Cultura

Salvador Pérez: “lo que sí somos los guancheros es gente humilde, aquí nunca hemos tenido caciques”

“Lo que si somos los guancheros es gente humilde e igual. Aquí nunca hemos tenido caciques (y si hubo alguno pasamos olímpicamente de él o le entramos con ironía)”, aseguró el maestro, periodista y escritor Salvador Pérez este viernes pasado en la lectura del Pregón de las Fiestas de la Guancha (Tenerife). Su delicioso texto es una clase magistral sobre la historia y las gentes del Tíbet, como popularmente se conoce a un lugar tan alejado y en altura del resto de municipios de la isla de Tenerife. El texto de Salvador Pérez es una lección de Historia, de la de España, pero también de las pequeñas historias cotidianas que conforman la personalidad tan distinta y atractiva de este municipio. Actualmente, Salvador Pérez y su mujer, Aurora, viven entregados a la Fundación Carlos Salvador y Beatriz:

Aquí estoy. Para alegría de muchos y sorpresa de algunos. Aquí estoy en mi pueblo, siempre ciudadano de él con mis impuestos y mis votos, sin hacer caso jamás a la frase “de cuando peor, mejor”. Yo siempre me he alegrado de lo bueno y he lamentado lo malo. Y, además,  eternamente agradecido a mis convecinos pues,  cuando el vendaval que arrasó mi casa, estuvieron como un solo hombre, como una sola mujer al lado de dos guancheros, Salvador y Aurora, que perdieron a sus  dos hijos en la flor primaveral de sus 27 y 25 años.

Soy nacido  El Calvario. Calle de piedras ribeteadas del verde de las hierbas, de cagadas de mulos, caballos o burros, los vehículos de aquellos años, barridas por vecinos meticulosos…Calle después asfaltada en aquel milagro de “las obras comunitarias”… Calle donde una vez, a las siete de una mañana, vi colgado a un hombre de un nisperero. Calle del sardine (así se llamaban antes las pocas aceras) como mentidero y conversación con don José Mesa – Cuba, Nueva York… la emigración- como nuestro poeta don Esteban Dorta (el dueño del cine donde en tantos matinés y noches vimos todas las películas inolvidables) que nos trajo a su amigo, al gran poeta Pedro García Cabrera, la mejor poesía del agua y la galería:” Ante El Pinalete estoy/ mirando correr el agua,/ todo su cuerpo canción/ y toda sollozo el alma/ Don Esteban Dorta, camarero en Nueva York sirviendo un café a Al Capone…

 ¿Quiénes somos los guancheros? ¿De dónde somos, de dónde hemos venido, qué hemos sido en la pequeña historia del pueblo? ¿Somos distintos, tenemos características propias, tenemos elementos diferentes de otras gentes, somos más altos, más guapos…? Yo siempre digo: soy guanchero universal.

Para saber qué somos hay que partir de qué fuimos. No hay flecha de futuro si no se lanza desde el arco del pasado. En el transcurso de estas reflexiones en voz alta, nos daremos cuenta de dónde venimos a través de la historia, grande o pequeña, pero historia al fin y al cabo,  del transcurrir, rápido o cansino, de eso llamado vida.

Los canarios somos una mezcla, una mixtura, un “contamíname humano” que diría Pedro Guerra.

Nosotros, los guancheros,  también somos una mixtura humana (recordar a los llamados “coreanos”, por la guerra de Corea, año 1950, de los altos de La Victoria y La Matanza que venían a trabajar en las galerías o los “criados” gente que venían a trabajar en las casas solo por comida y cama o los “benijeros”, de Benijos, la gente de los entonces míseros barrios altos de La Orotava que venían a matar el hambre y a buscar trabajo y se radicaron en la zona de El Pinalete. O los muchos matrimonios que se  hicieron por los bailes del Casino.

O la enorme influencia del fenómeno de la emigración a Cuba y Venezuela y la vuelta ahora de un océano que nos une. Uno recuerda al cartero “Juanito,  El Petudo”,  leyendo en la calle por encima de la iglesia el nombre de las cartas enviadas desde Caracas. “Ay, yo no tuve; ay, este hombre no escribe; ay, qué alegría: mira la foto delante de una nevera” mientras se oía la voz poderosa, todo el mundo cagado al oírlo, de Juanito: “Mira, lleva esa carta para Arguayo a Fulano de Tal; mira,  lleva esa carta a Llano Méndez; mira, lleva esa carta para El Farrobo”. Y se las daba a cualquiera. Y llegaban y no se perdían. Parecía la recogida de las maletas en la cinta del aeropuerto. Y la llegada de los emigrantes: primero cubanos, trajes blancos impolutos, el café como regalo, el oro de los anillos, la Bana en Cuba, qué ciudad. Y después los venezolanos: “chico, Caracas es mucha Caracas”. Un cacho de ciudad que comparaban con nuestra Guancha de Abajo. Y los haigas, el coche Cadillac de José Velázquez, que nos dejó con la boca abierta.

