Africa 3.0

En un viejo camión Mercedes…

(Breve extracto de mi antología sobre aventureros, huidos y diamantes)

Echo el cerrojo de los parpados e imagino a Martin apurando sus bolsas de viaje con las esquinas roídas. Tartan en costura y camisas blancas de lino apiladas sobre pantalones arena con las rodillas apuntaladas en recosidos de fortuna. Una maraña añil de tupidos calcetines con pelusas carmesí que parecen una camada de gatitos dormidos; algún jersey de botonera al pecho y libros y un manojo de hojillas de afeitar y…Cuando decides dar un golpe de timón a la vida, no sé qué ocurre pero todo rejuvenece a las puertas de lo que sí que diferente va a ser y, es entonces cuando te percatas que nunca has necesitado tanto ergo empiezas a ver lo ciego que podemos estar. ¿Qué es la vida sino una bonita colección de remiendos?

Poco o nada sé yo del amor. Quizás que su envoltura debería ser modesta, pobre y sencilla, pues sólo entonces será infinito en su interior. Así es Namibia, tierra humilde donde apenas vive gente. Siempre sedienta, sus árboles se petrificaron y su ego se evaporó, pero tal vez es ahí donde su complejidad se agazapa para sorprenderte ya que en cada esquina la vida florece con fuerza. Una antología de lugares remotos que a duras penas han cambiado desde 1903. El sentimiento es la derivada primera de la emoción.

En 1935 dos amigos geólogos abandonaron la Alemania nazi y en un vapor dejaron tras de si el horizonte de una Europa que cual caballo desbocado al precipicio de la guerra galopaba. Los antojos del alma son ingobernables y eso tiene una parte buena y otra…mejor. El destino era el Africa del Sudoeste alemana, que ya había sido ocupada por la Union Sudafricana desde el pistoletazo de salida de la Primera Guerra Mundial cuando la ex colonia del Káiser fue anexionada por los aliados.

Antes de ser internados en un campo de concentración, con el resto de alemanes, Henno Martin, Hermann Kornn y Otto, se escaparon al desierto del Namib en un viejo camión Mercedes Benz color beige. Caminar y ver, supongo que ese era el plan. Vagabundear. Considero que es lo más provechoso que puede y debe hacerse durante casi dos años en el gran cuarto vacío de la arena naranja. Y no crean que hoy en día hay mucho más en la zona de lo que en aquel ya lejano inicio pudo haber. Buena fe dan las ruinas abandonadas que cruzan las calendas sin mayor premura que sumar amaneceres bajo un cielo estriado.

En 1957 Martin escribió las memorias de esos dos años de abandono en lo más íntimo de Namibia. Sheltering Desert trasciende la literatura de aventuras para adentrarse en la profundidad del pensamiento humano. Un descenso al sótano del alma dejando la puerta entornada donde la intensidad de sus páginas, siempre viejas aunque la edición sea nueva, te hacen cerrarlas, dejar el manuscrito sobre el pecho, respirar e imaginar. Tierra sedienta, rebosa en animales. Generosa en soledad y vacío, te llena, lo cual es una terrible contradicción. También es parca en libros, siendo Sheltering Desert el mascarón de proa de su estantería. Un poco el Quijote de la arena.

La herencia científica de Martin es enorme: descubrió el cráter Messum, legado del mayor prurito que la dermis de la tierra ha tenido, también a él se debe el primer suministro de agua potable a Windhoek, capital de Namibia y, conjuntamente con una larga lista de crónicas y estudios naturales, sus tratados minerales son referencia obligada para los que estudian la geología del país.

La primera vez que se me hizo de noche en mitad de la nada me invadió un pánico infantil a la oscuridad. Sin cobertura ni electricidad, afloran las dependencias y miedos pueriles que nos han aislado del mundo real y hasta un frágil klipspringer te sube al techo del coche…Martin y sus dos compañeros vivieron casi dos años en lo más profundo del desierto de rocas del Namib. Allí empezaron a escuchar su propia respiración y conocieron la paz.

Algo especial ocurre cuando con el sol te levantas y con él te ralentizas; cuando empiezas a entender las luces del cielo y como el azimut del sol cambia cada mañana; cuando puedes leer la partitura del viento y en comunión quedas con ese animal que te observa bajo la indiferencia que su libertad le confiere. Entonces, incluso una piedra es un libro abierto. Una especie de WIFI del alma cuya contraseña es haber renunciado a otras “prioridades”  El tiempo para algo, solo es un grillete que el hombre ha inventado.

Es esa simbiosis con el silencio de la planicie la que te hace sentir la presencia de dios y te vuelve humilde. Diluye la preocupación y con ello el ego. Hambre y sed. Frio, calor y dolor. Sobrevivieron. Aprendieron a matar para comer; a vivir con lo justo que es lo justo. El estar alejado de las distracciones materiales les hizo descubrir mucho, que todo está dentro, pero las con frecuencia innecesarias radiaciones externas nos alejan de nosotros y de otros. Con barbas rubias de Robinsones de la arena, quemados por el sol, vestidos como indigentes, sin casi nada de lo que consideramos imprescindible, nada les pasó. Y ahora me acuerdo de las palabras de aquellos chicos de Viven que congelados y muertos de hambre, sintieron el calor que da la paz del lugar; esa que hace te encuentres contigo mismo. Sí, una historia andina, pero sólo lejana en lo geográfico.

Martin, Kornn y Otto, erraron durante dos años a la brisa del deseo, recorrieron cañones, dunas, barrancos, gargantas y lechos de lo que alguna vez fueron ríos. El que [mal] escribe, que conoce mejor Namibia que España, puede entender un poco lo que vieron pero sobre todo lo que debieron sentir.

Leí Sheltering Desert hace muchos años tirado en la carretera según atravesaba el país; también navegando en alta mar y hasta en el patio de mi casa, pero nunca lo he acabado. Sé dónde debo cerrar el libro. Hermman murió en 1946 en un accidente de motocicleta en Windhoek y allí descansa en un coqueto cementerio alemán al que una vez fui a dejarle una piedrita en la esquina de su ya eterna cama. Martin, acabaría siendo responsable del gabinete geológico de la Universidad de Ciudad del Cabo y Göttingen donde con casi noventa años, murió en 1998 y, de ningún modo he querido saber qué pasó conOtto, que era su perro. La razón por la que no quiero terminar uno de los libros que más anclado llevo en el interior es simple, soy llorón y no deseo leer como se murió…

CENTRO DE ESTUDIOS AFRICANOS DE LA ULL.

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