscuridad. Un aparcero cuya vida se resumía en los bolsillos remendados de sus viejos pantalones. Un hombre simple de manos entregadas a la faena que se ofreciera que, atraído por las tierras de los vryburghers, había caminado más que Moisés.

Maria era una mujer instruida pues sabía leer y escribía su nombre sin necesidad de recurrir a una triste cruz para firmar. La menor de cuatro hembras…

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