Africa 3.0

La concubina

Con ya una década de enseñanza universitaria por el retrovisor se me cimenta el principio de que un sumatorio de anécdotas decantan el delta que desemboca al conocimiento general de un algo y, análogamente en convencimiento, me voy a la cama seducido bajo la premisa que el grado de puritanismo y prejuicio de una sociedad es directamente proporcional al escándalo que sus alcobas esconden; pero no escribo [yo]  para moralinas; para eso hay ya muchos Coelhos y filósofos de mesa de noche.

Tener una relación sentimental con Sudafrica genera un sinfín de estadios emocionales hilvanados entorno a su estupenda y cruel salud racial donde el negro sigue siendo negro en su peor acepción. La tierra ocre me improvisa tanto por contar que a menudo no sé cómo destilarlo y mejor a goteo que no a garrafón.

María Mouton no nació en Africa pero les puedo asegurar que eso bien poco importa. Su vida, la de una mujer anónima rescatada de un polvoriento archivo provincial de la colonia de El Cabo, escenifica como las debilidades carnales o los amoríos pueden poner en jaque a una sociedad precaria en lo emocional ergo frágil y miedosa. Y en este país bien lo sabemos.

La vida de María es la de una chiquilla que nacida en Flandes se vio desterrada a lo que aún no era Sudáfrica pero si el fin del mundo. Su padre, analfabeto y fornicador convulsivo, le dio tantas hermanastras como conejos criaba en su granja. También intentaba leer el Antiguo Testamento; supongo que por compensar…

Aunque los tiempos han cambiado desde la llegada de los primeros europeos allá por un 1652, lo cierto es que la estructura social de Africa del Sur sigue hilvanada entorno a la concepción de pueblo elegido por dios, el habla afrikaans que no es otra cosa sino la corrupción del holandés, la familia, incluidos los bastardos, y la religión. Afrikáners, una biblia y un rifle, la tribu blanca cocida al sol de la soledad y el temor por lo desconocido. Nada nuevo en el género humano; ¿y acaso no fueron esas las vergüenzas de los extremeños en tierra de Yndias?

A los pocos años de que su padre hubiera llegado al Cabo de Buena Esperanza a plantar vides y se convirtiera en lo que después serían los boers, granjeros fronterizos sin afeitar y de muy mal carácter, María se casaría novicia. La guayaba madura no se aleja del árbol y enviudó de la misma manera que su padre lo hizo con anterioridad. Enamorada en secreto de uno de los esclavos bushmen [negros] de su marido, se entregó a este cual concubina. Un salto de fe inabarcable para una sociedad cuyo angosto pasillo mental poco o nada permitía allende del matrimonio de dios. Nunca mejor dicho, un escándalo de proporciones bíblicas para una sociedad frígida en la calle que escondía lo variable de su moral bajo las capas de unas enaguas de intachable conducta. Mejor no airearlas.

María, acusada de adulterio, fornicación y asesinato de su [buen] marido, se convertiría en la primera blanca ejecutada en Ciudad del Cabo en una especie de garrote vil. Por ser blanca y cristiana, el tribunal fue benévolo y no maquilló su curva nariz de Flandes en betún y la decapitó en un poste cual advertencia para futuras correrías. Prefacio de su muerte, aseveró [esta] al tribunal sentirse enamorada y sierva de un negro; algo demasiado complicado incluso en la cosmopolita Sudáfrica de hoy. Historias anónimas que nos recuerdan que de alguna manera todas las sociedades tienen un hilo común. Y de lo que le hicieron al moreno, mejor les ahorro la narración…o por privado.

CENTRO DE ESTUDIOS AFRICANOS DE LA ULL

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