Africa 3.0

Solidaridad de verano

Solidaridad de verano en África

Van contentos, se sienten bien. Viajan hasta un país africano para ayudar. Unos días intensos, agotadores. Pintarán las paredes de un colegio, como si en el país no hubiera pintores que pudieran hacer ese trabajo, incluso por mucho menos de lo que han costado los billetes y visados. Ellos, jóvenes que nunca han cogido una brocha en su vida. Ellos, a los que la dirección de su centro nunca se le ocurriría pedírselo en su ciudad española y cuyos padres pondrían el grito en el cielo si la posibilidad fuera insinuada. Es solo un ejemplo de los muchos que se producen cada verano. Iniciativas que transportan, por un tiempo reducido, a decenas de jóvenes a África para ayudar.

También han recolectado bolis, lápices y cuadernos y caramelos o camisetas que ya nadie se pone. Empiezan a repartirlos nada más llegar. Se sienten llenos. Las sonrisas de los niños y sus manos extendidas les inflan de felicidad.

Caminan llenos de ideas para terminar con la mutilación genital femenina, con el machismo, con el trabajo infantil o con el hambre. Mientras encuentran el momento de ponerlas en práctica se hacen selfies rodeados de decenas de niños para subir a sus redes sociales. Ruedan vídeos donde se ve a una cucaracha trepar por una pared y graban audios para describir las míseras condiciones del dormitorio que les han asignado o el exotismo de la comida. No hay problema, ellos no pasan hambre. Para eso sus padres les han atiborrado las maletas de blísteres de embutidos, bolsas de aperitivos o paquetes de galletas.

Lo importante es que están en África y sus amistades lo saben y les admiran en las redes sociales. Son héroes. Aunque no importe el país en el que se hallan. Total, todos son iguales: llenos de niños negros con los que retratarse.

Al final de la experiencia regresan al mundo del que partieron cargados de regalos comprados en el mercado -muchos de ellos fabricados en China-, con trenzas en el pelo, con camisas o vestido de batik cosidos por algún sastre del pueblo y con una pulsera intercambiada con cualquiera de los jóvenes con los que han compartido algunas horas del día. Termina la semana o quincena en la que se ha vivido sin contexto y que, seguramente, no tendrá continuidad.

Es la solidaridad como moda, como espectáculo y, también, en muchas ocasiones, como negocio (si hay una demanda por parte del gran público, ¿por qué no aprovecharse de ella y ofrecer productos adaptados a las exigencias del cliente?). Una semana o quince días. Sin contextualizar, sin continuidad en el tiempo. ¿Para qué sirve? ¿Qué cambios provoca en las personas que la han vivido? ¿Qué imagen se traen de allí? ¿Este tipo de experiencias, realmente, ayuda a romper los estereotipos que tenemos sobre África o los perpetúan? A mí me suscitan más dudas que certezas. Creo que estamos ante una banalización de algo muy serio y que se aleja infinitamente de lo que de verdad debería ser la cooperación.

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