Africa 3.0

Pesca pirata y la conexión galega

¿Se han preocupado alguna vez de leer o mejor aún seguir el rastro de la información del pescado congelado que compran? Si lo hacen, es muy posible que les conduzca al atlántico sur y a Galicia. El haber trabajado en el sector y haber sido cómplice de las fechorías me convierten en exdelincuente de alta mar. La víctima se llama bacalao de profundidad para los chilenos, black hake en Sudáfrica o merluza negra para los españoles. El llamado oro blanco. Un bicho dentudo de casi dos metros cuyo hábitat es el gélido océano austral. Sí, algunos de esos medallones blancos de “merluza” que compran son el pulcro eslabón de en algunos casos un terrible entramado de ilegalidades.

 O´Mauro, por llamarle de alguna manera, es un patrón de altura vinculado a algún clan de armadores gallegos de dudoso honor. No sabe el dinero que tiene y de pescar de manera ilegal, conoce bien las autoridades de Indonesia, Tailandia y Australia. Con lo que le pagan los chinos, le renta que le pillen. Lo conocí en Walvis Bay; principal puerto pesquero de Namibia. La fría corriente austral de Benguela que trepa paralela a su costa es un rio de nutrientes y eso significa caladeros ricos en especies comerciales.

La fachada atlántica e índica de Africa, a excepción de Sudáfrica, tradicionalmente ha sido esquilmada por españoles, portugueses y rusos. La carencia de medios de los estados ribereños para vigilar sus Zonas Económicas Exclusivas (ZEE) supuso el paraíso de la pesca furtiva y de eso saben mucho galegos y vascos; que me lo nieguen. Tan ricos son los caladeros namibios que las más famosas empresas españolas del sector tienen allí sucursales y filiales.

Violando incontables veces los protocolos de la CCAMLR (Comission for the conservation of Antartic Marine Living Resources), O´Mauro pescaba para él y también para los chinos. Descargaba y hacia pertrechos en Durban o Port Louis, en Isla Mauricio. No sé si su pesquero estaba en la lista negra, pero cuando un barco tiene el nombre varias veces limado, algo huele mal en sus bodegas. En la popa ondeaba la bandera de Sao Tome e Príncipe y una de repuesto de Comoras, que es algo así como pedir un certificado de virginidad a una ramera. Un par de trapos salados. Doce meses de pesca eran rentas para dos años echado y si el tema en lo legal se ponía feo, desaparecía. A Durban no pudo volver bajo riesgo de ser apresado, así que descargaba en Port Louis, que hasta hace dos tardes era el almacén donde los chinos guardaban su pescado ilegal para re-embalarlo, re-etiquetarlo y darle un lavado legal antes de sacarlo al mercado. Historias similares ocurren con la sobrepesca de langostino en Angola, de cefalópodos en Mauritania por parte de los “respetuosos” holandeses o la sobrepesca del pez espada en el Golfo de Guinea y off Somalia donde los atuneros vascos se han hecho de oro y no pagan un chelín en impuestos pues el pescado se transborda en alta mar a frigoríficos que arrumban a Rotterdam o Vigo. Recuerdan al Alakrana, aquel atunero vasco apresado por los piratas somalíes, que por cierto ondeaba una ikurriña y una bandera del Athletic mientras pescaba sin licencia en la Zona marítima exclusiva de Somalia y cuyo rescate lo pagó España, a un buque que no ondeaba enseña nacional, pues representa un buen ejemplo de la pesca pirata industrial.

La pesca ilegal, en términos ya no de artes usadas sino de vedas y paros biológicos, ha destruido numerosos ecosistemas africanos; arruinando a la par el lecho marino y la forma de subsistencia de comunidades locales cuyo sustento era una pesca artesanal y sostenible. No quiero recordar el nombre del barco herrumbiento de O´Mauro, pero si les hablaré algo del Thunder; quizás el más célebre de los pesqueros piratas que han deambulado en el sur del mundo con armador y tripulación española.

El Thunder se hizo célebre por ser la principal presa que buscaban los chicos de Sea Shepherd, una especie de Greenpeace exclusivamente del mar y que incluso tuvo una serie de tv bajo el seudónimo de Whale wars en la que se hostigaban a los balleneros nipones en el antártico. La relación del barco con la Mafia gallega de la pesca ha sido probada por varias investigaciones entre la que destaca la que se revela en el libro Catching the Thunder.

El arrastrero fue habitual de muchos puertos africanos donde descargaba las capturas pescadas de manera ilegal en el atlántico sur. Estuvo registrado en Guinea Ecuatorial y Togo. Registros opacos que bordean lo ilegal donde los armadores de la pesca furtiva abanderan sus barcos. La bandera mercante de Guinea ecuatorial es administrada desde Chipre y Miami; suena fatal y huele a pescado podrido. La lista Lloyd´s, principal registro de la flota mercante mundial, recoge un mínimo de cuarenta pesqueros con documentación de Guinea ecuatorial de dudosa legalidad. Una flota que si bien es legal pues navega bajo pabellón guineano, faena de manera irregular al amparo de una bandera a la que pedirle explicaciones y legalidad es un acto en vano. Y todo este rastro de irregularidades nos conduce al pesquero Kunlun que en el año 2004 se registró en Malabo y que después sería rebautizado como Thunder. Su historia es una entre muchas. Un ejemplo del proceder de armadores sin escrúpulos que buscan enriquecerse faenando de manera ilegal, sin respetar ni cuotas ni paros biológicos y cuyas tripulaciones, a menudo son cómplices de la fechoría. Acorralado en lo legal y ondeando bandera nigeriana, la tripulación hundió El Thunder en aguas del Golfo de Guinea en condiciones aun por esclarecer cuando el país de registro ya le había retirado su nacionalidad. Un final que huele a pescado en descomposición.

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