Africa 3.0

Sukeina Ndiaye, la mujer que viste resistencia

Fotografía de Joaquín Ponce de León

Lo primero que sientes al entrar en casa de Sukeina Ndiaye es una generosidad rebosante. Unas telas colocadas junto a la ventana dan calidez a la zona del salón, donde alfombras en tonos granates cubren el suelo. Sobre ellas, y en pequeñas mesas, dos bandejas: una con aperitivos y zumos; otra, con una tetera y cuatro pequeños vasos de cristal alineados, los kisan, listos para templar el paladar.

Sukeina llegó a Tenerife en 1998. Viajó desde el campamento de refugiados de Tinduf, en Argelia, donde miles de saharauis sobreviven aún con la esperanza de poder regresar algún día a un Sáhara libre e independiente. Sukeina pasó 20 años de su vida en tierras argelinas. Las condiciones allí, cuenta, son “duras” y faltan muchas cosas materiales. Sin embargo, se siente “afortunada” porque no le tocó vivir en el Sáhara ocupado, un territorio, dice, donde los saharauis viven como extranjeros en su propia tierra. “No tienen acceso a sus riquezas ni a los recursos naturales. Y tienen que soportar vejaciones y humillaciones por ser saharauis”, señala.

En noviembre de 1975, Marruecos invadió el Sáhara occidental, por aquel entonces colonia española. Pese a estar prevista la celebración de un referéndum de autodeterminación, España finalmente entregó el territorio a Marruecos y a Mauritania en un acuerdo ilegal no reconocido internacionalmente. Desde ese momento, el pueblo saharaui fue abandonado a su suerte.

La familia de Sukeina vivía en el lado mauritano. En 1978, tras un golpe de estado en el país, cruzaron la frontera y se desplazaron a Tinduf. “Gracias a Dios”, comenta, “me tocó la parte de Mauritania. Ahí hubo una invasión, pero diferente a la que ha vivido la población saharaui a la que le tocó la parte ocupada por Marruecos”.

Hoy, cuatro décadas después, reside en el sur de Tenerife, en el pueblo pesquero de Los Abrigos, donde asegura que nunca se ha sentido aislada. Al contrario, afirma, “cuando llegué a Canarias, me sentí en casa”. Ahora trabaja como intérprete de árabe en los juzgados del sur de la isla, en comisarías y en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Hoya Fría.

Nunca se separa de su melfa, “la mejor bandera que podemos tener”, asegura. La melfa es el traje típico de las mujeres saharauis, una tela de unos seis metros de longitud que cubre todo el cuerpo hasta la cabeza. Vestirla aquí es su “seña de identidad”, una forma de recordar la lucha del pueblo saharaui y, en especial, la de las mujeres. Pero vestirla aquí es, también, motivo de comentarios machistas y racistas.

Cuenta Sukeina que su forma de vestir se asocia en muchas ocasiones a una concepción “arcaica” de la mujer árabe y africana. La mujer saharaui, explica, es como todas las mujeres del mundo y se enfrenta a situaciones de machismo y de vulnerabilidad que pueden existir en muchos otros contextos. “Hoy las mujeres saharauis estamos luchando desde nuestra posición para acabar con el techo de cristal”. Ese, apunta, que también frena y limita a las mujeres europeas.

Del mismo modo, su forma de vestir desata los prejuicios de muchas personas que perciben su melfa como algo amenazante o como sinónimo de radicalización. De hecho, son bastantes los casos en que Sukeina ha sido increpada o, en sus propias palabras, “humillada” solo por eso. “El hecho de que vistas diferente”, insiste esta mujer saharaui, “no te hace diferente al ser humano”.

Pero ¿cómo combatir estas actitudes? Pues con algo tan sencillo como las palabras, dice Sukeina. “Hay muchas personas que no se pueden defender por la barrera idiomática, pero como yo puedo”, explica, “lo hago, no me callo”. De esa manera, pone de relieve la imagen tendenciosa que, a menudo, se tiene sobre aquello que es diferente o no se comprende (o no se quiere comprender). “A mi me indigna que la gente no espera preguntar o saber” el porqué de las cosas. “Ya lo dan por hecho”, lamenta.

Para desafiar esos prejuicios Sukeina trabaja desde diferentes colectivos sociales de las islas como el Consejo de Igualdad de Adeje o la Asociación de Mujeres Africanas en Canarias. A través de estas plataformas, lucha por el entendimiento entre personas de diferentes culturas y reivindica la dignidad de todos los pueblos. Se siente una privilegiada por poder expresar sus opiniones y críticas libremente,  aunque ese privilegio es también para ella una responsabilidad: “tengo la oportunidad de denunciar los atropellos que sufren los saharauis en la zona ocupada» y el “apagón informativo” de gobiernos y medios de comunicación.

En ese sentido, Sukeina considera que el gobierno canario debería “dar un paso más serio” en su apoyo al pueblo saharaui, ya que, según ella, no todos los representantes públicos se implican de la misma forma. “Depende, no del partido, sino de la persona, de la sensibilidad que tenga”. No obstante, a su juicio, la sociedad canaria es “muy cercana” y empática con la causa saharaui. “Nos sentimos a gusto aquí, no cambiaría vivir en Canarias por vivir en otra parte”. “Solo”, añade, “por poder volver a mi hogar: un Sáhara libre”.

 

*Esta pieza forma parte de la serie Voces de la diversidad.

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