Africa 3.0

¿Cuánto cuesta un machete?

Cuando algo negativo acontece siempre quedan secuelas de diversa intensidad. Eso le decía el cocinero negro, Dick, al niño de El Resplandor de Kubrick. 25 años después de la carnicería de Ruanda, Antoine entra en la sala del holocausto. Llevado por la inercia del respeto que siempre es un silencio denso de respirar, se detiene ante un anfiteatro de estantes repletos de cráneos astillados que al cimbreo de mil velorios aún parecen sufrir. Allí están sus padres, sus vecinos y sólo dios o el diablo sabe cuántas almas pasadas a machete la víspera de los cuchillos largos del corazón de Africa. Cada noche del seis de abril rinde silencio a un osario que a su vez rinde honores a los que a machetazos fueron asesinados. Estos días se conmemoran los veinticinco años de la matanza de Ruanda donde la mayoría hutu descuartizó a casi un millón de tutsis. Una venganza bíblica cuya responsabilidad recae sobre Bruselas y así hay que recordárselo.

La noche del seis al siete de abril, la emisora de las mil colinas inflamó las ondas y llamó a la cacería de tutsis. Tan simple como salir a matarlos. Las embarazadas fueron violadas, rajadas y los fetos dejados en el arcén. La matanza se prolongaría durante tres meses donde los cadáveres se pudrían al sol y los buitres se daban festín. La gente huyó despavorida y había fosas comunes por doquier. Cien días de purga donde las enloquecidas milicias Interahamwe – radicales hutu –, casa por casa, ejecutaban a los que eran sus vecinos, conocidos o simples transeúntes por el mero hecho de ser tutsi Una limpieza étnica. El tribalismo siempre es antesala de la atrocidad.

Europa, pero sobre todo Bélgica y Francia, responsables indirectos de lo ocurrido como ex metrópolis, miraron para otro lado. Sí, esa Bruselas que dicta civismo y ley. Bélgica tiene tanta sangre bajo sus alfombras como la Alemania nazi y cada año evita el aniversario escondiéndolo en la rebotica de los informativos y que tan incómoda efeméride pase rápido. Las cifras son escalofriantes. Cerca de un millón de personas exterminadas, cien mil huérfanos, más de cinco mil bebes asesinados producto de miles de violaciones y medio millón de desplazados.

¿Hutus y tutsis? Un antropólogo de bolsillo diría que las diferencias humanas entre ambas etnias no son drásticas. Pigmeos. Antes de la llegada de los belgas, los tutsi criaban ganado y los hutus cultivaban. Vivian en paz ergo había que dividirlos. Los belgas consideraron a los tutsi más nobles por tener la tez más clara, un cráneo menos simiesco y los orificios nasales más discretos; los escolarizaron y crearon funcionarios concediéndoles un estatus social mejor que a los hutu y con ellos quebraron una armonía milenaria. En síntesis, crearon una estructura colonial basada en el color de la piel. La lista de genocidios belgas en Africa es larga y su familia real bien lo sabe.

La matanza se cosió a golpe de medio millón de machetes importados de China al módico precio de 67 centavos de dólar por unidad. Con el tiempo, se desveló que el infaustoBoutros-Ghali, el que fuera secretario general de Naciones Unidas, estaba involucrado en un escándalo de venta de armas a líderes hutus previo a la masacre por millones de dólares.

A la par, el último gran conflicto blanco hervía. Yugoslavia se desintegraba en una cruenta guerra civil y cuando los muertos son rubios, pesan más en el telediario. Hasta la ONU, ese burdel del postureo humanitario, miró para Pernambuco y que pasara pronto. Negros a machetazos; se maten. Ve a la puerta de un instituto y pregunta donde esta Ruanda. Igual te dicen que es una marca de café bio-noseque. Hoy el pequeño país africano es un milagro social, su parlamento cuenta con un 64% de mujeres, cifra record a nivel mundial. A la par, su economía crece como una pequeña Suiza en el corazón del continente pero las cicatrices de la guerra supuran un perdón generacional que no ha cristalizado y si rascas, hay dolor. ¿Cómo no?; al menos no hay vientos de revanchismo.  

Occidente es quien no parece haber aprendido las lecciones de los avisperos africanos. El genocidio ruandés es el mayor juicio universal desde el holocausto judío al que la humanidad se ha enfrentado y, cualquiera que conozca un mínimo las realidades africanas, es sabedor que hay conflictos latentes a los que un simple detalle los hará estallar bajo consecuencias devastadoras.

Antoine contaba diez años cuando fue testigo de cómo a su madre la dividían en tres partes previa violación por un grupo de varios hombres exaltados y armados con machetes. Después le hicieron beber su sangre. Junto a un cuarto de millón de desplazados que huían de la matanza pasaría varios años en un campo de refugiados en Tanzania hasta poder regresar a casa. Su mirada aún está perdida pues el horror en pupila nunca cicatriza y es puntual en el recuerdo más crudo. Tampoco sabe si los cráneos que ve en la sala son los de sus padres o no, ¿pero qué más da eso cuando la memoria del horror es colectiva?

CEAULL

cuadernosdeafrica@gmail.com

@Springbok1973

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