Africa 3.0

África-China, idilio polémico

La penetración china en África continúa aumentando, aunque quizás no tanto como la polémica que despierta. Está suponiendo sin duda un alivio importante para las economías de muchos países y una aportación considerable a su desarrollo económico. Pero los elogios que en principio despierta, enseguida se empañan cuando los analistas profundizan en sus aspectos más negativos.

China consolida con sus inversiones africanas su condición de segunda potencia mundial: además de ganarse el apoyo de una buena parte del Continente en su peso e influencia internacional, son muchos los beneficios materiales que obtiene como compensación. Para empezar, si sitúa de forma preferente en el mercado de las materias primas, que su propia industria y consumo necesita.

Estas argumentaciones se disipan ante el interés y cariño que las autoridades chinas están prodigando a los países y pueblos africanos. Hace poco el presidente Xi Jinping hizo una vista en la que ratificó la voluntad de incrementar las relaciones. Y para ratificarlo Pekín concedió otros 60.000 millones de dólares para el desarrollo y financiación de exportaciones. Paul Karamé, el presidente de Ruanda, dijo que “China brilla en África en pie de igualdad.

A esto habría que objetar que la influencia que China ejerce a través de las inversiones y de la deuda generada le permite compras de materias primas a precios más bajos además de garantizarse los suministros. Para muchos gobiernos africanos, la ayuda económica china en sus diferentes versiones es un alivio. Les libera de la dependencia tradicional de las antiguas potencias coloniales y les abre nuevos horizontes. Ningún otro país industrializado lo está haciendo con tanta decisión y constancia.

Sin embargo, las alertas económicas incluyen la dependencia que los africanos están adquiriendo con la deuda que van acumulando. Las haciendas públicas se están hipotecando con la agravante de que su comercio exterior se vuelva semi cautivo de un cliente si no exclusivo poco menos. El abandono en que tanto la Unión Europea   como los Estados Unidos han dejado a África es culpable, pero no sólo.

La impresión generalizada es que ante la desesperación que les generaba la falta de recursos, algunos gobiernos se han dejado influir por el señuelo chino que acudió en su socorro con millones en efectivo – en muchos casos como anticipo de compras – y grandes inversiones en infraestructuras que de otra forma serían imposibles. Todo con la consecuencia que empieza a vislumbrarse de estar asumiendo una dependencia excesiva.

Incluso se acusa a la influencia china de estarles limitando la soberanía que tanto les costó conseguir. Es lo que algunos han empezado a describir como la “tercera colonización de África”. En el fondo lo que está ocurriendo – argumentan los críticos – es que los países más beneficiados por el llamado idilio África-China están asumiendo el riesgo de estar entregando su futuro a una superpotencia que es la que se lleva la mayor tajada.

Pensar que en la política internacional la solidaridad es prioritaria es una ingenuidad. Como decía De Gaulle, un Estado no puede tener amigos. China invierte y mima a África porque le resulta doblemente rentable y los países africanos se agarran a esa cooperación porque no tienen otra alternativa. Otros países ricos deberían tomar nota.  Las consecuencias más preocupantes son a medio y largo plazo, aunque también hay algunas que ya se hacen notar.

Una es el incremento de la corrupción administrativa que está propiciando el flujo de dinero que tanto estimulan las inversiones y préstamos de China. No es el único mal que tan dadivosa ayuda crea. Otro es el programa de infraestructuras que se están construyendo. Mejoran las comunicaciones y estimulan el desarrollo lo cual es fundamental para que mejore el nivel de vida de la población. En cambio, contra lo que sería de desear, apenas está generando puestos de trabajo.

Tanto los proyectos como la ejecución de las grandes obras públicas que están en marcha son ejecutados por técnicos y trabajadores chinos que son trasladados y abastecidos desde China y ni siquiera consumen comida u otros productos locales. Por otra parte, reiteradamente se ha denunciado que las construcciones son muy deficientes, se utilizan materiales de mala calidad y en muchos casos no respetan el medio ambiente.

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