Lo que si somos los guancheros es gente humilde e igual. Aquí nunca hemos tenido caciques (y si hubo alguno pasamos olímpicamente de él o le entramos con ironía). Recordar cómo le contestó “Bernardo, el de Farrobo” a un alcalde y hombre influyente como Pedro Pérez cuando este le dijo que reconociera ante la Guardia Civil que había cogido leña verde en el monte. “Dilo, que a ti no te pasa nada”. “Don Pedro, pues si no pasa nada diga que fue usted”. Don Pedro Pérez jugaba con varias barajas en los tiempos de las elecciones, en la República, cuando recibía a los hombres más importantes de cada partido y les decía que les votaría. “El pasteleo electoral” se descubrió cuando los políticos regresaban juntos en el mismo coche.

O sea, nada de caciques, ni prebostes que marcaran el camino. Nunca hemos sido bueyes de amén, ni “de lo que Vd. diga mi señor”. Ni dueños ni esclavos. Nunca hemos tenido clases sociales, ni ricos ni pobres, porque cada uno (excepto en algunos tristes casos) ha tenido su terrenito, su huertita, aquí ha sido una bendición el reparto de la tierra y se ha hecho realidad aquello de la tierra “para quien la trabaja”. La mejor demostración de lo que afirmo de la inexistencia de las clases sociales en nuestra gente son esas instituciones como la Banda de Música, el Casino, el Colegio Público, el Instituto, el fútbol, el baloncesto, las Ferias… Aquí hemos estado todos en pie de igualdad, sin ser mejores ni peores: iguales con esa maravillosa tabla rasa de la confraternidad, el “yo y el tú”, “los dos, nosotros”.   

Pero, ojo, hay que comparar. Miren a nuestros pueblos cercanos, a los vecinos de aquí y de allá y dense cuenta de que allí siempre ha habido clases sociales: ricos y pobres, dueños y asalariados, gente que mira por encima del hombro a sus barrios, lo viví y lo vivieron mis hijos en Icod y sus barrios que parecen decir que “los del casco” somos especiales. Y eso yo lo he palpado en mis propias carnes por mi profesión de maestro y en poblaciones cercanas con el nosotros y ustedes, siempre con la idea de romper la cuerda que ata al centralismo.

El centralismo incluso en los pueblos. En mi libro “Instituto de La Guancha: algo más de 25 años” su director, Jerónimo Morales, me contaba que él vivía en La Mocanera y bajar a la plaza era un paso importante. Todo venía del inmenso dragón de muchas cabezas, el todopoderoso centralismo: de Madrid capital a las islas, de Santa Cruz capital a los pueblos, de una zona del mismo pueblo a los barrios, casi de una calle a otra, todo en compartimentos cerrados. Eso parece mentira ahora,  pero era auténtica verdad. Discriminación, separación, injusta marginación. En este hoy ya no hay barreras.

Hemos sido un pueblo en las alturas,  perdido en la geografía isleña,  Es la zona de “Los Altos” no sólo los de La Guancha, sino los de San Juan de la Rambla y el realejero Icod el Alto, tan bien descritos en ese tesoro lingüístico, cultural, etnográfico, costumbrista que es “Crónica de La Guancha a través de su refranero” de Cristóbal Barrios y su hijo Ruperto, Un libro que debería reeditarse (con una segunda edición ampliada y renovada) por parte del Cabildo Insular de Tenerife y los tres ayuntamientos de Los Altos: La Guancha, San Juan de la Rambla y Los Realejos. Ahí queda lanzada mi llamada a quién corresponda…

“Los Altos” esas islas desconocidas dentro de las islas, la tierra adentro, el interior, el campo ancho y largo, ignorado y menospreciado, exaltado sólo en la lírica de una literatura facilona, de un folklorismo interesado y que siempre ha necesitado “el levántate y anda” de una nueva hora.

