América

Las sillas vacías de la Navidad caraqueña

Las sillas vacías fueron las protagonistas de las fiestas de Navidad y Fin de Año en Caracas.  El clima desordenado de esta ciudad se vuelve especialmente noble en diciembre. Los cielos adquieren un azul marino intenso y la temperatura baja de los 20 grados, lo cual alivia mucho el calor y la humedad a la que nos acostumbramos durante el resto del año. Pero ya ni eso enamora a los venezolanos.

Parece que no hay clima, ni amigos, ni familia, ni cariño que detenga la migración. Esta vez me tocó a mí. Mi hermano, el que le pedí durante mis primeros siete años de vida a los Reyes Magos, a mis padres, a la virgen, a Dios y a todos los santos. Mi hermano pequeño, el abogado de la familia, que nos defendía siempre con la misma facilidad con que sacaba un chiste de todo, decidió irse del país.

Celebrar la navidad con una silla menos en la mesa, que siempre era la silla más escandalosa y risueña, resultó muy duro. Ver a mi hijo pequeño abrazarme llorando porque su tío se fue, es un recuerdo que no quiero repetir.

Mis padres absolutamente desconsolados hicieron de trizas corazón para compartir con su nieto los regalos de navidad. Pero cuando nos conectamos, vía Skype, para saludar al hijo emigrante, las lágrimas no se contuvieron.

Tres amigas, con hijos recién salidos de la secundaria, también celebraron las fiestas sin sus hijos, porque decidieron irse a cualquier otro país.

Mi hijo saludó por Whatsapp a sus dos mejores amigos, que también se despidieron este año del país.

Creo que nadie escapa a la diáspora. Amigos, colegas, hermanos, primos, vecinos, etc.

Son jóvenes profesionales, gente honesta que trabajó mucho aquí, que se graduó en las mejores universidades de Venezuela, trabajó en las mejores empresas, que seguramente dejarán en alto el nombre del país en cualquier parte, pero que lastima que el gobierno venezolano deseche a esta fuerza productiva.

Cuánto daño le ha hecho Nicolás Maduro a Venezuela, no sólo por su absoluta ineficiencia, sino por lograr que los venezolanos profesionales abandonen su país para buscar nuevas oportunidades, porque sobrevivir aquí con un sueldo honesto ya es imposible.

Pero además, Maduro suma, a su colección de torpezas, la separación de familias, para quienes la Navidad y el Año Nuevo juntos, era un ritual inquebrantable.

No se trata de culpar a Maduro por todo. Creo siempre en la corresponsabilidad que también tenemos como ciudadanos. Pero ofrecer oportunidades, garantías, seguridad, empleos y salarios dignos, es responsabilidad de la gestión pública, cuya gobernabilidad con la empresa privada quedó disuelta entre expropiaciones e intervenciones.

No sé si resignarme a quedarme sola en este país, cada vez más aislado, o agarrar un avión y largarme. Mientras tanto, las familias venezolanas intentamos celebrar las fiestas en medio de las ausencias, con demasiadas sillas vacías, con el corazón roto, y pidiéndole a los Reyes Magos que nos traigan paz, estabilidad y esperanza.

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