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Argelia y Francia ajustan cuentas

Ningún país parece ajeno a las complejidades que crea la revisión de su memoria histórica. En España es una cuestión que viene estando en el primer plano de la vida política desde hace bastantes años. La Historia, se repite con frecuencia, suele estar escrita por los vencedores en los conflictos y los beneficiados por el poder. Pero como fruto e interpretación de una parte de los hechos esa versión queda abierta a la polémica y la tendenciosidad, la revisión que sólo el trabajo de los historiadores y la perspectiva en el tiempo, la pueden clarificar.

El consenso que presidió la transición democrática en España no resolvió el problema, lo dejó latente y a pesar de las décadas transcurridas todavía continúa siendo motivo de permanente discusión y reivindicación. Lo estamos viendo estos días con el cambio de la nomenclatura de las calles en honor de los golpistas y partícipes en la Dictadura y, más recientemente, con la aprobación de la exhumación de los restos del general Franco del Valle de los Caídos. Muchas personas ya están hastiadas de este debate.

Y es lógico: se reabren heridas y reviven recuerdos trágicos que, aunque muchos se resistan a aceptarlo, es mejor que este obstáculo para la convivencia se resuelva de una vez por todas. Aunque dicen que el mal de muchos es el consuelo de los tantos quizás no sobre echar la vista alrededor y ver lo que ocurre en otros países. Ahora mismo, por ejemplo, son Francia y Argelia los que se hallan empeñados en ajustar las cuentes pendientes de la etapa de colonización y guerra por la independencia de los años cuarenta y cincuenta.

Entonces se cometieron muchas atrocidades por ambas partes, sobre todo por los militares franceses que llevaron a cabo auténticas masacres,  y los argelinos, que tenían la razón en sus reivindicaciones y consiguieron imponerlas, exigen a la antigua metrópoli continuas muestras de arrepentimiento y que les resarza por las víctimas y otros males causados durante aquella larga etapa. Entre los franceses, obviamente hay de todas las opiniones. Sobreviven bastantes defensores a ultranza de la colonia y por supuesto, de implicados en una guerra que resultaría inútil y vejatoria para el honor de su “grandeur” que quieren hacerse oír.

Pero las nuevas generaciones, empezando por las que se hallan en el poder, desean que la normalidad se imponga, que cuanto perturbe la relación se vaya olvidando y que los argelinos, además de recibir algunas complejas compensaciones, vean satisfecho su orgullo lo cual implica que dese París se reconozcan hechos escalofriantes, matanzas masivas y torturas sin límites, y que se clarifiquen responsabilidades como las que oculta la desaparición en 1957 del matemático  Maurice Audin, tras ser detenido por los militares y del que nada ha vuelto a saberse.

Los gobernantes franceses se resistieron mucho tiempo a reconocer que su actuación no ha sido digna de un país que tiene por divisas la libertad y la igualdad. Pero lo han hecho de diferentes formas y en diferentes modernos. Los cuatro últimos presidentes han coincidido en reconocerlo y borrar el mal recuerdo pidiendo perdón de manera más o menos velada, y no sin tener que aguantar la presión política y mediática de la extrema derecha nacionalista que considera que hacerlo es rebajarse.

Jacques Chirac fue el primero que en 2003 reconoció los errores en la tragedia y desde entonces sus sucesores, Nicolás Sarkozy y François Hollande, lo repitieron en diferentes oportunidades. Holande expresó que lo ocurrido había sido injusto, y repudió la violencia y la tortura empleados. Los argelinos escuchan con condescendencia tan repetidas muestras de arrepentimiento, pero sin darse plenamente satisfechos.  Detrás están bien reivindicaciones económicas y materiales. Macron ha reiterado las disculpas de sus predecesores y está dispuesto a afrontar el problema desde el fondo.

Tanto Macrón como las autoridades argelinas son conscientes de que mantener vivo el resquemor residual de aquella tragedia sólo sirve para empañar unas relaciones diplomáticas, culturales y económicas que tienen en la memoria anclado su futuro.

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