Siempre alejados para los que “tienen el sartén por el mango y el mango también”,  pues hay que decir que las carreteras no llegaron hasta el año 1931, ya en tiempos de la República, desde Icod y tardó 21 años en ser construida y la otra, hacia Los Realejos, en 1950. Eso significaba que éramos un pueblo alejado. Te decían ¿y tú de dónde eres?  De La Guancha y eso ¿dónde está? ¡En las afueras de Madrid!, respondía yo con ironía. Eso cambió con los bailes y la actividad cultural del Casino y culminó con las Ferias que fuimos conocidos en todas las islas.

La Guancha “¡qué limpia suerte! tiene nombre de mujer”, decía el poeta sevillano José Félix Navarro o “La Guancha es una sombra permanente del pasado” que decía el poeta Sebastián Sosa. Guanchas, La Guancha. Aquí primero nuestros ancestros, nuestros antepasados, por las primeras mujeres y hombres, hombres y mujeres que pisaron estos pedazos de tierra africanos y después culturalmente europeos. El Neolítico presente en vida, relaciones, costumbres que cambió con la llegada de los invasores castellanos. Muchos tenemos de guanches en nuestros árboles genealógicos. Mi sobrina Mayte fue una vez a Los Realejos, a una de las iglesias más antiguas de la isla, Santiago Apóstol, y encontró nombres guanches en la familia. El pintor británico Alfred Diston decía en 1829, que la pronunciación del español en aquellos habitantes “es excusadamente ruda pues mezclan palabras derivadas del guanche…”

El origen del pueblo se sitúa entre la leyenda y la historia. Los castellanos no hicieron excesivo caso de las tierras altas (más tarde sirvieron para los alzados, los rebelados al poder establecido) pero llegaron un grupo de soldados del conquistador Alonso Fernández de Lugo explorando nuevas tierras. Y ahí la leyenda de la aborigen, la guancha, llenando su gánigo de agua y el capitán español prendado de su belleza y la versión trágica y romántica que narra la muerte de la mujer lanzándose al vacío antes que la capturaran. Un poeta palmero, Félix Duarte, escribió la leyenda e incluso señala el nombre del castellano: el capitán Gonzalo de Alcaraz. ¿Un mito, una realidad? Los vapores de la leyenda no nos dejan ver el bosque de la certeza.

Un incendio en el año 1888 destruyó el caserón de la Alhóndiga  donde estaba el Ayuntamiento y nos dejó a oscuras y sin archivos para saber el principio de nuestra historia. Sin  embargo,  las Datas de Tenerife nos señalan que en 1499 (siete años después del descubrimiento de América) llegaron “cinco naturales de la Gran Canaria” a la fuente de la Guancha. Esas fueron nuestras primeras raíces que después se consolidaron con la ermita de Santa Catalina en 1510 y la iglesia parroquial también ermita en 1579 y parroquia en 1630.

A lo largo de tantos años no pintamos nada en la historia de las islas. Abandonados, allá arriba, en Los Altos, Aislamiento, junto al total abandono de los organismos estatales, hicieron que el guanchero se conformara como suspicaz, reservado, y receloso ante lo que viniera de fuera. Todo ello unido a un analfabetismo casi total, con un lenguaje forzosamente pobre. Hasta Viera y Clavijo solo nos nombra en dos ocasiones en su Historia General de las Islas Canarias. Dice “queda a media legua de San Juan de la Rambla hacia la cumbre. Tiene clima frío y destemplado”.

O sea, ni caso y eso que todavía no habíamos llegado a ser “el pueblo de la rayita”. Y encima,  el terrible tiempo atmosférico con dos aluviones: uno en noviembre de 1821 con daños en casas y terrenos y el grande, el peor, el desastre, el aluvión del día 7 de noviembre de 1826 (hace ahora casi 192 años) con once horas de lluvias sin cesar. Aquí si llovió “a cántaros” y los datos de la tragedia lo dicen todo: 49 víctimas mortales más un soldado guanchero en el Puerto de la Cruz: Total 50, muertos con edades de siete meses a ochenta años en su mayor parte desaparecidas, más mujeres que hombres y además 344 cabezas de ganado, 72  casas arrasadas, 31 en ruinas y todos las huertas destrozadas. Ojo, en todo el Norte de Tenerife murieron 173 personas y nosotros en una fatídica segunda cifra pues en La Orotava murieron 118. El gobierno de la nación no se dio por enterado de la catástrofe ya que incluso siguieron cobrando las contribuciones en el reinado del nefasto Fernando VII, “el monarca más bandido de la historia y los ha habido buenos…” en un pueblo de 1312 habitantes. Así el pintor Alfred Diston cuando vino tres años después decía aquello de “extensión de terreno entre el miserable y lastimoso caserío de La Guancha.

