3.0 Opinion

Violencia, vergüenza y culpa

Cualquier momento del día o de la noche es bueno para decir basta y poner fin a una etapa de tu vida que hubieras deseado no vivir.

Raimunda de Peñaflor

Tiene la violencia machista, un terrible efecto colateral que consigue, además, de que se pueda perpetuar mucho más allá de lo que nos pueda parecer lógico. La vergüenza y la culpa que siente la mujer que padece durante años el desprecio y las agresiones físicas de su maltratador, son factores que se incluyen dentro del trastorno por Dependencia Emocional, que cimenta las relaciones tóxicas de pareja.

Quien, tras un tiempo más o menos prolongado o, lo que puede ser más trágico, debido a un episodio en el que se siente o se ve en peligro, decide dar el valiente paso de salir de dicha relación, a menudo se enfrenta con la incomprensión. Ésta puede venir de las personas más cercanas, su propia familia o sus amistades, que no consiguen entender que es lo que ocurren, lo que les lleva a negarlo o minimizarlo. Pero quizás lo más duro viene cuando la persona que ha estado sometida a vejaciones psicológicas o físicas, se enfrenta consigo misma.

Es ese momento íntimo en el que llega la culpa y la vergüenza por no haber sido consciente de lo que estaba ocurriendo, desde que empezó. En esta fase, paradójicamente, ya la persona esta iniciando el proceso de desapego. Y así debemos entender que se sienta avergonzada o culpable. Y nuestro papel, como profesionales de la salud mental, no es otro que mostrarle que era realmente poco lo que podía hacer. Que la estrategia de quien maltrata es muy compleja y elaborada. Y que desgraciadamente, cuenta con el apoyo -consciente o inconsciente-, del entorno.

Quien es víctima de violencia de género es tan culpable de lo que le ocurre como cualquier otra persona lo es de un trastorno psicológico o enfermedad que padezca. Es decir, cero.

La dependencia emocional es un trastorno psicológico que se comporta como una adicción. No nos damos cuenta de ella hasta que no somos capaces de controlarla o abandonarla. Y, lo que es peor, vivimos en una sociedad que sigue siendo cómplice de ella. Principalmente haciéndonos creer que no estamos completos hasta que no encontramos al “amor de nuestra vida”. Solo cambiando este punto de vista, y entendiendo que si no somos felices con nosotros estamos abonando el terreno a que otra persona se pueda aprovechar de la supuesta felicidad que nos da, no comenzaremos a cambiar nuestra forma de relacionarnos en pareja.

Nos queda un largo camino por recorrer par desmontar todo un entramado que sigue facilitando, incluso en nuestra sociedad occidental, la idea de que cuando comenzamos una relación de pareja, estamos adquiriendo un bien.

¡Incluso llegamos a decir que amar a alguien es “poseerlo”!

 

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