Africa 3.0

Los nietos de Mandela

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Por Rafa Muñoz

Previo al inicio de la final de la Copa del Mundo de Rugby de 1995 Mandela saltó al césped a saludar a los jugadores vistiendo el jersey verde y oro de los Springboks con el número seis a la espalda. Vellocino sagrado de la tribu blanca y símbolo de la opresión afrikaner para cincuenta millones de almas negras. Un gesto [inesperado] con el que Madiba rompió la cintura emocional de la grada del Ellis Park de Jo´burg repleta en su mayoría de blancos de origen afrikaner pues los negros detestaban el balón oval y lo que ello representaba: el deporte de los blancos. Los pitos del inicio mutaron en un griterío ensordecedor al ver el polo verde; la astucia en nobleza suele ser una combinación tremendamente seductora y cincuenta mil almas cantaron el Nkosi sikelel´iAfrika a capela.

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Descender a la catacumba mental del estricto pensamiento afrikaner para [no] justificar décadas de represión racial se atomiza en una palabra: miedo. La condición humana se arma y atrinchera ante lo que desconoce y eso fue lo que hicieron el puñado de iletrados barbudos calvinistas que arribaron a El Cabo en 1652, aislarse, plantar vides y rezar; y así se sintetiza la historia de la Sudáfrica blanca hasta hoy en día. Más de dos décadas después del colapso del apartheid, la generación nacida en la nueva Africa del sur se enfrenta a otros problemas que en esencia son los de la vieja Sudáfrica cuya cruel salud racial aún está muy viva. Después de veinte años visitando un país que conozco más que el natal y al que ya considero como propio en alma y piel, veo que todo ha cambiado pero si rascas un poco, el pasado es presente y amenaza en futuro. ¿Saben cuál es la diferencia entre un sudafricano blanco racista y un turista?…tres semanas en el país; así es el humor Made in South Africa. La realidad es que los matrimonios mixtos son aún una rareza social señalada con sorna – por ambas partes – y pese a las funestas  campañas de discriminación positiva de los gobiernos post white por normalizar lo que debería serlo, en la publicidad se muestran a blancos y negros haciendo vida común. También hay una ola de importación de telefilmes norteamericanos en la estela de la Hora de Bill Cosby que escenifica a una triunfante burguesía negra de exitosa vida social en la que abogados y doctores se codean con sus colegas blancos. Imagino que quien vive en los arrabales de Khayelitsha o SOWETO bajo un techo de uralita y trabaja aparcando los coches de los blancos, no le debe de hacer mucha gracia…Poco ha cambiado la estructura económica – social del país; el poder financiero sigue en gran medida en manos blancas y pese a que afortunadamente una clase media negra se ha incorporado a la poderosa sociedad de consumo sudafricana, aún hay un largo camino hacia una normalización que [yo] creo nunca llegará como los europeos os empeñáis en ver. Es Sudáfrica normal en su anormalidad, bipolar en la calma y pentapolar en la excitación; quizás sea esa una buena definición.

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Y es tan clasista que incluso hay negros dentro de los negros. Si paran un taxi en Ciudad del Cabo es muy posible que el chofer sea de Uganda o Zimbabwe y el dueño del coche un negro sudafricano que mira por encima del hombro a su empleado y hasta kaffir lo llamará por la espalda.

Con reputación de ser un lugar especialmente peligroso en lo relativo al crimen y al igual que cualquier sociedad fronteriza blanca en tierra “hostil”, está sumida en la cultura de las armas, también es un país tremendamente cotilla y hospitalario que adora el chisme siempre y cuando sea cruel y, claro, hay cotilleos de tres colores: blanco, coloured y negro. ¿Recuerdan el célebre caso Pistorius y el asesinato de su novia, la modeloReeva Steenkamp? La vista se convirtió en un culebrón en el que los negros del Township de turno, sentados sobre una llanta y bebiendo cerveza Castle, decían con sorna que eso es cosa de blancos ricos y que si Pistorius fuera negro, ya estaría en la cárcel por no poder pagar abogados; y les asiste la verdad.

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Los nietos de Mandela son una generación que estudia en aulas comunes donde hay blancos, coloureds, hindúes, malayos y negros pero cuyos padres, que sí que sufrieron el apartheid, es muy posible que no les haga mucha gracia un yerno desteñido del tinte que sea. Una generación que hace vida social junta pero no y que está condenada a entenderse para sacar adelante a un país lleno de retos que lo tiene todo para ser un faro social. Sudáfrica es un mundo rural de distancias enormes donde el contraste en cualquiera de sus vertientes es moneda de cambio. Buena parte de la tierra aún es posesión de grandes terratenientes boers que dan empleo a negros. El típico granjero gordo en bermudas khaki y camisa de botones con sombrero de media ala con la tez quemada por el sol del interior que detesta hablar inglés pues su lengua es el áspero afrikaans; un sujeto parco en palabras, religioso, amante de la carne a la brasa, la cerveza y el rugby cuyo hábitat es el Karoo; un malpaís del tamaño de España cuyos hijos se han vuelto urbanitas y huyeron a Cape Town o Johannesburg. También está el nuevo rico negro con modales artificiales de blanco que regenta un concesionario BMW en SOWETO y cuyos hijos estudian en algunas de las más prestigiosas universidades del país caso de Stellenbosch o Wiwatersrand. Sudáfrica es esa terrible historia de My traitor´s heart de Malan en la que un corazón afrikaner acaba latiendo trasplantado en el pecho de una chica negra y la familia del donante pide que se lo devuelvan; demasiado humana en lo bueno y lo malo. Los nietos de Mandela son un buen vino que afortunadamente tiene un decidido sabor a renovatio pero con evidentes e intensas trazas que evocan un pasado no lejano y aún muy presente. Es visita obligada Sudáfrica.

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