Cómo cambió la estructura física del pueblo. Uno recuerda en el barranco, frente a La Asomada,  la gran cantidad de tierra  de gran calidad en taludes, rosos con animales incrustados: los camiones de mi padre llevando la tierra a El Guincho, las fincas de Los Ponte, en Garachico o Icod. Ver primero con una simple pala cargando un camión de tierra a Pepe Vinagre o Juan el  Papelero (el abuelo de la presentadora de Televisión Canaria ¡qué orgullo! Wendy Fuentes y su bisabuela, doña Anita, llevando un caldero del 14 de garbanzas con una telera de pan). Después la primera pala de ruedas (hasta la llegada de las palas con esteras de hierro) y el acontecimiento en La Asomada: un público por caminos y huertas contemplando cómo se cargaba la tierra con un artefacto y no el sudor terrible del hombre con una simple pala.

Otro acontecimiento nefasto fue la desamortización  pues en 1855 se hizo con la finca más extensa de Tenerife. La superficie era tres veces mayor de la que tiene La Guancha actualmente. Esas tierras pertenecen ahora, en su mayor parte, al municipio de La Orotava.

Y llegamos a tiempos mejores. El despertar, la transformación del pueblo siempre a través de los sublimes caminos de la enseñanza (no olvidar la frase de Nelson Mandela “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”) por medio de la llegada de maestros y de una maestra, Ángeles Machado, que cambió la monótona vida de una comunidad triste y desamparada. La venida de doña Ángeles, 12 inolvidables años de 1921 a 1933, una lagunera de familia preparada y progresista, fue una lotería. Hay que reflexionar de que una señorita de la alta sociedad lagunera – cuando existían de forma clara y dura las clases sociales- se metiera tan adentro en la médula, en la piel y en la esencia de un pueblo alejado, sin carretera, comodidades, ni ventajas, abandonando la más placentera vida de una ciudad como la vieja Laguna. Aquí tiene justo monumento a una labor que no tenido parangón.

Y hablando de educación hay que decir a boca llena que La Guancha siempre ha sido un pueblo con suerte. Buenos colegios y buenos maestros y maestras. Todos los alcaldes preocupados a lo largo de la última historia: nada de niños por las calles en horario escolar, multa al canto y llamada a los padres al Ayuntamiento. Y aparte de la suerte de tener escuelas de niños y niñas en los años veinte del siglo pasado, después de la nefasta Guerra Civil nos trajo la construcción de un Grupo Escolar por medio de una subvención dada a la Galería de Los Palomos que alumbró gran cantidad de agua en 1941. En 1946 comienzan las clases y durante todos estos años ha habido construcción de nuevos centros y ampliación de otros. Eso ha significado muchos más guancheros “per cápita” en universidad, más universitarios por metro cuadrado que cualquier otra población de la isla. Ya saben la razón, las razones,  pues nada cae del cielo y hay que redundar en las raíces: una buena, excelente casi, labor de la enseñanza pública en los colegios y el Instituto.

Aquel clima cultural, de mejor educación, hizo que la llegada de un cura orotavense, don Domingo Hernández y de un maestro peninsular, don Vicente Carrera que atrajo a los niños a las clases (decía don Cristóbal que se iba a la escuela cuando llovía) propiciaran un hecho histórico: la creación de la Banda de Música. Voy rápido y de puntillas pues en el libro “La Banda en la vida” está toda la vida, el acontecer preciso de este orgullo de pasado, presente y espero que  futuro. Recomiendo que lo lean pues ahí están las voces de bisabuelos, abuelos, padres e hijos en sus 350 páginas de texto y fotos recogidos de viva voz, en más  de 30 horas de grabación durante varios años, y que es un recorrido de casi un siglo, faltan seis años para ese centenario.

