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Marruecos reacciona contra el yihadismo

El asesinato de dos jóvenes turistas de Dinamarca y Noruega en un pueblo apartado del Atlas ha puesto de nuevo en alerta a las autoridades marroquíes sobre el peligro yihadista que empezaba a parecer olvidado. Cuatro sospechosos, encabezados por el fanático Abderrahim Khayali, fueron detenidos con cuatro sospechosos más y por lo menos otra docena de personas, todas vinculadas a los grupos salafistas – fundamentalistas del Islám – permanecen arrestadas y sus entornos investigados.

En la triste historia reciente del terrorismo yihadista, Marruecos está tenido un poco deseable y continuado protagonismo. El país ya sufrió dos de los atentados más sangrientos entre los muchos que integran la dramática lista: en Casablanca, con 31 muertos, y en Marrakech, con 17. Y en varios más, perpetrados en diferentes ciudades como Nueva York, Londres, Madrid, París, etcétera, la intervención directa o indirecta de marroquíes fue frecuente.

En el propio Marruecos también se han producido más atentados de menor impacto y repercusión en los medios, que los conocidos. En los últimos meses hay referencias de seis que los medios de comunicación o silenciaron o difundieron, pero sin concederle relieve. A menudo se les ha disfrazado de delincuencia común. El caso de las turistas nórdicas, si ha tenido una gran repercusión tanto dentro como fuera del país. Incluso han circulado imágenes terribles de la decapitación de una que no pueden dejar insensible a nadie. Un video espeluznante lo muestra.

Se trata de un atentado que pone de relieve el fanatismo de sus autores y refleja la capacidad que los ideólogos de esta locura tienen para convencer y captar militantes. El principal acusado, Khayali, de treinta y tres años, trabajaba como técnico de mantenimiento de un hotel y dejó el puesto alegando que no podía colaborar con quienes servían alcohol a los clientes. Desde entonces sus actitudes se fueron radicalizando: juró lealtad al kalifa del llamado Estado Islámico y su comportamiento se fue radicalizando.

Vivía en Al Azzouzia, un barrio marginal de Marrakech donde el yihadismo cuenta tradicionalmente con muchos seguidores. Otros dos de los detenidos por haber participado en los asesinatos también eran nativos de allí. Khayali se dejó crecer la barba, se vistió con una ropa talar blanca y desde entonces se negó a darle la mano a las mujeres. La impresión general es que las dos turistas fueron asesinadas por el odio que despertaron cuando hacían senderismo en un estudio sobre la naturaleza.

Marruecos cuenta con buenos servicios de policía que en los últimos días han intensificado la caza del terrorista potencial.  Pero no es fácil. La creencia es que existen más focos de adoctrinamiento con decenas de fanáticos con el cerebro lavado y listos para agredir e inmolarse inquieta. Aunque la opinión pública generalizada está en contra del yihadismo, son muchos los jóvenes que se dejan atrapar en sus redes. La situación social y económica del país es propicia para que cunda el malestar.

Escasea el trabajo, los salarios son muy bajos, el coste de la vida ha aumentado de manera alarmante y las nuevas generaciones sienten que no tienen futuro. La perspectiva de la emigración a Europa tienta a muchas personas que tampoco consiguen alcanzar ese objetivo. La idea de conseguir la democracia, tradicional sueño de la juventud, se ha venido apagando con la frustración que dejan las restricciones a las libertades básicas.

En este ambiente, las ideas extremas del salafismo, que igual prometen venganza y compensación en el más allá, prenden con facilidad. Entre ciertos sectores de la población joven, la militancia yihadista es lo más novedoso, lo único que les brinda la perspectiva de un cambio de la realidad a la utopía ante lo cual acaban convencidos de que no hay límites en el comportamiento. Para Marruecos  ha sido un duro golpe, sí: hechos como este causan gran daño al turismo, una de sus fuentes económicas.

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