Africa 3.0

Costa esqueletos

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Por Rafael Muñoz

Prefiero vivirla y quedarme en ella a que me la cuenten, la locura. Acepto vivir atrapado en las rectas infinitas de la costa de Namibia. Un salar que se derrama tras el horizonte congelando el cuentakilómetros donde es una estupidez llevar un reloj pues el tiempo se paró. ¿Pero dónde empieza la célebre Costa esqueletos?  Donde [tu] quieras. El litoral namibio es una playa dorada repleta de naufragios donde la soledad se sienta a esperar. Envuelta en gélidas nieblas que se tragan las localidades costeras de Lüderitz o Swakopmund, sus bancos de arena son trampas sin cartografiar que se han llevado la vida de muchos hombres de mar que una vez ganaban la costa…sólo tenían desierto tras el horizonte. Lo bueno del vacío es que siempre cumple su promesa de llevarte…

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Cada año empaqueto la locura en el maletero y me echo a navegar por una carretera que según avanzas hacia el norte, sólo te asegura dos cosas: destierro y que nunca llegarás a su final. Yo [ya] he estado en Marte. Más allá del paso de Ugab, la desolación es indecentemente plástica vestida en ocres y, es muy posible que no te cruces con nadie en más de trescientos kilómetros hacia el verdadero fin del mundo. Debes seleccionar muy bien la música para esta singladura…

La llamada ruta de los naufragios poco a poco va perdiendo sus minaretes roídos y oxidados por esa lima insaciable que es la arena y el viento. No queda prácticamente [ya] resto alguno del Dunedin Star; quizás el más célebre pecio de Skeleton coast y del que mi madre adoptiva Erica, me cuenta como su abuelo fue participe de una desesperada e infructuosa operación de rescate. Esta costa no perdona, pronto pasas a formar parte de ella y ya pueden imaginan el infausto destino de la mayoría del pasaje del Dunedin Star; pero si quieren bucear en el agónico final de algunos de ellos, les emplazo a leer Skeleton Coast, de John Marsh; obra de referencia que recorre el anecdotario de esta franja costera dejada de la mano de dios. Es curioso y cruel, el desierto te mata reteniéndote en la libertad que te concede para huir en su jaula infinita que finita se torna para los límites del hombre.

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Sonrío cuando alguien planifica un viaje y dice dormiremos aquí y después allí…En Namibia no vive nadie y muchos nombres en el mapa son un mero vacío cuando llegas; quizás un escueto poste erecto en una encrucijada polvorienta con unas viejas inscripciones en caligrafía alemana de 1907 roídas por un tiempo que aquí lleva otro ritmo al compás de un segundero holgazán. La decepción del vacío a la vista siempre llena los sentidos. Rostock es un latifundio cuyos herederos nunca han vuelto, donde su único inquilino son una inscripción que data del Kaiser y un grifo oxidado fabricado en Alemania en 1898 que gotea arena. Esta tierra no tiene ego y si lo tenía lo difuminó ergo es una buena terapia para el yo. De Swakopmund hacia el norte se acaba el mundo y cuando alcanzas Toscanini…que aparece en un mapa, resulta que no hay nada; sólo las ruinas de la avaricia humana por las piedras que brillan pues allí enloquecieron de codicia y sed unos busca vidas italianos en pos de brillantes; dicen que la tumba de alguno de ellos no está lejos.

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Hasta Terrace no hay donde dormir o sí, bajo ese cielo de mil pléyades que es la bóveda, aún incorrupta en luz humana, del Hemisferio sur. Tan simple como echarse fuera de la pista y sentarte a esperar la sotana de dios. La primera vez asusta, la segunda menos y ya convertido en un heroinómano del anochecer al volante, deseas la tercera. Lo mejor de Namibia es que estás callado mucho tiempo; insisto, no hay nadie…

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El deseo convierte al hombre en adicto a los sentidos y sólo entonces se percata que aún no habiendo iniciado el camino, ya es rehén de su senda. Ahí estriba la sumisión de lo tangible sobre los grilletes de la mente. Con el maletero lleno de biltong, cerveza Windhoek,  galletas y latas de Koo, quise “emular” los pasos de Frans – uno de los primeros y casi únicos europeos que han acabado la ruta a pie – pero me quedé enterrado en Möwe Bay; más de trescientos kilómetros al norte de Swakopmund. Localidad germánica y costera – esta última – que me genera ansiedad describir pues hay que verla, sentirla y entonces saber que te vas a morir sin entenderla. Allí, las frías y húmedas mañanas apenas logran desnudarse de su cerrado en niebla albornoz cuando ya a las cinco de la tarde el día claudicó bajo el tímido sol austral. En Möwe se acaba la carretera de los hombres y apenas hay una cabaña de tablones, huesos de ballenas y un cartel de madera arañado por el viento que es un gato incansable en uñas. Los centenares de millas hacia la frontera con Angola sólo existen en los way-points que metas en el navegador de un Land Rover. Y es que más allá, debes negociar tu suerte con el diablo pues es donde empieza de verdad Costa esqueletos y la sensación de soledad es tan intensa que se dosifica en muñecas rusas…aquí viven los últimos cinco leones de Costa esqueletos, pero esa es otra historia…

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