América

Magnicidio capitalizado

Estaba ya agotada de una semana intensa de trabajo y para colmo de guardia en la redacción. Comenzó una cadena presidencial por el aniversario 81 de la Guardia Nacional de Venezuela. Afuera hacía calor. El clima en Caracas por estos días pasa de lluvia a sol sin avisar. Nada aventuraba la intentona del magnicidio.

Era raro ver ese acto militar en la conocida avenida Bolívar de la capital venezolana, ya que los eventos castrenses normalmente se realizan en Los Próceres o en el Fuerte Tiuna, que es un complejo militar con absoluta seguridad ubicado al oeste de la ciudad.

Me serví otro litro de agua y lo ubiqué junto al teclado, resignada a escuchar y procesar dos horas de discurso de Nicolás Maduro.

Cuando estaba a la mitad de su discurso una explosión interrumpió el silencio del solemne acto. De pronto Maduro no pudo seguir hablando, la cámara abrió el ángulo para mostrar la formación militar. Se escucharon voces de angustia. “Tápalo, tápalo, tápalo”, “A la derecha, a la derecha”. Y centenares de militares abandonaron la formación corriendo, huyendo de algo, poniéndose a salvo.

En la redacción no entendíamos qué pasaba, los celulares comenzaron a sonar, los mensajes colapsaron los grupos de WhatsApp. ¿Qué había pasado? Nadie entendía. No había un tweet de algún ministro, un mensaje, un anuncio, de nada ni de nadie.

Una hora después el ministro de Comunicación, Jorge Rodríguez, explicaba al país que había ocurrido un atentado con drones explosivos y que el presidente se encontraba bien. Dos horas más tarde Maduro volvió a hablar en cadena nacional para denunciar que Juan Manuel Santos, expresidente de Colombia, estaba detrás del intento de magnicidio del cual salió ileso.

La oposición guardó silencio. Pocos países se pronunciaron condenando el atentado. Luego el Gobierno detuvo a los autores materiales, que confesaron haber sido apoyados por los diputados de la Asamblea Nacional (AN), Juan Requesens y Julio Borges.

Evidentemente que en un acto presidencial, en el cual se guardan todas las medidas de seguridad, hubo complicidad de militares activos. Pero de eso el gobierno de Maduro prefiere no hablar.

Me pareció divertido que mientras que todos los días siguientes al atentado, los funcionarios del gobierno ofrecían detalles de los detenidos, y sobreabundaban en el discurso contra la “oligarquía colombiana” y la “derecha apátrida”; en las noches, desde Florida (EE.UU) Jaime Bayly ofrecía más detalles sobre cómo llegaron los drones explosivos a Venezuela,  sobre las reuniones preparatorias que hubo en Miami para matar a Maduro y sobre los próximos atentados que el propio Bayly prometió.

Los abogados dicen, “a confesión de parte, relevo de pruebas”. Es bastante obvio que fue un atentado preparado contra un presidente. Debe ser rechazado, como debe ser rechazada la violencia en todas sus formas. En lo personal no podría apoyar un atentado contra ningún presidente de ningún país, por muy mal que me parezca su gestión.

Y supongamos que lo hubiesen logrado. Supongamos que asesinan a Maduro. ¿Cuál era el paso siguiente? ¿Para qué serviría el asesinato de un presidente en funciones?

¿Es más fácil acabar con un gobierno por la fuerza, con violencia y exponer al país a una guerra civil innecesaria? ¿Qué tan democrático puede ser un gobierno que se impone con violencia asesinando a su precedente?

Supongamos que ya Maduro no está. ¿Cuáles son los pasos para acabar con la crisis macroeconómica? ¿Para superar la hiperinflación? ¿Para establecer un sistema de precios de productos y servicios asequibles? ¿Cuál es el plan de gobierno de los opositores?

Independientemente de quienes estén con el chavismo o no, la violencia no es la forma, el magnicidio es una alternativa dinosáurica que no se merece este país.

¿Hay algo peor que Maduro para Venezuela? Sí, una guerra civil sangrienta o una intervención militar extranjera, sin duda, sería muchísimo peor.

Lo cierto es que Maduro ha sabido capitalizar el magnicidio. Fortaleció su espíritu de víctima. Ya no le echará la culpa de todo sólo al “bloqueo económico” sino también a la “oligarquía colombiana”.

Durante toda esta semana nadie ha hablado de la hiperinflación, nadie ha explicado cómo va la reconversión monetaria que inicia el 20 de agosto. Nadie se ha acordado de la lista de precios justos que prometió el propio Maduro hace un mes.

El atentado es la excusa perfecta para desviar la atención del tema económico, y concentrar las cuentas Twitter de los ministros, en condenar el magnicidio frustrado y mostrar su solidaridad con Maduro.

Mientras tanto, los venezolanos siguen sin poder comprar medicinas ni alimentos, sin poder comprar proteínas, recibiendo bonos del llamado Carnet de la Patria para adormecer el hambre y seguir sobreviviendo….

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