En ese libro está todo mi amor por la música y los músicos. Para todos mi cariño bien demostrado que deseo ver reflejado en sus directores: desde aquel personaje central de la historia, mi querido Juan Luis, al resucitador  Anatael, el eficaz Juan Antonio o esa rueda de fuego (realejero al fin) de actividad que es el brillante Agomar, carne de cine hollywodense…

Y en esto llegó la República, proclamada un 14 de abril de 1931, tras la caída de otro nefasto rey, Alfonso XIII  “de profesión la caza, la fotografía, los coches caros y como buen Borbón las aventuras extraconyugales”. Llegó un tiempo distinto, de primavera democrática, que tuvo fallos y errores como toda obra humana pero con gran cantidad de aciertos como limitar el trabajo a ocho horas, el voto a la mujer, el divorcio, la construcción de cantidad de escuelas para luchar contra un analfabetismo de más de un 40 por ciento, la creación de bibliotecas públicas, la educación y la cultura como piezas principales del devenir ciudadano .Aquí en La Guancha se hizo patente pues llegó la primera carretera, .Y eso no se olvidó pues en las elecciones de 1936 los guancheros votaron de forma clara al Frente de Izquierdas junto con Santa Cruz y Puerto de la Cruz

Y con la República el Casino “Unión y Fraternidad”, nombre que el franquismo obligó a cambiar, y que siempre fue una escuela de democracia y libertad. Desde su fundación, en 1933, sin olvidar su función recreativa tiene una clara vocación cultural. Las Bodas de Plata, en 1958, fue el gran revulsivo, el cambio, los jóvenes tomaron el mando. Yo que en mi dilatada vida nunca he tenido cargos si fui secretario del centro muy joven ¡todavía tengo en mi piel el orgullo! Eso fue cuando aún  estaba en el edifico de Pancho López y después participé como vicepresidente en la construcción del nuevo centro en 1966 y en su renovación en 1975 con una inauguración brillante un 6 de diciembre de 1976. Yo he sido directivo, actor, testigo, participante, trabajador de este Casino al que tanto he amado y del que tanto he aprendido.

Aunque vivíamos en la dictadura franquista, las Juntas Generales eran un ejemplo de participación democrática con “un hombre, un voto” (ojo no había mujeres socias igual que en la Banda que llegaron en 1985). El Casino fue un faro de cultura: con ciclos culturales intensos ¡ay, cuando se presentó el Partido Comunista en Canarias, qué llenazo, todos pensaban que los comunistas tenían cuernos y rabo!, con grupos de teatro propios  y participación de los mejores de las islas e incluso de la Península, actuaciones musicales de renombrados músicos, exposiciones de pintura, ciclos de cine, debates políticos y sociales de todo tipo, clases de pintura, cursos de cultura general y de bachillerato…y la admiración dentro y fuera siempre creciendo convertido en uno de los centros más importantes de Canarias. Y no hay exageración ni hipérbole alguna.

Si se hubiese continuado con los Ciclos Culturales estaríamos ahora en el número 60. En los primeros tiempos de renovación se llegaron a rebasar los ¡150 actos en un año¡ Y habían 600 socios aunque en el mejor año llegaron a los 800. ¿Y qué me dicen de la famosa Televisión Guanchera que era el acto donde se rompían las normas y la asistencia de público colapsaba el centro?

Y por no hablar de los bailes. De tarde “los matinés” o de noche. O los de Fin de Año “ay, no olvido la primera vez un 31 de diciembre en jornada laboral, qué cagalera de miedos, pero tranquilos: fue un éxito”. O aquellos sorprendentes Bailes de Casados que nadie olvida. O las orquestas: orquestas de Arafo, Iris y La Candelaria, Casablanca y Bolero de Los Realejos, Copacabana de la Cruz Santa, Columbia de Buenavista, las dos de Garachico, otras de Icod, las nuestras, Montecarlo, Coimbra, y de Santa Cruz  Aguacate (con Luis Mañero, violinista de la Sinfónica), Nick and Randy…Éramos “la noche del Norte” de Buenavista a La Orotava. ¡Cuántos noviazgos, cuántos matrimonios, cuántos hijos debidos a los bailes del Casino.

Y en esto llegó la Guerra Civil, el golpe de Estado del general Franco. Tristes recuerdos de un traumático episodio en la larga noche de una larga dictadura de 40 años. Tres años de guerra cruel y despiadada con un régimen franquista que marcó un período de involución y retroceso. También en La Guancha se vivió con intensidad la terrible contienda con soldados enviados al frente, algunos antes de los 18 años, algunos guancheros fusilados aquí y en la Península y la muerte por el llamado “bando nacional” de 14 personas (en esta calle adosada al templo estuvo la Cruz de los Caídos : ojo de los de un lado)…

La maldita guerra no sólo influyó en sus protagonistas sino en sus hijos. Fueron tiempos de hambre, escasez y miseria. Hace pocos días estaba hablando con la cabeza luminosa de Canina (la madre de Tata, la de Artesanía) con sus 99 años el 20 de septiembre y que se quedó sin madre a los seis años y sin hermano en la Guerra Civil: Justo murió a los 18 años en Calatayud (Zaragoza).

