Africa 3.0

Primavera árabe, ¿acto segundo?

     La perspectiva lo es todo. En la historia aún más. El retrovisor del tiempo nos deja ver aquella [mal] llamada Primavera árabe como una grieta en el muro del paternalismo árabe del Magreb por la cual se voló un niqab arcoíris. Un pensamiento cuasi común es compartido desde la feudal Mauritania hasta Argelia, pasando por Marruecos y la laica Túnez para terminar en la convulsa Libia, convertida en un estado fallido y olvidado a las puertas de Europa. Situación esta última que estamos pagando en forma de ahogados. No, no podemos dar la espalda a lo que acontece en la orilla sur mediterránea. Allí tenemos demasiados intereses en forma de inmigración regular o no, pero sobre todo en cuestiones de seguridad. Se trata de un pensamiento cartesiano, lo acepto.

     Aquel episodio que los activistas de red social y gafa pasta llamaron Primavera árabe fue un mero plan renove en el que occidente aprovechó para sustituir líderes ya amortizados por nuevos títeres. La calle egipcia exigió el derrocamiento de Mubarak. La caída del faraón, que había asegurado la paz en El Sinaí y el Canal de Suez, supuso una transición radio controlada desde el eje Washington-Tel Aviv hasta que surgiera un líder dócil. La amenaza integrista de los ganadores de las elecciones, Los Hermanos musulmanes, era una opción inaceptable. Razón por la que el poderoso ejército egipcio tomó el poder hasta la “llegada” de Abdel Fattah El-Sisi; un delfín Made in USA. Eso fue la primavera árabe, un estallido social maquiavélicamente manipulado hacia un plan renove en el que triunfó la libertad en Túnez como “daño” colateral. ¿A quién le importa Túnez?

     Argelia es un estado bisagra para occidente. Un gigante que flota sobre un mar de hidrocarburos y que a la vez, de la mano de Marruecos, es un valioso dique de contención para la metástasis integrista que afecta la franja del Sahel. A la par es un país complicado y espinoso para nuestros intereses. Anestesiado y regido por Bouteflika, un superviviente de la Primavera árabe, un octogenario de metro y medio enfermo que recluido en una clínica de Ginebra y del que no se sabe si ha muerto o no, que ha liderado el país durante ya dos décadas bajo un regimen vitalicio. Era de la que Argelia parece querer desperezarse. Una protesta callejera que, no sé si similar o no a la que encendió la mecha en Túnez, lo mejor es que evolucione de manera no virulenta ya que una Argelia desestabilizada representa una de las mayores pesadillas para las agencias de seguridad europeas.

     Argel tiene una fuerte conexión emocional con Francia pues de esta se independizó por las armas y son varias las generaciones argelinas nacidas bajo el laicismo francés. Pensamiento que cruzó a Túnez con aquella primavera árabe del 2010. La llamada Revolución de los Jazmines evidenció como una sociedad joven, instruida y convencida de la división de poderes, logró derrumbar un sistema paternalista. El mundo árabe aún no se ha desligado de la fe en su vida política. Túnez fue un experimento social exitoso. Pero no nos engañemos, su conquista se debe a que el pequeño país norteafricano carece de valor estratégico en el tablero de los intereses occidentales. Poco importó en Washington o Paris que se convirtiera en la primera nación laica del rígido mundo árabe en lo relativo a la ruptura del binomio estado – religión. Sistema que aún rige la sociedad árabe desde la Edad media. Aquella epidemia libertaria fue rápidamente aislada en Marruecos y Argelia. Dos piezas de alto valor geo estratégico que paradójicamente son enemigos históricos con la cuestión del Sahara ocupado de por medio. Aunque igualmente sería un error no reconocer que el reino alauita es uno de los países islámicos más occidentalizados para los angostos cánones sociales que el mundo musulmán maneja en lo referente a la citada división de poderes y la separación entre el mundo civil y la devoción.

     Un episodio similar al estallido callejero que sacudió Túnez y aceleró su transición de un regimen cuasi militar hacia una democracia embrionaria más o menos aceptable, sería peligroso en un país tan influyente como lo es Argelia. Su gas y petróleo – del que España es dependiente – de la mano de sus aún latentes amenazas terroristas en el profundo sur del país y los lazos sociales con su diáspora francesa, son tres premisas que anunciarían un horizonte inestable caso de una desestabilización social del país. De momento, Bouteflika ha anunciado que no se presentará a una relección y el gesto parece haber aplacado la protesta callejera. En mi modesta opinión, no se deben esperar grandes alegrías o licencias sociales en los países árabes a corto plazo; al menos no en los que tienen un valor estratégico o energético. Occidente predica democracia pero aplica anestesia social.

CEAULL

cuadernosdeafrica@gmail.com

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