Africa 3.0

ETIOPIA-ERITREA, ¿POR FIN LA PAZ?

Uno de los conflictos fronterizos más antiguos que se venían arrastrando en África, el de Etiopía y Eritrea, ha entrado en vías de arreglo. El propósito de mantener la paz y establecer relaciones anunciado por el nuevo primer ministro etíope, Abiy Ahmed, en su toma de posesión en abril, ha dado un paso al frente proponiendo la revitalización del precario acuerdo de paz que mantiene el statu quo. La propuesta enseguida fue aceptada por el presidente eritreo, Isaias Alewerki, que aprovechó para anunciarlo durante el acto anual de homenaje a las víctimas en la capital, Asmara.

Alewerki cumplió su palabra y unos días atrás y una delegación oficial eritrea, encabezada por el jefe del Gobierno, Osmán Saleh, y el ministro de Asuntos Exteriores, visitó Adis Abeba a finales de junio poniendo fin a cuatro décadas de incomunicación, tensiones, frecuentes incidentes armados y ausencia de relaciones diplomáticas o comerciales. La delegación eritrea fue recibida con todos los honores en el aeropuerto de la capital etíope por sus homólogos. El presidente eritreo anticipó que la misión trataría de analizar la situación y trazar planes para el futuro.

Es pronto para saber la profundidad de lo tratado y de realmente acordado. Quizás sea necesario que la opinión pública de cada país vaya asumiendo la idea de la normalización de las relaciones. Pero al menos ya es importante que el hielo se haya roto. La historia del conflicto es larga, empezó con la rebelión de los secesionistas eritreos, liderados por el Frente de Liberación del Pueblo Tiaray (FlCT) contra el dominio que Etiopía venía ejerciendo desde el final de la Gran Guerra y, aunque el problema se resolvió en 1993 con la independencia de Eritrea, los incidentes continuaron y en 1998 desembocaron en guerra abierta que dejó decenas de miles de muertos de cada lado. En el año 2000, gracias a la mediación internacional, ambas partes firmaron en Argel un acuerdo de paz que nunca llegó a ser pleno.

Además de diferencias en el trazado de la frontera, que sigue suscitando discrepancias, también han venido pesando y pesan los sentimientos de animadversión de unos y otros generados por el conflicto. El recuerdo de la guerra y la enemistad que generó entre los dos pueblos se agrava por la memoria muy reciente aún de las víctimas. Aunque el primer ministro Ahmed fue combatiente en aquella guerra y goza de autoridad moral para intentar olvidarla, su disposición a cerrar el conflicto le está generando duras críticas.

La presencia de banderas eritreas con que fue recibida en Adis Abeba la delegación gubernamental de Asmara provocó reacciones violentas en las calles. Tanto los sobrevivientes de aquella tragedia como los familiares de las víctimas no entienden que los que durante tanto tiempo fueron enemigos acérrimos sean perdonados e incluso recibidos ahora como huéspedes oficiales. Y más convencidos como están los etíopes de que fueron los vencedores. Pero frente a este resentimiento popular, está el pragmatismo de los políticos.

Ambos gobiernos son conscientes de que la situación actual, de paz pero sin paz, descrita por la prensa francesa como de guerra pero no guerra, no favorece a nadie. Los dos países tienen más que perder manteniendo el enfrentamiento y resistiéndose a mejorar la cooperación vecinal. Las negociaciones abiertas tienen como base el Acuerdo de Argel, que partiendo de un dictamen del Tribunal de La Haya — firmado con la presencia de Kofi Annan, secretario general de Naciones Unidas y la secretaria de Estado norteamericana Madaleine Albright – que puso fin a la guerra, aunque nunca llegaron a cumplirse la totalidad de sus principios.

Uno de ellos, quizás el más espinoso, es la disputa, nunca resuelta, en torno a la pequeña ciudad de Badme (poco más de 1.500 Habitantes), objetivo durante la guerra de los mayores combates, que inicialmente fue considerada eritrea en el Pacto de Argel, pero más tarde Etiopía rectificó su conformidad y continúa sin ceder su soberanía. En el planteamiento de principio de las conversaciones actuales parece que Adis Abeba está dispuesta a consolidar la cesión. Claro que no es el único problema fronterizo. En los acuerdos de Argel se creó una comisión de límites que apenas ha funcionado.

Tanto Etiopía, con sus más de cien millones de habitantes, como Eitrea, con casi seis, están entre los países más pobres de África. También entre los más amenazados.  Cerca está el conflicto de Sudan del Sur y enfrente, al otro lado del Mar Rojo, el del Yemen.  La vecindad de Somalia, con un Estado fallido y una organización territorial y política caótica, fragmentada y dominada por el yihadismo más salvaje, es una amenaza constante que dificulta el desarrollo. La paz y el establecimiento de relaciones bilaterales será un avance importante, y no sólo para la reconciliación entre los dos países en litigio: también para toda la Zona. Las recién iniciadas conversaciones de paz cuentan con el respaldo de los organismos internacionales y de muchos países.

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