Y después llegó el franquismo más duro con  tiempos de cartillas de racionamiento, los pelados de castigo: al cero, especialmente a las mujeres o a algunos hombres con un tosco cartel de cartón en sus espaldas que decía “por robar gallinas o “por robar papas” barriendo las calles del pueblo. Todo ello visto con mis ojos de niño asombrado. O ”el cuarto”, una especie de lóbrego calabozo, una prisión en el propio ayuntamiento que usaban alcaldes y guardias municipales a su antojo; el silencio opresivo; los alcaldes y concejales con las camisas azules de la Falange (aunque aquí nunca hubo ni Falange ni Frente de Juventudes organizado…y mira que lo intentaron); la visita de los gobernadores civiles y un día sin clase; recordar lo de Celio, de familia de derechas, de orden y él de izquierdas, republicano  al ir a votar en un referéndum amañado de Franco con papeleta abierta  con el Sí por si las moscas.

Eran tiempos de hambre y miseria, mucha gente descalza, aunque en los campos había más comida que en las ciudades porque no faltaban las papas y el gofio. Un pueblo sin agua, ni luz, ni calles asfaltadas, con la llegada de la guagua hacia Icod, en 1950, un hecho clave; el oír la radio a escondidas; la espera de un telegrama para decir que se podía hacer un baile o verbena; la Guardia Civil parando la orquesta si se pasaban de las dos de la madrugada; los homenajes a escondidas a poetas como Lorca o Miguel Hernández; el comienzo de la oposición al franquismo cuando mi madre, doña Teresa, me decía en tono solemne: Salvador, dime la verdad ¿tú eres comunista?. Ella con tío ramblero cura le parecía que aquello no podía ser. Tranquila: no. Nunca he militado en un partido aunque debe quedar claro: soy hombre de ideas progresistas y de mejora del ser humano a través de los maravillosos caminos de la educación. Y nunca me he cambiado de chaqueta: siempre he estado en mi sitio, coherente en mi vida y en mis ideas. Y, por cierto, en aquel tiempo había muchos jóvenes comunistas. Y no solo Manolo Oramas, Pero los jóvenes ya nos movíamos contra aquella opresión y abrimos una puerta (eso sin decir el nombre: con seudónimos) para ser conocidos con las iniciales XYZ en las “Cartas al Director” del diario El Día. Eran los años del “pueblo de la rayita” pues cuando se repartían los dineros entre los municipios a La Guancha no le tocaba nada.

Y en esto llegó la democracia. Para mejoría de un país ilusionado que había dejado la larga noche de la dictadura. La Guancha fue pionera en el debate y en la información de aquellos partidos políticos que empezaban. Era un municipio de referencia con mesas redondas y charlas en el Casino. Los ayuntamientos anteriores eran centros de caciquismo y corrupción y además hacía falta un reparto equitativo de la Carta Municipal pues la mayoría del dinero iba para Santa Cruz. El 3 de abril de 1979 fueron las primeras elecciones municipales después de la República y se presentó una sola plancha electoral con AGI (Agrupación Guanchera Independiente) y lógicamente salieron los 13 concejales, todos varones y una sola mujer. Este equipo formado por gente trabajada en obras comunitarias partió con ventaja con respecto a otros municipios: con rapidez se lanzaron a hacer obras que cambiaron, de arriba abajo, la cara del pueblo. De un municipio mortecino, desconocido, metido allá en lo alto de los Altos, pasó a ser una población vigorosa y enaltecida, segura de sí misma y abierta a los cuatro puntos cardinales recibiendo influencias de fuera y sin olvidar lo de dentro. De ser el pueblo de la rayita a ser un municipio pionero y  reconocido no sólo a nivel regional sino incluso nacional por la magnitud de sus obras y proyectos, imitado y aireado en otras pieles y territorios. Y pongo tres ejemplos indiscutibles:  el Instituto, el Casino, la Banda , las Ferias..

