Africa 3.0

Invertir en África

El reto del futuro para los países europeos es invertir en África, me decía hace unos días un alto funcionario de la Comisión Europea. Lamentablemente no puedo revelar su nombre porque las reglas de su departamento le limitan la capacidad de hablar para la prensa sin la debida autorización. Sólo podré decir que es español, que dedica buena parte de su actividad en Bruselas a las relaciones con una parte del continente africano, y que le parece una idea excelente la atención que “Canarias punto cero”, presta a África, aunque, también me lo hizo ver y sopesar, algunos análisis publicados con mi firma le hayan suscitado algunas discrepancias.

“Discrepancias normales – me decía antes de empezara enumerar alguna –. Lo importante es que se escriba y hable de África. Europa – y nada digamos Estados Unidos, Canadá y los países más importantes de Latinoamérica – viven ensimismados en sus problemas, y de África apenas uno, el de la presión migratoria, despierta interés, aunque sin profundizar en la realidad africana que está de fondo”. Me quedé con muchas de sus observaciones y sugerencias. De África sabemos muy poco: los medios de comunicación apenas informan, y a menudo con sensacionalismo morboso, de la avalancha de africanos que quieren venir a Europa en busca de nuevas perspectivas de vida, de las guerras regionales o de grandes hambrunas. Y poco más.

Pero mientras Europa es el continente viejo, África es el nuevo; mientras Europa es el pasado, en África. Está el futuro. África está aquí al lado, es lo más próximo, y lo que más posibilidades de crecimiento ofrece, pero ahora mismo más necesidades muestra. El análisis global concluye que hay que prestarle mayor atención, primero por solidaridad con los pueblos africanos y segundo, por egoísmo. La diferencia brutal de renta y nivel de vida entre las dos riberas del Mediterráneo es inadmisible en un mundo que es de todos. Pero al mismo tiempo, invertir en África, que es la única forma viable que se contempla para corregir las diferencias, es prometedor y rentable.

En África el promotor o el inversor encuentra materias primas y recursos naturales. Y lo mismo puede decirse de los recursos humanos. Hay mano de obra joven y, lo mejor, cada vez mejor preparada empezando por el ámbito de las nuevas tecnologías. La pena es que muchos profesionales formados y valiosos sean los que emigren porque en sus países todavía no tienen donde desarrollar sus conocimientos. Por otra parte, muchas de las preocupaciones que tradicionalmente despierta la realidad política africana han desaparecido. Los conflictos en que derivaron algunas independencias se han superado y actualmente la mayor parte de los países ofrecen estabilidad.

La democracia se va extendiendo y los relevos generacionales en el poder cada vez se llevan a cabo con mayor normalidad. Persisten algunos focos de guerra, en la República Democrática del Congo, Sudán del Sur y la República Centroafricana, pero ninguno es alarmante ni insoluble, y cuando se recuerda que el número de países independientes es de 54, salta a la vista que son pocos para lo que solía y que no empañan el avance que la paz y la normalidad se han venido imponiendo.  Asunto aparte, y lógicamente preocupante, es que al igual que en el resto del mundo el avance del yihadismo es una amenaza que dentro de su gravedad demuestra la necesidad de la contribución de todos, de africanos y europeos, para erradicarla.

Son muchos y muy variados los sectores económicos abiertos a las inversiones foráneas. Lo que hace falta es que gobiernos y fondos de inversión salgan del círculo cerrado en que se mueven y amplíen el horizonte. Aparte de que desde África es fácil exportar, en cuanto se intensifique el desarrollo empezará a aumentar el consumo con el consiguiente crecimiento multiplicador del mercado interior. De momento la potencia económica que se ha anticipado a aprovechar estas perspectivas es China. Pero la experiencia no es todo lo satisfactoria que sería de desear. Lo mejor quizás sea que está contribuyendo a la mejora de las infraestructuras, aunque sean infraestructuras de mala calidad.

El resto es más discutible. El capital chino sale caro: esquilma las materias primas, hipoteca a las haciendas públicas de los Estados durante demasiados años y ni siquiera los trabajos de obras públicas crean puestos de trabajo para la mano de obra local que tanto se necesitan. Muchas de las obras son ejecutadas por trabajadores chinos trasladados en avión, que apenas establecen relaciones con los nativos ni gastan en alojamientos o bienes locales. Algunos países, como Marruecos, a pesar de estar abiertos a la inversión extranjera, rechazan las chinas por las condiciones que imponen.

En este sentido es imprescindible que las inversiones sean reales, no oportunistas; sujetas a los riesgos que toda inversión supone, con garantías para quien invierte dinero, quiere obtener beneficios y poderlos repatriar, pero también respetando las leyes de los países y las leyes y normas preestablecidas. Europa que tanto dinero gasta en buscarle paliativos, momentáneos,  a la presión migratoria, tendrá que plantearse más en serio avanzar en este tipo de soluciones: son las soluciones para un problema que ya existe en el presente pero sobre todo se proyecta  en el futuro.

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