Cultura

Los trece de Fuencaliente… que ni eran trece ni de Fuencaliente

En la obra de Antonio Tabares, La sombra de don Alonso, se trata del tremendo impacto que la Guerra Civil supuso para las Islas Canarias, y para La Palma en especial. Historias, como la conocida por la de Los trece de Fuencaliente, quedan ya en la memoria de los palmeros.

Hablar de la Guerra Civil en La Palma es hablar de ‘Los trece de Fuencaliente’, la única fosa común hallada y excavada. Ha si se mantuvo desde siempre y hasta hace muy poco, cuando los restos exhumados y analizados ofrecieron otros datos distintos a los que se habían tenido por ciertos.

La fosa se encuentra en el pino del consuelo, así se llamó al lugar donde fueron ejecutados y enterrados muchos de los represaliados de La Palma. El enclave no es fruto del capricho ni tiene que ver con la procedencia de las víctimas. Se sitúa en el cono sur de la isla, en el punto de inflexión entre las comarcas este y oeste. Y es esa la razón. En aquel tiempo no existía la actual vía que atraviesa La Cumbre que divide la isla en dos comarcas. El túnel no fue una realidad hasta mediados de los años sesenta. Por lo tanto, Fuencaliente era la única comunicación por carretera entre un lado y otro de la isla. Un enclave estratégico para hacer desaparecer a los represaliados arrestados en cualquiera de las zonas de la isla, además de un lugar apartado y, entonces, discreto.

Pudo ser el remordimiento o la imperiosa necesidad de reconciliarse con sus recuerdos en el último instante cuando se desveló lo que guardaba el pino del consuelo. Fue en el año 1993 que la familia Rodríguez Bethancourt acudió a una abogada para compartir el testimonio que les acababa de ser transmitido. En su lecho de muerte, uno de los familiares confesó el lugar en el que se encontraba una fosa común. Fue muy escrupuloso a la hora de dar los detalles. Estuvo presente en la ejecución y había guardado el secreto durante más de medio siglo.

La abogada en cuestión resultó ser la cronista e historiadora María Victoria Hernández, que reconoce emocionarse aún hoy con el relato. Se puso en conocimiento de los Juzgados de Los Llanos de Aridane que ordenaron la exhumación de los restos. La casualidad quiso que coincidiera con un fin de semana y la paciencia de la familia Rodríguez Bethancourt no contemplaba la espera. Así que se pusieron a excavar por su cuenta aún incumpliendo las directrices marcadas por el Juzgado. “Me llamaron para decirme, lo hemos encontrado”, relata María Victoria Hernández que, de inmediato, se puso en contacto con el Juzgado para dar noticia y asumir, si así correspondía, las consecuencias de la imprudencia. No las hubo. Cuenta la historiadora que, muy al contrario, se dispusieron de todos los elementos necesarios y fue el propio Juzgado quien asumió todos los costes.

El lunes la Guardia Civil comenzó con las excavaciones. “Hicieron un trabajo excepcional, muy delicado”, cuenta la cronista que estuvo presente en las labores de exhumación. El 7 de mayo de 1994 apareció el primer cuerpo. Era la primera fosa de la Guerra Civil que  se excavaba en España con autorización judicial. Poco a poco irían apareciendo otros cuatro cuerpos. Se le entrecorta la voz  cuando recuerda cómo uno de los familiares tomó un cráneo, lo abrazó contra su pecho y dijo “este es papá”.  Los restos fueron enviados al Instituto Anatómico Forense donde se realizaron, entre otras, las pruebas de ADN que relacionaron los restos con los familiares que los reclamaban. Fue entonces cuando se advirtió que las identidades de los allí enterrados no coinciden plenamente con los relatos de la época.

Fue necesario esperar hasta  el año 2007 para que aparecieran los restos de otros ocho cuerpos, hasta completar los trece de Fuencaliente. Pero, según explica María Victoria Hernández, “procedían de distintos lugares de la isla”, eran detenidos y llevados allí para ser ejecutados y enterrados. Pero hubo más. Algunos huyeron otros, simplemente, se esfumaron y cifra en más de medio centenar el número de personas que aún quedan por desvelar lo que fue de ellas.

