Africa 3.0

El Mediterráneo se agita

La ribera sur del Mediterráneo, tan próxima y tan lejana a veces para los europeos y particularmente para los españoles, se ha agitado estas últimas semanas de manera preocupante para la estabilidad tanto del norte de África como de Europa. La caída en pocas semanas de dos dictadores, el argelino Abdelaziz Bouteflika y el sudanés Omar al Bashir, –ambos derribados por movimientos populares de rechazo a su continuidad en el cargo–, abre una nueva etapa de incertidumbre pendiente ahora del enfrentamiento entre los militares, empeñados en mantener el control del poder, y los ciudadanos, enfurecidos ante el fracaso que les supondría la continuidad de los regímenes que encabezaban.

Los dos países son importantes tanto por su extensión, entre los más grandes de África, como por la riqueza de su subsuelo y, por supuesto, por su posición estratégica. Una primera característica de los derrocamientos de ambos presidentes, los dos con treinta años de antigüedad en el poder, es que las manifestaciones populares, a pesar de ser reprimidas con contundencia, fueron pacíficas, apenas dejaron víctimas y resultaron exitosas. Y, en segundo lugar, que sorprendentemente hasta el momento no han emergido intervenciones extranjeras claras, lo cual deja a los nativos que sean ellos los que encarrilen su futuro.

En cambio, sí son los militares, los mismos que ya estaban detrás de los presidentes derrocados, los que siguen esforzándose por seguir controlando la situación en ambos países. En Argelia el nombramiento de un presidente civil provisional y el anuncio de elecciones dentro de pocos meses no ha sido bien acogido –las dudas de la sinceridad del cambio subsiste–, pero brinda una salida que seguramente acabará calmando los ánimos. En Sudán, por el contrario, la jefatura del Estado ha sido ocupada por una Junta de diez altos jefes con la promesa de celebrar elecciones dentro de…dos años. Largo lo fían. Los manifestantes, que han dado pruebas de persistencia, habrá que ver si se conforman.

La suerte de Bouteflika, anciano, enfermo y en silla de ruedas desde hace siete años, no parece comprometida. No ocurre lo mismo con Bashir, odiado por sus paisanos, protegido en su casa, veremos por cuánto tiempo, por unos militares que han acabado de volverle la espalda y necesitados quizás de entregar una víctima para congraciarse con el pueblo que les sigue rechazando. Sobre él pesa el lastre de la cruel represión ejercida hasta ahora de manera especial en la región de Darfur, que le valió una condena de la Corte Internacional de Justicia por violaciones de los derechos humanos que le tiene en búsqueda y captura en múltiples países.

La caída de dos dictadores que se creían predestinados a perpetuarse en el poder hasta el fin de sus días es sin duda un aviso para otros jefes de Estado africanos que llevan décadas en el poder y mantienen cerradas las puertas a la savia nueva de las generaciones jóvenes llamadas a sucederles y darles impulsos renovados a sus países. Por fortuna, la gerontocracia política africana está pasando a la historia, pero con mucha lentitud. Quizás la imagen de lo que les está ocurriendo a Bouteflika y Bashir anime a algunos a retirarse de forma ordenada ahora que están a tiempo.

Mientras tanto, en otro país del norte de África, como en Libia, se viven días de incertidumbre y riesgo ante el avance del Ejército Nacional Libio –las milicias que lidera el general Jalifa Haftar– hacia Trípoli con el objetivo de liquidar al Gobierno legítimo que preside Fayez Serraj y asumir el poder sobre todo el territorio. Libia es un país igualmente extenso e igualmente rico en petróleo sobre el que confluyen muchos intereses e influencias diplomática que incluso dividen al mundo árabe y  a la propia Unión Europea, con Italia apoyando a Serraj y Francia a Haftar. Argelia, Libia y Sudán ofrecen en estos momentos una imagen de inestabilidad preocupante para todos.

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