3.0 Opinion

Invasión y recurso

El Mainstream, o la corriente económica más convencional, sostiene desde hace muchos años que existen “fallos de mercado” que deben ser corregidos por la intervención pública. La gracia está en que esos mismos teóricos jamás reparan en los “fallos del estado”, mucho menos si lo que se pretende es corregir aquellos reales o presuntos errores de mercado. Ante la evidencia, normalmente nos presentan argumentos del tipo “no hemos intervenido lo suficiente” o “la próxima vez debemos ser más ambiciosos”.

Uno de los más repetidos fallos de mercado son las externalidades, básicamente las negativas. Son costes de cualquier actividad que afectan a quienes no participan en la misma, con lo que no están reflejados en el precio de mercado, de lo que se deduce que los costes privados son inferiores a los costes sociales. Esto justificaría la acción política, para ajustar ambos costes -los sociales y los privados- o, como diría un economista, internalizar la externalidad. Está tan extendida esta idea que pocos se atreven a contrariarla. Mises, el gran economista austriaco, creía que intervenir ante un fallo de mercado impedía una solución desde el mismo mercado, porque todo fallo lleva implícito un mensaje de aviso a los empresarios más perspicaces para que puedan obtener una ganancia de esa situación [mala] de partida. Ronald Coase, economista que obtuvo el Premio Nobel, desafió la teoría convencional y sugirió que no todas las externalidades pueden ser fallos de mercado, más bien pueden ser producto de un marco institucional insuficientemente cuidadoso con los derechos de propiedad. Es cierto que a Coase se le puede discutir su jerarquía a la hora de defender con ahínco todos los derechos de propiedad pero su argumento es mucho más elegante que el que proponen la gran mayoría de los economistas, al menos desde Pigou hasta nuestros días.

El congreso que se va a celebrar en La Laguna los próximos días 10 y 11 de enero sobre “Turismo: invasión o recurso”, organizado por la Viceconsejería de Medio Ambiente y el Observatorio del Paisaje en Canarias, bajo la dirección del distinguido arquitecto Juan Manuel Palerm, intentará reflexionar sobre el particular, con tan llamativo título en tiempos de gentrificación y ataques indiscriminados al turismo. De la misma forma que existen en la teoría económica externalidades negativas, están también las positivas en las que los beneficios sociales, aquellos que no participan en la actividad directamente pero se benefician, son equiparables a los privados. El turismo es de una complejidad bárbara y en franco crecimiento hasta el punto de que existen más de mil ochocientos millones de turistas en el mundo. Tenemos la suerte de ser una comunidad que, con carencias de todo tipo, hemos desarrollado una serie de habilidades que nos convierten en un destino muy apreciado, con la particularidad que acogemos de forma amable a personas de toda condición, desde los que ahorran todo el año para desplazarse y pasar unos días de asueto con apenas unos euros en el bolsillo, hasta aquellos otros que pueden disfrutar de una planta hotelera de playa sin parangón en Europa. Es una de las consecuencias de ser un destino de masas, pese a que muchas veces el pensamiento mágico concluye que estaríamos mucho mejor con la mitad de turistas que gastasen el doble de lo que hacen en la actualidad. Confundir deseos con realidad es siempre una medida que conduce a la melancolía y no parece que esto sea algo al alcance de la mano. Esos mismos creyentes en unicornios no explican la razón para conformarnos con su planteamiento, en realidad, sería mucho mejor reducir el número a un 25% mientras multiplicamos por cuatro su gasto. Y así hasta la reducción al absurdo, al menos del mismo tipo de esos enunciados voluntaristas que pasan por alto que un destino ofrece aquello que sus clientes demandan y por lo que están dispuestos a pagar.

Nadie niega las implicaciones del turismo en nuestra geografía, desde el paisaje hasta las infraestructuras, desde las relaciones sociales hasta los recursos que se consumen. Pero sabemos igualmente cuales son las aportaciones que hace esa industria que nos permite ser líderes: el 29,9% de los ocupados en Canarias lo están en ese sector, por cada 100 empleos directos que se crean, hay otros 69 que surgen en empresas auxiliares, es el 35,2% del PIB en las islas y aporta el 34,4% de los impuestos que se recaudan.

Reflexionar sobre el turismo es buena cosa porque durante muchos años no fuimos los canarios los protagonistas de su desarrollo e impulso. Algo que puede ser revertido y cada vez son más, afortunadamente, los empresarios que participan con decisión en su evolución. Pero, no cometamos errores tan caros al pensamiento dizque progresista, donde se sataniza la actividad, se castiga al empresario y se pretende imponer o aumentar impuestos o tasas. Todo demasiado ensayado para desconocer sus efectos.

Respetemos los derechos de propiedad al estilo de Coase. Pensemos en las soluciones de mercado -siempre que sus costes no sean prohibitivos para que puedan producirse acuerdos voluntarios entre particulares- que tan atinadamente observara Mises. Pero sobre todo, pese -o precisamente por- la presencia de muchos políticos en estos debates, no concluyamos que estas intervenciones que sugieren los defensores del estado y las soluciones políticas se dan con un consenso unánime entre la sociedad. Hagamos caso a aquello que sostenía acertadamente otro Premio Nobel, James Buchanan, junto con Gordon Tullock: “la existencia de efectos externos de la conducta privada no es una condición necesaria ni suficiente para que una actividad caiga bajo el ámbito de la elección colectiva”. Y es que, por si no hemos reparado todavía en ello, todo es manifiestamente susceptible de empeorar.

*Antonio Salazar es director y editor de La Gaveta Económica

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