Africa 3.0

Parque Nacional de Elefantes Addo

En un safari no se acierta adonde mirar para encontrar animales. Los colores de sus pelajes les camuflan en la tupida vegetación del parque. Hay que afinar mucho la vista para localizarlos. La impaciencia inunda el todo-terreno que nos transporta, inexpertos observadores de la fauna salvaje. Hasta que el conductor, que también es nuestro guía, aminora la marcha, bordea el camino y frena. Señala el suelo y dice: “un escarabajo pelotero”.

El Parque Nacional de Elefantes Addo se encuentra en un valle que atraviesa el río Sundays, a 72 kilómetros de distancia de Puerto Elisabeth, en la costa oriental de Sudáfrica. En su interior habitan alrededor de 450 de estos grandes ejemplares, además de otras especies. En 1931 fueron once, recién inaugurado este santuario que se levantó para proteger de los cazadores a estos primos de los mamuts.

Elefante en el Parque Nacional de Addo

En las 164 mil hectáreas que ocupa el parque (algo más de la mitad de la superficie de Bélgica) hace tres siglos mal convivían los pueblos autóctonos de los Xhosa y Khoe, con los Bóer (habitantes de origen holandés de Sudáfrica). Éstos últimos primero se interesaron por el marfil de los dientes incisivos de los elefantes. Después invitaron a marcharse a las tribus locales y se asentaron en su tierra como granjeros. Hoy de esas disputas queda una herencia incómoda, en la que no se suele reparar mientras se espera que haga acto de presencia un león.

Continuamos la marcha sin rastro de los animales que hemos venido a ver. Empieza a llover con fuerza y el agua se cuela por los lados descubiertos del land rover.  Nos empapamos, a pesar de las capas de plástico que nos han dado antes de iniciar el recorrido. A la vista de francotirador, entonces, hay que sumarle el ser previsor para disfrutar de un safari. El buen tiempo no está garantizado y es aconsejable ir abrigado.

Fríos, destemplados, entramos en calor a medida que vamos adivinando una fauna que nos saca el niño que llevamos dentro. “¡Cebras!”, grita uno, “¡¿Dónde?!” pregunta exaltado otro. En un safari hay que advertir lo que se ve indicándolo según las agujas del reloj. “¡Un kudu a las tres!”, dice el compañero con varios safaris en su haber. De repente, miremos donde miremos, descubrimos un nuevo animal: antílopes, avestruces, jabalís, chacales, cerdos hormigueros, tortugas, pero nos saben a poco después de varios gigas de fotos empleados en ellos.

Cebras en el Parque Nacional de Addo

Es muy sencillo y tentador bajarse del vehículo para tomar la foto que queremos. Varios carteles advierten de la presencia de animales peligrosos, luego si te apeas, es por tu cuenta y riesgo. Aunque no se le vea, la presencia del león se intuye. Y asusta, mucho. En esas aparece delante de nosotros un búfalo, una especie agresiva que no necesita excusas para atacar. Nuestro vehículo no transmite la garantía de seguridad que uno desearía en caso de un ataque de uno de estos animales. Bastaría un trompazo de un elefante para volcarlo.

Del elefante no te esperas su sigilo. Es fácil verle aproximarse a lo lejos, oírle es imposible. Sus pisadas son tan contundentes como silenciosas. Nada trisca bajo sus patas. Pasa tan pegado al vehículo que el olor que desprende te agarra. Sus arrugas son tan pronunciadas que forman pliegues por los que el agua podría correr igual que si fueran canales. La emoción vuelve aparecer entre nosotros. Se alternan los momentos de verlo con los ojos con los de hacerlo a través del visor de la cámara. Esta sensación es adictiva y el cerebro te pide ver más animales.

Antilope en el Parque Nacional de Elefantes Addo

El guía vuelve a detener el todo-terreno en la pista de grava. “Que no sea otro escarabajo pelotero”, pienso. Señala algún punto en medio de la vegetación densa. En torno a nosotros se han detenido más vehículos. Con la ayuda de unos prismáticos distingo en un claro a una leona con sus crías. Echan andar hacia el camino, donde nos encontramos expectantes e inquietos. Uno o dos minutos después se encuentran a tres metros de distancia de nosotros. La leona es hermosa, los cachorros entrañables. Por un momento no piensas de los que es capaz de hacerte de un solo zarpazo si quisiera. A este animal se le ha visto tantas veces en revistas y documentales que no crees que te impresione tanto verlo en vivo, pero lo hace. Esa es su grandeza.

 

Para más información sobre el Parque Nacional de Elefantes Addo vistar las páginas webs www.sanparks.org y www.addoelephantlodgeandsafaris.co.zag

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