Africa 3.0

Mugabe, héroe y traidor

Robert Mugabe

La muerte de Robert Mugabe, internado en una clínica de Singapur, se venía esperando desde hace semanas, pero no por eso ha tenido una enorme repercusión internacional. Pocas veces un dirigente africano ha despertado tanto interés de la prensa internacional y de la opinión pública, que durante años ha seguido su metamorfosis de héroe nacional en la lucha por la independencia de su país a déspota, represor sanguinario y corrupto, hasta donde cabe imaginar. Empezó como héroe y terminó como traidor a su pueblo.

Durante los ocho años del apartheid, en que la minoría blanca mantuvo una independencia inviable y racista de la Rhodesia  de los británicos, Robert Mugabe fue un luchador por la independencia verdadera, con ideales de libertad que le convirtieron en el líder indiscutible del nuevo país que respondería enseguida al nombre tradicional de Zimbabue. Conseguir la independencia y llegar al poder no le salió gratis.

Mugabe estuvo en la cárcel más de una década y cuando accedió a la Presidencia de la República, desligada ya del colonialismo, fue durante bastante tiempo un ídolo popular, lo que le convirtió en un líder respetado por el resto del mundo. Entonces tuvo la oportunidad de implantar un sistema de Gobierno con bases democráticas y la posibilidad de desarrollar todo el potencial económico que el territorio ofrecía: agricultura próspera, riquezas minerales y hasta buenas perspectivas para atraer a inversores y turistas.

Pero no supo aprovechar cuánto de positivo había. Para empezar, confundió la necesidad de acabar con el colonialismo blanco –que controlaba la inmensa mayor parte de la producción– con unas reformas que en poco tiempo hundirían la economía en el caos. La mayor parte de los colonos blancos abandonaron y los nativos, carentes de experiencia en la gestión y la tecnología, enseguida demostraron incapacidad para asumir tantas responsabilidades. La producción se resintió y acabó cayendo bajo mínimos.

Mientras tanto, el hábil y perspicaz político que había sido el joven Mugabe, se fue alejando de la realidad que se estaba imponiendo, dejándose llevar por la tentación de la represión de los discrepantes –blancos y negros– y el recurso a los asesinatos y encarcelamientos y cayendo en una corrupción tanto de su entorno como de él mismo. Echando la vista atrás resulta difícil de explicar cómo su presidencia pudo prolongarse tanto tiempo mientras el pueblo cada día estaba peor.

Era uno de los presidentes más longevos de África y uno de los que mostraron mayor apego al poder. Superó vicisitudes diversas para, a pesar de estar entrando su edad ya en la década de los noventa y haciendo oídos sordos al desastre de su política, que empezaba a cuestionar la existencia del propio Estado, apañar elecciones tras elecciones y asumir compromisos políticos y sobornos  que le permitían seguir adelante.

Incluso contemplaba como alternativa futura transferir la Presidencia a su mujer, mucho más joven, pero no menos ambiciosa y corrupta que él. Muchas personas, a quienes costaba creer que su ídolo fuese capaz de semejante corrupción, la culpaban a ella de ejercer una influencia nefasta. Tampoco tuvo ni acierto ni suerte al rodearse de unos colaboradores fanatizados con la mística independentista pero incompetentes y, por supuesto, también corruptos.

La fidelidad de las Fuerzas Armadas, más mimadas que otras instituciones, y todavía bajo la aureola de héroe que Mugabe mantenía, le respaldaban frente al descontento generalizado. La deriva afectó a todos los aspectos de la sociedad y, por supuesto, en el aumento de la pobreza. Zimbabue se convirtió en uno de los países más subdesarrollados. La inflación, absolutamente descontrolada, adquirió cifras récord en el mundo. Cuando, dos años atrás, la situación se volvió insoportable, se resistió a abandonar y sólo aceptó legando al cargo a su persona de confianza. Lamentablemente, nada ha mejorado desde entonces.

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