Africa 3.0

Costa cocaína

La ausencia de un control aéreo efectivo permitió a los antonov del traficante de armas Viktor Bout campar a sus anchas en el espacio aéreo comprendido entre el sur de Senegal y Liberia. A día de hoy, la situación ha mejorado notablemente gracias a las plataformas de seguimiento en vuelo con señal automática pero basta con desconectar la señal, para desaparecer de la pantalla y esperar que haya un control aéreo efectivo en Sierra Leona es una entelequia. Así que los denominados vuelos furtivos siguen siendo habituales en esta zona. Aviones raros cuyos planes de vuelo, igualmente extraños, emulan el galimatías legal que esconden las banderas de conveniencia de muchos buques. Los llamados narcoestados son la conexión africana de los cárteles de la droga sudamericana. La fragilidad estatal de Bissau, Mali o incluso The Gambia, los han convertido en el ecosistema perfecto para el crimen organizado. Estados [cuasi-fallidos] donde la porosidad aduanera, la carencia de un control aéreo-marítimo efectivo y un escenario de corrupción aceptado y generalizado, los convierte en las discretas y con ello ideales escalas de lo ilícito.

Viktor Bout. Vía Wikipedia Commons

Viktor Bout. Vía Wikipedia Commons

Apadrinados por la oligarquía local y la politización de las fuerzas armadas, los señores de la cocaína latinoamericanos pusieron sus miras en Bissau, puntualmente en el desolado corazón desértico de Malí y el caótico norte de Nigeria; coto de bandas armadas relacionadas con el islamismo y fuertemente conectadas con las complejas estructuras tribales del Sahel más profundo. Red capilar que se ha visto reforzada bajo la desestabilización o somalización de la nueva Libia. Menudo panorama. La ex colonia portuguesa de Guinea Bissau es un estado insalubre que destaca por ocupar los últimos lugares de los índices de desarrollo humano. En sus calles en ruinas y llenas de perros famélicos, niños en harapos y socavones, resulta que abundan los BMW X5. Los cárteles de la droga latinoamericanos vieron la oportunidad de granjearse un santuario en la discreta y apenas vigilada costa de Bissau. Llegaron y sus dólares corrompieron la de por sí ya famélica estructura estatal de un país que pocos son capaces de colocar en el mapa. La coca que al amparo de las radas centroamericanas zarpa en un discreto velero, cruza el atlántico proa al espacio marítimo comprendido entre Dakar, Cabo Verde y Bissau con Gambia de por medio. Los fardos se desembarcan en el anonimato de un litoral huérfano de control de tráfico más allá de los chivatazos de la DEA a España. Después, es recirculada en una compleja capilarización que atraviesa el Sahel cuyo destino final es cruzar el Estrecho de Gibraltar. Canarias está en pleno corazón de estas rutas. Las islas, hasta hace dos tardes, carecían de cualquier control marítimo y de hecho, en la red de puertos menores, el control de embarcaciones ha brillado por su ausencia. Gambia, estado irreal pues proviene de un mero poste colonial con el que los ingleses no supieron que hacer a raíz de la abolición de la esclavitud y lo intentaron vender a Francia, más allá de representar una rareza de [mal] habla inglesa en plena Africa francófona, tiene mucho que decir en la entrada de la droga. El angosto estado ejemplariza los habituales pecados africanos en forma una metástasis de corrupción generalizada, un gobierno dirigido por megalómanos y la búsqueda de ganar simpatías en países emergentes. Es “poco” sabido que el integrismo y las corrientes wahabitas saudíes – interpretación más radical del islam – han intentado crear en Gambia una puerta de entrada para radicalizar el islam en West Africa donde [ya] la fe musulmana es culto de referencia. Y es que la mesa del diablo tiene cuatro patas en esta región del planeta: integrismo latente, tráfico de personas, comercio de armas y narcotráfico.

bijagos

Un poco más al norte, las ciudades de Kidal y Agadez, respectivamente en Mali y Níger, se han convertido en centros de distribución de armas, drogas y personas. Nódulos del hampa que hacen entrever que quizás el verdadero leitmotiv de la pasada intervención francesa en la zona, más allá de la lógica salvaguarda de sus fuertes intereses comerciales para con sus ex colonias, fue evitar la cristalización del norte de Mali-Níger cual santuario del crimen organizado bajo el apellido de Azawad, de cualquier franquicia de Al Qaeda o de los nuevos tratantes de carne humana cuya mercancía acaba subida a las verjas de Ceuta y Melilla. Y es que costa cocaína, o la geografía costera comprendida entre Nouadhibou y Lagos, es la entrada de buena parte de la droga cuyo destino final es Europa.

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CENTRO DE ESTUDIOS AFRICANOS DE LA ULL

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