Los relatos, transmitidos de una generación a otra, pueden verse tergiversados. Sin intención, sin malicia ni pretensiones. Sencillamente por el tiempo transcurrido. Los trece de Fuencaliente no eran de Fuencaliente. Pero fue allí donde les dieron fin a sus vidas, fue el último paraje que vieron, el último aire que respiraron antes de cercenar sus vidas por pensar diferente. Y fueron más de trece, muchos más, los que siguieron la misma suerte o cualquier otra que los llevó a ocultares primero, a huir después. A desaparecer en definitiva. Cuenta María Victoria Hernández que, en algunos casos, los cuerpos fueron arrojados al mar donde desaparecieron para siempre.

¿Quiénes fueron los trece de Fuencaliente?

Tras la llegada del cañonero Canalejas quienes se opusieron al golpe de Estado durante aquellos primeros días se vieron obligados a huir. Unos permanecieron a las afueras de Santa Cruz de La Palma, otros continuaron hacia el norte. Entre Puntallana y San Andrés y Sauces hallaron cobijo en cuevas y barrancos. Carentes de recursos, fueron ayudados por familiares o pastores que les hacían llegar agua y alimentos. Estos serían también perseguidos por colaborar con los alzados.   El historiador Salvador González Vázquez aporta algunas de las identidades de los alzados. Víctor Ferraz, Miguel Hernández, Floreal Rodríguez y Francisco Brito, directivos de la Federación de Trabajadores. Estaban convencidos de que la sublevación sería algo temporal, sin embargo, con el transcurrir de los días y el avance de las tropas afines al golpe, continuaron su huida hacia el municipio de Garafía, al norte de la isla. Una veintena de alzados vivieron durante meses en los abruptos paisajes del norte de La Palma. La suerte o el azar quiso que aquel invierno se recordara como uno de los más fríos y lluviosos dificultando aún más las condiciones de los perseguidos que se veían cercados por la Guardia Civil, la Falange y Acción Ciudadana que habían puesto bajo vigilancia a quienes consideraban que, de algún modo, pudieran estar cooperando con los alzados. En algún momento los siguieron hasta el lugar donde se escondían cuando les llevaban provisiones. Sintiéndose vigilados, algunos de los colaboradores se unieron a los perseguidos convirtiéndose de hecho en nuevos alzados.  Los cuatro dirigentes de la Federación de Trabajadores pronto sumaron nuevos miembros hasta llegar a la decena. A mediados del mes de enero de 1937 una patrulla que vigilaba los movimientos de los colaboracionistas, sorprendió a los alzados en la cueva del El Roque de la Calabaza. Francisco Brito y Antonio Pérez logran huir “descolgándose por un precipicio que había en la parte trasera de la gruta”, relata González Vázquez, sus diez compañeros fueron capturados y trasladados a la ermita de Las Nieves y de allí fueron conducidos a los calabozos del cuartel de San Francisco. En los días sucesivos la Guardia Civil continuó con las detenciones, dos pastores de Puntallana y un joven campesino de diecisiete años en Villa de Mazo acusados de colaborar con los alzados. “El grupo de los trece estaba reunido”.

En la sentencia que habría de decidir su final, se expresaba la necesidad de “fijar las sanciones con saludable severidad” para erradicar el fenómeno de los alzados y sus colaboradores. Así, se pretendía castigar y disuadir a un mismo tiempo. Dictada la sentencia, un primer grupo fue trasladado a Fuencaliente “fuertemente atados a la baranda de un camión”.  La noche siguiente elr esto del grupo seguiría la misma suerte. Los trece de Fuencaliente fueron parte del medio centenar de personas que se calcula fueron ejecutadas clandestinamente en La Palma entre octubre de 1936 y junio de 1937.

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