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Ofensiva militar contra los islamistas en el norte de Mozambique

Desde octubre de 2017, el norte de Mozambique, concretamente la provincia de Cabo Delgado, sufre los ataques del grupo terrorista de corte islamista Al Sunnah wa Jama’ah (que significaría: los que siguen la tradición del profeta). Desde finales de mayo sus actividades se han incrementado y más de 40 personas han sido asesinadas en distintos ataques. Muchas de ellas fueron decapitadas y cientos de hogares quemados, lo que ha originado la huida de ciento de personas de sus aldeas. La gente local llama a este grupo Al Shabab, los jóvenes, sin que esto signifique que tengan ninguna relación con los islamistas somalíes que sí portan ese nombre.

 

Cuestiones económicas, religiosas y de seguridad están detrás del surgimiento de este grupo. La  provincia de Cabo Delgado cuenta con 2,3 millones de personas, el 58% de las cuales son musulmanas. En la última década, se descubrieron en ella enormes depósitos de petróleo y gas (de hecho, las mayores reservas de gas al sur del Sahara), que son explotados por compañías extranjeras y que dejan pocos beneficios en la zona.

 

Los miembros de Al Sunnah wa Jama’ah son en su origen jóvenes marginados, prácticamente sin educación y desempleados. A ellos se han unido jóvenes migrantes que buscan una oportunidad en la vida, líderes religiosos educados fuera del país (especialmente en mezquitas wahabitas de Arabia Saudí y Sudán) y otras personas. Los expertos indican que el surgimiento de este grupo es muy similar a la de Boko Haram en el norte de Nigeria. Empezó como una secta religiosa para, luego, transformarse en un grupo armado. Al igual que los yihadistas del oeste, los mozambiqueños tienen como objetivo imponer la sharia, o ley islámica, de ahí su constante ataque a cualquier símbolo de la presencia del gobierno (como pueden ser las escuelas, el sistema de salud o la ley), pero todavía no se conoce que haya hecho ninguna reivindicación política.

 

Desde un primer momento, la respuesta del Gobierno mozambiqueño a este movimiento ha sido militar; de hecho, en las últimas semanas, las fuerzas de seguridad han intensificado sus operaciones en un intento decidido de poner fin a la insurrección. No han trascendido muchos detalles de esta operación, pero algunos medios locales hablan de que hubo fuertes combates a mitad de agosto con bombardeos desde helicópteros. Se han desplazado a la zona unidades de élite del ejército.

 

No cabe duda de que Maputo tiene prisa por poner fin a la rebelión para poner a salvo sus hidrocarburos y las inversiones que las compañías extranjeras han realizado y tienen prometido realizar en el futuro. Es posible que el uso de la fuerza ponga fin a este movimiento y restaure la paz a la zona, pero no terminará con el problema que está en la base de todo esto: con el descontento de la población, especialmente de los jóvenes que no encuentran trabajo ni oportunidades, que ven cómo toda la riqueza que almacena el subsuelo de su región sale de ella sin dejar nada a cambio. Es más, la ofensiva militar puede favorecer nuevas adhesiones al movimiento rebelde.

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