Este pueblo necesita una catarsis con un hombre que se convirtió, sin duda alguna, en el mejor alcalde de su historia: José Grillo. Por sus obras le conoceréis. Hablo para los mayores: piensen ustedes cómo era La Guancha de 1979 y lo que se logró en sus 22 años de mandato con el apoyo de muchos concejales brillantes y eficaces. Claro que le sobró tiempo pues ningún cargo político debería pasar de los ocho años .Por supuesto que tuvo errores y fallos. Como todo ser humano. Ya se sabe que solo rompe los platos quién los friega pero no se puede olvidar que el pueblo le dio su respaldo, con mayoría absoluta, durante cinco mandatos. En fin, la historia lo pondrá en su lugar.

Y llegamos al hecho más importante de la historia de La Guancha: sus Ferias. La primera, llamada Exposición Agrícola- Ganadera fue en 1966 organizada por el Plantel Juvenil Agrario, un ente para el orgullo que cambió la vida de muchos jóvenes con sus sugerentes enseñanzas y al que, por cierto, en 2016, el Ayuntamiento y la Fundación Canaria Carlos Salvador y Beatriz realizó un amplio estudio para su posterior difusión.

Las Ferias comenzaron en 1979 y tuvieron continuidad hasta 1988. Diez años de superación y brillante esfuerzo y que se convirtió en el más importante escaparate de la artesanía y cultura de las islas. Su muerte, tan llorada por los artesanos de las islas, se debió a las autoridades de aquel tiempo con el Gobierno de Canarias y el Cabildo de Tenerife y el cansancio de sus organizadores, todos ellos amateurs, sin cobrar un duro. Reivindico el papel de tanta gente que se dedicaron en cuerpo y alma “a trabajar por los demás” sin nada a cambio, perdiendo sus vacaciones y con esfuerzos sin cuenta ni cuentos. A piñón fijo.

Oigan bien los datos de las Ferias de 1988. Repasamos la última pues se cumplen 30 años de su desaparición y la Comisión de Fiestas le ha hecho el homenaje de recordarla en el escenario principal de la plaza. Fueron cuatro días de agosto, del 12 al 15 y sin coincidir con las fiestas. Una cita regional, nacional (cerrando el Telediario de TVE un domingo a nivel nacional cuando existía una sola cadena) e internacional con la masiva llegada de turistas (uno recuerda en Londres en el mercado de Portobello, si el de la famosa película “Notting Hill”, a unos ingleses hablando de las piñas asadas: dato en el kiosco de la Banda llegaron a vender 3500).

El espacio, en un año, se amplió en 15.000 metros cuadrados llegando a los 40.000 metros con cierre de la Avenida del Instituto. La asistencia fue impresionante de coches (las colas rebasaron la realejera Playa del Socorro) y gentes con amplios aparcamientos en El Barranco, e ida y vuelta por carreteras diferentes. Podemos hablar de una asistencia de 130.000 personas en los cuatro días. La entrada costaba 200 pesetas (o sea 1,20 euros) pero con acceso directo de los guancheros y sus familias.

¿Qué había en las Ferias? Atiendan: 500 artesanos ¡ay Luciano¡,  trabajando en vivo y en directo y de las siete islas, la mayor concentración de España, con lo mejor de la cerámica canaria con 51 artistas; I Salón de la Moda hecha en Canarias, hoy tan de moda; Ferias de la Alimentación, de Maquinaria y de Informática- tan novedosa-; Feria del Queso con el IV Concurso; Feria del Vino con la II Cata, ¡ay Jerónimo!; Feria del Libro con 12 editoriales ¡ay Agustín Yanes!; treinta exposiciones artísticas con pintores como Francisco Concepción, Raúl Tabares, Eduardo Camacho o los cuadros enviados por el lanzaroteño universal, César Manrique, gran amigo de La Guancha al presentar su Campaña de Pintura, ‘ay Adelmin!; 32 grupos folklóricos algunos de La Palma, La Gomera y El Hierro y el dato revelador de más de mil folkloristas; cuatro bandas de música;  Jornadas de Radioaficionados; matasellado especial; Día del Turista;  comida  para artesanos y otros en número de más de 5000 personas en el comedor escolar ¡ay, Chano Marante! ; Homenaje a la isla invitada: El Hierro con sus primeras autoridades, un grupo folklórico y sus productos más exquisitos; stands de Cabildos, Consejerías y Ayuntamientos, era de la trilla –un problema cerrar a las 9 de la noche con los niños tirándose en la paja-, lucha canaria ¡ay, Melquiades Rodríguez y su gente!, juego del palo, ventorrillos en un certamen que se tardaba varias horas en recorrer y degustar. ¡Y ay Pepe Cañada que estaba en todos lados!…

Unas Ferias con gran organización y trabajo todo el año y que fue presentada en varios lugares con un video de 27 minutos, gran cantidad de carteles –en todas las carreteras se señalaba La Guancha-, pegatinas, camisas, recuerdos y como en los dos años anteriores un periódico gratuito de 48 páginas cuya publicidad servía para pagar los primeros gastos. En fin podría seguir aportando más datos incontestables pero lo más importante: La Guancha dejó de ser un pueblo desconocido, casi invisible, a ser un referente organizativo, a un lugar deseado y visitado.

