3.0 Opinion

El sargento Casañas salvó la vida a mi hija

casañas

Por Manuel Herrador

Corrían los primeros años de la década de los ochenta y mi hija Laura, de dos años de edad, si no llega a ser atendida oportunamente por el sargento Casañas, de la Policía Local de Santa Cruz de Tenerife, podría haber muerto asfixiada.

Sí, tal cual, así de real, así de claro y así de grandioso. Una historia que he recordado hace unos días, junto al propio héroe protagonista que salvó con diligencia, maestría y conocimiento, la vida de mi hija Laura y de la que deseo dejar constancia escrita.

Miguel Ángel Cruz Casañas ya está jubilado y, aunque hacía muchos años que no le veía en persona, comprobé que aún permanecen en su rostro las mismas facciones de buena persona, de gran hombre y de excelente policía que le han acompañado toda su vida en activo. ¡Eso se nota, se siente!

Hablar con él es aprender, es dignificar la educación, la elegancia verbal y las buenas costumbres. Quizá él no lo sepa, seguro que no se da cuenta, pero esa forma natural que tiene de mirar con afectividad mientras modula la voz con el equilibrio justo y te agarra suavemente del brazo, potenciando con ello la confianza y la amistad, es una verdadera bendición.

Debido a mi profesión de periodista –por aquel entonces dirigía un programa diario en Radio Nacional de España en Canarias- tuve la inmensa fortuna de conocer al sargento Casañas algunos años antes de que sucediera este trágico episodio.

Recuerdo nítidamente que, por aquella época, cuando necesitábamos contactar desde los medios de comunicación con la Policía Local, le llamábamos a él; siempre se ponía, incluso no tenía reparos en acercarse directamente hasta el estudio de radio y hablar en directo. Entonces, términos y funciones profesionales como las que actualmente desarrolla un “SEO, Dircom, Community Manager, Director de comunicación externa, Project Manager, Gestor de información o URL builder”, simplemente, no existían. Hoy, casi treinta años más tarde, me doy cuenta de la impresionante labor que ejercía Casañas –con los medios y herramientas de la época- vinculando el Cuerpo policial con la prensa y, en definitiva, con toda la opinión pública. En el ámbito de la Comunicación, claramente, se adelantó a su tiempo.

Jefes de prensa los ha habido, y los hay, buenos, que saben bandear los acontecimientos y la imagen de una empresa o institución con criterios inteligentes y resolutivos, dinámicos y con estilo. Esto ya lo hacía el sargento Casañas, aplicando y proyectando el alto concepto que siempre ha mantenido por el respeto a los vecinos, a los visitantes, a los medios de comunicación y a sus compañeros.

Su especial calidad humana. Ahí está la clave de su singularidad, de su popularidad, del cariño que le llega desde cada rincón de la ciudad.

Querido sargento Casañas, aquel mediodía que a mi mujer se le cayeron accidentalmente unas monedas del bolso sobre el cochecito de bebé en el que iba mi hija, aquellos minutos de angustia de una madre que empezó a notar que la niña daba convulsiones y síntomas de no poder respirar, aquel recorrido hacia la Clínica Parque en el que agarrabas a mi hija de los tobillos y la ponías boca abajo en el asiento delantero del coche patrulla, aquellos vómitos con los que mi hija ensució tu uniforme, aquella moneda de cinco pesetas, aquel duro que salió por la boca de Laura antes de llegar a Urgencias vale hoy millones de merecidos agradecimientos, de admiraciones e infinitos respetos. Hacia ti, Casañas, por ser tan grande como eres.

En nombre de todos los que hemos tenido la suerte de conocerte, en nombre de los amigos de mi hija, de su marido y de su hermano, en nombre de su madre, de toda su familia, en el suyo propio y, Casañas, también en nombre del hijo que Laura está esperando, en nombre del que será mi futuro nieto y que en pocos meses verá la luz: ¡Muchas, muchísimas gracias!

  1. D.: Sé que tu brillante carrera policial te ha llevado a alcanzar los máximos puestos y merecidos ascensos dentro del Cuerpo pero… permíteme que para mí siempre sigas siendo mi buen amigo, ¡el sargento Casañas!
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