Africa 3.0

Uganda: El chismorrear pasa por caja

Uganda, uno de los países africanos con mayor ritmo de desarrollo,  se ha convertido estos días también en el primer país dispuesto a poner cierto límite al uso, y sobre todo el abuso, de las redes sociales. No se impide su utilización, como ya hace una buena parte de la población, pero a partir de ahora hay que pagar por ello. Se trata de una decisión personal del veterano presidente, Yowerri Museveni (treinta y dos años en el poder), quien opina que en gran medida las redes sociales son soporte y vía de intercambios de frivolidades que incitan a tomarse la vida poco en serio.

Él mismo utilizó la palabra chismorrear, algo en lo que estima que los ugandeses pierden demasiado tiempo utilizando infraestructuras públicas que cuestan dinero al erario nacional. La decisión, cuya impopularidad es manifiesta, ya ha despertado críticas y numerosos chistes y chascarrillos entre la gente. Pero también hay voces que la encuentran justificada y consta que otros gobiernos, no sólo de África, contemplan la posibilidad de imponer algo parecido. Uno de los argumentos es que contribuirá a liberar la carga de las líneas.

La iniciativa del Gobierno de Kampala establece un impuesto adicional al pago de los teléfonos móviles de doscientos chelines diarios, lo que viene a suponer cuatro céntimos de euro. A primera vista no es mucho, pero en relación con los salarios que se pagan en Uganda a fin de mes es una cantidad significativa. Los interesados en mantener la posibilidad de chatear sin limitaciones tienen que darse de alta y el suplemento les será cargado en la factura telefónica. La medida ha cogido por sorpresa a los ugandeses, pero la impresión es que acabará siendo asumida por la inmensa mayoría.

“Puede escasear dinero para comer, pero para renovar el televisor y cambiar de vez en cuando el teléfono móvil nunca falta en el Tercer Mundo”, comentó un misionero italiano que conoce bien la zona central africana. El teléfono móvil se está convirtiendo en el principal medio de comunicación y el que mejor facilita la intercomunicación en la distancia. Cada vez son más las aplicaciones que prestan servicios rápidos y eficaces a los usuarios. El intercambio de chismes y la difusión que las redes sociales puedan proporcionarles también se ha convertido en un entretenimiento para muchas personas.

En Uganda, como en otros muchos países funcionan decenas de redes sociales, aunque al final son cinco o seis las que canalizan la mayor parte de tráfico de mensajes, suministro de datos e intercambio de fotografías. Es evidente que absorben mucho tiempo a algunas personas y que no faltan las que han convertido su uso en una patología similar a la ludopatía. Pero en el lado positivo las redes sociales facilitan el conocimiento, abren horizontes y proporcionan entretenimiento a personas necesitadas.

El gravamen impuesto por el Gobierno de Uganda a su uso no excluye a ninguna red, ni siquiera a Linkedin que es de utilidad eminentemente profesional, pero está muy polarizado en las cuatro que cuentan con mayor popularidad en todo el mundo: Instagram, Facebook, Youtube y Twitter. Todas ellas tienen detrás poderosas empresas que acumulan beneficios valiéndose en gran parte de servicios que asumen sus costes y no siempre son copartícipes de los beneficios. Por eso los expertos no ven disparatada la iniciativa ugandesa.

Parte del principio de que un servicio superfluo debe pagarse. La tradición de lo gratuito, como la televisión generalista, en todas partes empieza a ser cuestionada. Las nuevas tecnologías están proporcionando adelantos muy importantes para el confort y la mejora del nivel de vida de las personas. Aunque como contrapartida, su usufructo la encarece. En Uganda hay millones de familias con dificultades para sobrevivir y este nuevo impuesto, aunque en teoría insignificante – y para los acomodados así lo es – se convierte en un gasto más que complica la llegada a fin de mes.

Se trata de algo prescindible. Nadie está obligado a darse de alta. Es algo superfluo, se justifica; pero también, analizado desde un punto de vista social, se vuelve en un elemento más en la desigualdad existente en las sociedades. Quienes pueden no tienen problema para permitirse este pequeño dispendio, pero los que no disponen de unos céntimos diarios, que son numerosos, ni siquiera pueden permitirse el pequeño desahogo de practicar  el intercambio de pequeñas informaciones o rumores, en definitiva el viejo vicio de chismorrear.

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