¿Y cómo no hablar en este breve recorrido por la vida de nuestro pueblo del Instituto todo un referente de La Guancha a nivel regional e incluso nacional como lo acreditan todos sus premios? En el año 2007 publiqué “Algo más de 25 años” un libro de 325 páginas y gran cantidad de fotos y que es un resumen emocionado y preciso de alumnos, profesores y padres. Y ahí sigue para orgullo de todo un pueblo.

Y las fiestas. Este pregón es el pórtico, la puerta que se abre, pero que ya empezó con la tradicional Bajada de las Hayas, con sus 20 años a cuestas pues comenzó en 1998. Siguen siendo las fiestas el encuentro con familiares y amigos. Antes, después de la misa y la procesión del domingo de la Virgen de la Esperanza, llegaba el almuerzo con sopa de gallina de patio con ramita de hortelana, la carne de conejo también del patio y las papas bonitas como puños con el dorado vino en una botella para brindar. Bienvenidos a las fiestas.

Y como final, en estos minutos de prórroga, la noticia de tres penaltis: mi archivo, al igual que hice con la Banda de Música y Ayuntamiento, será donado a mi pueblo. Hay abundante material pues llevo cerca de 60 años, desde las Bodas de Plata del Casino en 1958, haciendo cosas aquí. Periodista siempre: el que más ha escrito de su propio lugar de nacimiento. Nunca he salido de este nido. Por mi trabajo en los periódicos. Yo un mago de La Guancha (y a mucha honra) fui el creador de las páginas del Norte y Sur de los diarios. Y allí durante largos años muchos reportajes, crónicas, entrevistas, reseñas, noticias… Por ello haré lo mismo que hice con la Banda el día 25 de enero de 2014 cuando entregué mi archivo al Ayuntamiento y al Patronato de la Banda de Música.

Y más aún si la vida me da tiempo, cabeza e ilusión me gustaría publicar  libros sobre “Los cuentos de la Guancha de Abajo” o  Las Ferias. Eso sí como coautor con Juan José Rodríguez que por ahí anda.

Dioses para cinco minutos. Autor: Carlos Salvador (Ed.Idea)

Y otro minuto de prórroga. Permitan que recuerde lo que escribió mi hijo Carlos Salvador, con 22 años, sobre el pueblo donde nació en uno de sus tres libros póstumos. El texto se encuentra en su libro “Retrato de un viejo prematuro” y resumo cosas de nuestro tiempo atmosférico:

“Es el verano tiempo propicio para no hacer. En el Tibet poco se caminan las calles. Sí, días de invierno en verano. Yo varias veces he propuesto a nuestro Dalai Lama impulsar una industria de “turismo de invierno en verano”, como oferta alternativa.

Todo es blanco: luz, niebla, casas, brumas, aire, gente. Es insoportable. Muchos enloquecen. Hay quien culpa al agua. Cuando asciendes la rampa de acceso desde la costa tendrás que despojarte de las gafas de sol. Debe ser demasiado pura el agua, tanto que mancha los dientes de amarillo. Su única playa está lejos y es un promontorio blanco al que nadie se acerca, sólo el viento. Una migaja. Al viento la gente le ve  el color blanco; dicen que el blanco es invisible. Pocos, como yo, no tenemos fe para verlo. Debe ser culpa de la vida.  

Ahora los días del Tibet mueren como el cisne, cantando. Se han ido aletargando entre soles de lo anodino y calmas de burro panzudo, con abeja que siempre se atreve a revolotear. Es un pueblo sin historia, y no tiene más futuro que el blanco de su frente. Nadie puede decir aquí que la luz es amarilla. Paisaje blanco sobre fondo dorado.”

Final. He aprendido a  ser guanchero universal – de todas las patrias y de todos los aires- y siempre a cuestas con la frase del poeta portugués Fernando Pessoa y lema de mi vida: “Pon todo lo que eres en lo mínimo que hagas”.

Cuenta saldada. Y nunca un punto y final sino siempre un abierto punto y seguido.

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