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Elecciones en los montes Mandara

La mayoría de los jóvenes no pudieron votar porque no tienen carta de identidad. Conseguir este documento se ha convertido en una tarea titánica. Solo muy pocos lo logran. Para ello hay que tener, primero, el acta de nacimiento, pero en una zona donde no existen hospitales, donde las mujeres dan a luz en sus hogares y no tienen medios para registrar a sus hijos, ¿cómo conseguirla? El proceso para ello es largo y caro. Algunos lo superan y, entonces, les queda la segunda parte, presentar los papeles para que les den el carné de identidad. Son muy pocos los que llegan al final. Por eso, aquí, en los montes Mandara, en el Extremo Norte de Camerún, frontera con Nigeria, la inmensa mayoría de los jóvenes no votan. Su voz, sus reivindicaciones, sus deseos de que las cosas sean distintas no se escuchan.

Antes de la llegada del grupo Boko Haram a esta zona, las cosas eran más fáciles. Bastaba con que el jefe del pueblo se presentase con un grupo de personas ante el sub-prefecto y acreditase que habían nacido allí, para que la autoridad extendiese los documentos. Los yihadistas y el miedo y la desconfianza que provocan han complicado las cosas.

La mayoría de los jóvenes que consiguieron los papeles antes de 2014, cuando aparecieron los terroristas y las cosas cambiaron, han emigrado a las grandes ciudades del sur del país en busca de trabajo. Así, que tampoco han votado por no estar presentes en sus aldeas cuando debían registrarse para hacerlo.

Al final, en esta zona solo votan los más mayores, los que parece que no quieren que las cosas cambien. Ellos piensan que si se mantienen fieles al partido en el poder, algún día su fidelidad se verá recompensada. Se quejan de la falta de infraestructuras que viven sus aldeas: malas carreteras, escasez de agua, ausencia de centros de salud, insuficientes escuelas, la inseguridad, el desempleo de los más jóvenes… Dicen estar hartos de elevar sus quejas a las autoridades y de que nada cambie, de escuchar las mismas promesas una y otra vez y que nunca se cumplan. Pero votan por los de siempre, por Paul Biya y su partido.

¿Y las mujeres? Cuando se las confrontan confiesan que nunca pensaron que una votación sirviera para cambiar las cosas, que si votasen a otro partido, a lo mejor, su situación cambiaría. “Nosotras hacemos los que los hombres nos ordenan”, confiesan. Para ellas, las campañas electorales son una ocasión para conseguir algunas camisetas y algo de sal y jabón que los secuaces del partido en el poder reparten entre los votantes para asegurarse, una vez más, su fidelidad.

“Cuando se carece de todo”, comenta uno de los jóvenes de la zona, “cuando se sabe que a pesar de las muchas promesas hechas, tras las elecciones nada va a cambiar, las personas se aferran a esos pequeños regalos: camisetas, jabón, sal y, a veces, algo de dinero, en el caso de jefes y ancianos. Saben que es lo único que sacarán de provecho de la campaña electoral”.

“Así es como los políticos se aprovechan de la ignorancia del pueblo para mantenerse en el poder. Impiden votar a los que podrían echarlos de sus puestos y compran con baratijas al resto. Mientras no despertemos nada va a cambiar para nuestra gente”, afirma otro.

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