Africa 3.0

Sudán, la paciencia se agota

Omar al-Bashir, expresidente de Sudán

Los sudaneses, que desde hace mes y medio ven que sus demandas de un sistema democrático gestionado por civiles no avanzan, empiezan a perder la paciencia. Las manifestaciones pacíficas que durante meses exigieron la retirada de Omar el-Bechir, el dictador implacable que gobernó el país cerca de treinta años, muestran síntomas de estar perdiendo  la paciencia. Los militares, a la vista de las exhibiciones de fuerza de las masas populares derrocaron a Bechir en abril, se resisten como gato panza arriba a renunciar al poder como el pueblo les exige.

Desde entonces el país está gobernado por una Junta Militar que, más que prisa por promover una transición a un sistema de libertades, lo que hace es dejar síntomas de querer que la situación se tranquilice en las calles para ellos buscar fórmulas para continuar controlando la situación. Hasta ahora no han dado ni un solo paso visible de que quieran abandonar el poder en manos de políticos civiles que es lo que la gente desea y exige en las manifestaciones que se continúan repitiendo día tras día en las calles de Jartún (la capital) y otras ciudades importantes.

La situación social, que ya era explosiva antes de la caída de Bechir, se ha agravado en estas semanas de descontrol institucional y hundimiento de la economía, aunque la represión contra los cabecillas de la protesta que más destacan no se detiene. La paciencia se agota, es evidente, y el país cada vez parece más abocado a un conflicto de graves proporciones. En Europa, con la política empantanada en las elecciones al Europarlamento, el Brexit y otros problemas internos, la crisis de Sudán está pasando bastante inadvertida. Y lo mismo ocurre en otros continentes.

No ocurre lo mismo en África, y de manera especial en los países vecinos que están empezando a sentir las consecuencias derivadas del caos sudanés, donde la preocupación va en aumento. Las miradas oficiales están puestas en el siempre influyente en la zona, Egipto, y sobre todo en la autoridad bien afianzada del general Abdel Fattal Sissi, que años atrás superó una situación similar en beneficio propio y en cuyo espejo se miran los militares sudaneses. No es el caso lógicamente de los líderes de la revuelta sudanesa. El ejemplo de Sissi asusta a los ciudadanos que quieren la libertad que nunca conocieron desde que el país se independizó, en enero de 1965.

En estos momentos el general Sissi es el presidente de la Unidad Africana, la organización a quien más directamente incumbe encontrar una salida al conflicto. Y como tal está respondiendo. Hace unos días convocó en El Cairo una Cumbre de presidentes a la que asistieron todos los de los limítrofes con Sudán y un buen número de otros países. Aunque trascendió poco del desarrollo del encuentro, la respuesta fue excelente. Acudieron los jefes de Estado de Chad, Yibuti, Congo, Somalia, África del Sur, Etiopía, Níger, Congo, Sudán del Sur, Uganda, Kenia y Nigeria.

Otros países estuvieron representados por miembros de segundo nivel de sus gobiernos. Entre las ausencias destacadas coincidieron, sin más explicación aparente que el temor a insuflar vitalidad al recuerdo de las primaveras semi olvidadas, las de la práctica totalidad del resto de los países árabes en cuyo grupo habría que encuadrar a Sudán del Norte. Sobre la forma en que fue abordado el problema es muy poco lo que ha trascendido. Al final apenas se difundió un comunicado en el cual se prolonga el plazo hasta tres meses para que la Junta Militar que detenta el poder ponga en marcha la transición.

La noticia no cayó bien entre la población sudanesa que desconfía de cualquier situación dilatoria y ya está cansada de ver frustradas sus prisas por tener un cambio de régimen político. Pero al mismo tiempo tampoco se ha visto del todo mal entre los más pragmáticos que la UA se esté implicando, que Sissi no parezca desentenderse de sus demandas y que se haya fijado un plazo para que las primeras reformas empiecen a producirse. Mientras tanto, el propósito generalizado es no bajar la guardia.

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