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G-Astronomía: apuntes estelares ante el cambio de guarismo

Por pura necesidad –cómo tenía que ser aquello- nuestros antecesores “razonaron” de que tenían que guardar algo de coordinación, consonancia o lo que fuera aquello de sobrevivir a lo que marcaba el firmamento, los puntos luminosos. El sol y la luna, la forma en que se dibujaban algunas pistas estelares. Tránsito de las estaciones (como nosotros de forma inminente entre guarismos 2018-2019) y frente a una naturaleza implacable y selectiva.

Es evidente que una supervivencia, en primera instancia, basada en el alimento y después en otras necesidades básicas. Si fallaba la primera de nada servía el resto. Y las estrellas ahí nada tenían que aportar pero sí que inspirar.

Esferificaciones

Tanto es así que los alimentos y la bebida (esas que surgieron de la fermentación espontánea y hoy tan de moda) también fueron inherentes de las distintas culturas funerarias. Había que prepararse, también con “viandas” para el viaje al más allá.

Ese más allá, para algunas culturas, estaba sin duda en los confines de la Vía Láctea, que por cierto toma el nombre de otro elemento en el que se basa la nutrición del ser humano. Pdemos visualizar en este artículo-reflexión al neanderthal masticando, recobrando energía (la digestión es desarrollo de energía, no lo olvidemos). Un sustento que asimilaba mientras probablemente observaba con curiosidad los dibujos estelares.

Cocina con flores

Destellos –también el del fuego, el primer “wassap” de la historia- que se convertirían en deidades y dioses de las mitologías posteriores en las que, por cierto, no se ahorraría en bacanales gastronómicas.

Hubo un tiempo en que no había tiempo para sacar conclusiones de ese cielo, acerca de qué había más allá, pues lo primero era lo primero: cazar, alimentarse, resguardarse. En la especialización y los usos heredados, por ahí entre esos entresijos de la Humanidad estuvo aquel que perseguía mejores prestaciones a los bocados: el dominio del fuego, de la “cocina”. Hacerlos más placenteros.

Aquellos que quizá llegaran a exclamar: ¡Qué bueno el mamut! Refiriéndose al “desgarro” cárnico del mastodonte pasado por las “brasas”. Ya entonces alguno animaba al clan a pasar el sustento por las brazas y su nieto, que también observaba las estrellas, sugería más este tipo de leña que estos otros.

Me asaltan algunos de los encuadres de la pel´cula “2001: odisea en el espacio”, del gran Stanley Kubrick. Si algunos de aquellos ancestros miraran hoy, por ejemplo, las tapas a las que hace un tiempo el chef chicharrero-argentino Diego Schattenhofer hizo levitar ante miradas incrédulas de comensales y en congresos internacionales.

De las constelaciones y galaxias que eran bautizadas y veneradas por la humanidad en sus inicios, a las primeras misiones espaciales, en los años sesenta, en las que el menú de los astronautas no era ni apetecible ni cómodo. Se nutrían con geles o polvos nutritivos deshidratados que recuperaban su forma y sabor al entrar en contacto con agua.

Liofilización, irradiación o deconstrucción, enarboladas por chefs punteros en sus restaurantes, son viejas conocidas de los investigadores de la NASA encargados de preparar la comida apta para consumir en el espacio y que hace algún tiempo fueron expuestas en el congreso Madrid Fusión.

Símil, muchos siglos antes, con las plantas silvestres, asilvestradas, clasificadas, «domesticadas»,… ya no se podía ser exclusivamente cazador, había que recolectar. La neofofia y la neofilia a veces separó a grupos: unos, ni por asomo, probarían alimentos más allá de los conocidos; otros lo consideraban fundamental para la evolución básica (estaba claro que también el placer); algunos lo pagaron con la vida, intoxicados, envenenados.

Algunos chamanes (cocineros) aplacaban los amargores de las hierbas, las estridencias y el hombre miraba a la cúpula celeste, suspiraba y apreciaba con satisfacción una pieza de caza “adobada” más “selecta” de la que engulleron sus antecesores.

Precisamente de la etapa de la humanidad en la que va cobrando forma la especialización de los cazadores-recolectores, la distribución de labores en el grupo permite a algunos, en lapsos de tiempo, constatar todos los ciclos que se producen en torno a la propia tierra que se pisa, atribuyéndoles connotaciones astronómicas. Quizá los ancianos (notables en épocas remotas y no tanto) podían transmitir a los jóvenes algunos vaticinios oteando las señales y cómo germinaban los frutos que aprendieron a entender y cultivar.

El cielo y sus señales indicaban qué época era la más idónea para sembrar. Las órdenes de monjes y frailes que elegían abadías recónditas acumularon saberes y técnicas que finalmente se diseminaron hacia el globo terráqueo. En Reims, los religiosos, inventores de los cultivos biodinámicos, extrajeron la doble fermentación con azúcares y levaduras para dar con el champán, que se atenía a ciclos que marcaban las estaciones y su repercusión en el crecimiento y maduración de la vid.

Marco Polo oteaba el horizonte y regresaba con especias. Cristóbal Colón escrutaba las estrellas y retornaba con papas, tomates y maíz. Hoy, el ciudadano y sus prosas acopiamos alimentos de cuarta y quinta gama, vistosamente embalados en los lineales de las grandes superficies.

Curiosamente, nos deja más tiempo para nuestra evolución como especie y, en cambio, apenas miramos el cielo. Tanto es así que aparecerán diáfanas ante nuestros ojos en… la aplicación del móvil. Para evitar el aburrimiento, también era importante proceder a conseguir variedad en el menú espacial. El pollo «fiesta», las tortitas de maíz o el cóctel de gambas con salsa picante, además de bebidas energéticas y café instantáneo.

Se sigue estudiando crear un suelo artificial fértil en un pequeño invernadero y un huerto particular donde los propios astronautas podrían cultivar alimentos que broten fácilmente como papas, tomates, soja o lechuga. Verduras asadas, arroz con pollo, espaguetis, filete de ternera o cóctel de gambas, platos corrientes en tierra firme fueron «reinterpretados» mediante la innovación culinaria para servir como aportes «más divertidos» para los astronautas de la Estación Espacial Internacional.

Una vez allí arriba, se conserva todo gracias a sistemas térmicos, de refrigeración o de irradiación, en embalajes que cumplen con las exigencias de salubridad y de escasez de espacio. Con muy buenos ojos se habría visto en la cultura egipcia para dejar a sus finados alimentos con los que afrontar el tránsito al otro mundo. Curiosamente, alimentos y bebidas que interpretadas nos sirven para celebrar el paso de 2018 a 2019.  Nosotros incluso masticando 12 uvas (el que puede).

Comer, había que comer. Y beber. El hombre nunca dejó de mirar al cielo: a la estela de la Vía Láctea, a los conjuntos de luceros que recibieron sugerentes nombre para luego imbricarse en la vida cotidiana y el misticismo… y las cosas de comer.

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