Africa 3.0

Burkina Faso, sola ante el peligro

Uagadugú, Burkina Faso

La amenaza yihadista que se extiende por una buena parte del África Subsahariana se está cebando contra Burkina Faso, un país de tradición pacífica, donde los tres millones de católicos y los cuatro de musulmanes convivían sin ningún problema hasta hace apenas cinco años. Predicadores exaltados de la violencia islamista y bandas incontroladas de terroristas procedentes del Sahel han acabado con la calma y el progreso que estaban empezando a disfrutar los cerca de veinte millones de burkineses.

Todo ha sido muy rápido: las redes yihadistas que desde hace años son contenidas en Mali por las tropas francesas se han expandido hacia Burkina Faso. Allí las fuerzas de seguridad han sido sorprendidas con escasez de medios y sin formación para afrontar la lucha contra el terrorismo. Los atentados se repiten a diario en diferentes lugares del país. Son ya muchos los miles de muertos que han causado. El Gobierno que preside Roch Marc Christian se encuentra impotente para hacer frente a la amenaza.

Apenas cuenta con ayuda exterior y carece de capacidad económica para dotar con armas apropiadas a las fuerzas de defensa que se ven impotentes para controlar los 274.000 kilómetros de territorio. Un territorio encajonado entre muchas fronteras. Algunas tan fácilmente permeables como las de Mali o Niger, por donde entran y escapan con facilidad los terroristas. Una buena parte del país está bajo el control de los yihadistas. Las autoridades bastante hacen manteniendo el control de la capital, Uagadugú, y otras ciudades importantes.

Las bandas terroristas se mueven con mucho margen de libertad por las zonas rurales, donde mantienen a los habitantes sometidos a un régimen de terror y adoctrinamiento constante. Son dos grandes organizaciones yihadistas las que encabezan la ola de violencia: el GSIM (Grupo de Defensa del Islán Musulmán), que forma parte del conglomerado de organizaciones que integran Al Qaeda; y el EIGS (Estado Islámico del Gran Sahara), más afín al califato, en apariencia desintegrado desde su derrota en Siria e Irak, y del ISIS, llamado Estado Islámico.

Pero al margen de estas organizaciones sanguinarias y bien dotadas de armamento, la violencia se ha multiplicado con la actuación de bandas de diferente orden. En su mayor parte de bandoleros que se aprovechan del ambiente general de confusión para cometer sus actos delictivos: asesinatos, asaltos, robos y chantajes. Las carreteras de buena parte del país se han vuelto peligrosas. Una situación que se ha venido intensificando desde apenas hace tres años.

El bandolerismo atemoriza a la población civil donde el yihadismo no ejerce control. El yihadismo, entre tanto, impone su Ley Coránica sobre los musulmanes y el terrorismo contra los católicos, a quienes considera sus principales enemigos. Los atentados contra Iglesias y otros centros religiosos son frecuentes. Un misionero fue asesinado recientemente y las misiones cristianas trabajan bajo una amenaza permanente.

Esta situación, además de miedo e inseguridad, genera también una paralización de la economía. La principal riqueza y producto de exportación es el oro, que se ha convertido en la ambición de cuantos imponen su ley por la violencia. Las pérdidas para el Estado tienen el doble efecto de limitar su capacidad para hacer frente a la ola de terrorismo. Pero en la actividad cotidiana, el sustento de la población es la agricultura y la ganadería, que proporcionan los alimentos. Dos actividades que cada día se ven más limitadas por el ambiente de caos e inseguridad.

Burkina Faso necesita ayuda exterior para erradicar el terrorismo y ayuda exterior para evitar que el terrorismo yihadista que tiene en el Sahel su creciente reserva se siga extendiendo por otros países de África. Y, si no se pone coto a tiempo, por otros continentes. Sin embargo, las potencias que tendrían que encabezar esa ayuda hacen ojos y oídos sordos. Quizás esperan a que las cosas empeoren. Mientras, los burkineses merecen toda la solidaridad de cuantos deseamos la paz y la libertad.

 

(*) Fotografía: Martin Wegmann.

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