Africa 3.0

Carreteras secundarias

En lo geográfico, los viajes costeros son siempre cuesta abajo. Más fáciles, llegas con hambre, un instinto simple de satisfacer. El viaje al interior, indudablemente en lo personal, es más arduo de sacar a delante y suele estar alejado de la zona de confort. Sus detalles demandan de los sentidos para ser degustados. ¿Quizás anide ahí la razón por la que nuestra fachada es la costa que todos ven y el interior requiera de carreteras secundarias para advertir lo que realmente acontece dentro? Es posible. Peajes de la existencia que de alguna manera es un largo viaje en carretera. He vagabundeado tanto en África austral que ya me pierdo en fechas, cruces de caminos y localidades perdidas en mitad de la nada bajo un cielo acuarela. Es todo un poco Patrick O´brian: ¿pasó o es producto de mis elucubraciones? Y así dejé la puerta al océano Índico en el retrovisor de los sentidos cuando salí de Durban con la intención de perderme al interior de las tierras altas de Lesotho y Natal. Quizás la Sudáfrica más discreta, desconocida y sencilla; totalmente ajena a sus centros comerciales y clubs de diseño.

Durban es una de las urbes más locas y pudiendo serlo, menos presuntuosas que he respirado. El mayor puerto de África es una inmensa mercadería que huele a curry y vainilla de Madagascar. Todo se negocia y si no está allí, no existe. Su Indian Quarter amontona la mayor diáspora hindú fuera del precipitado subcontinente indio y realmente llegas a preguntarte donde demonios estás. Pulcra en suciedad, tiene un encanto que sólo ves cuando te has marchado y la recuerdas como el sari multicolor que realmente es, una muchacha india que nunca envejece.

Levantarte aún de noche y estar ya en la carretera tiene algo especial: el subidón de ser infiel al horario establecido. La soledad tiene trazas adictivas. Opio que una vez fumado en necesario se torna pues te hace ir por delante ya no en el tiempo sino en la oportunidad de ver. La costa de KwaZulu-Natal son kilómetros y más de playas blancas, agua templada y una frondosidad solamente rota por los diáfanos esquinazos de casas de diseño que precipitan sus enromes ventanales al océano Índico. A mí me parece todo un poco Edward Hooper. Huéspedes blancos y servicio negro; la vieja Sudáfrica goza [aún] de una excelente salud racial. Nada ha cambiado en la añeja estructura original de un país distinto que es agua y aceite.

De un volantazo dejas el litoral y serpenteas a hacia el interior, el tuyo y el de la provincia. El viaje crece en incertidumbre y silencio. Las localidades del mapa se decepcionan en una mera encrucijada que da nombre a la nada. África es docta en bautizar lugares donde solo hay vacío, algo improductivo a las expectativas de los grises oficinistas cartesianos del Brazil de Terry Gilliam que todos llevamos dentro. Es como los que nos sentamos a hacer nada, poca gente lo entiende, cosas de gatos. Subes pero la temperatura baja. Atrapado en su gris hidropesía, el cielo empedrado no termina de precipitarse y dejas que la carretera te atrape en sus meandros con la promesa de que habrá tras la siguiente colina: campo y más campo.

El horizonte siempre cumple lo que promete. Ni radio hay en estos parajes y mirar el móvil sería una falta de respeto a la comunión del momento.

Las tierras altas entre Eastern Cape y Natal son alineaciones de suaves colinas verdes parcheadas en pinares. Canadá en África. Inesperado. Como la gente del arcén, el viaje se torna silencioso y humilde; atraviesas localidades sin mayores exigencias que una tienda de víveres que también hace de local social. En las tierras altas el ganado es otro pilar social más, pasta libre y mira al viajero con la despreocupación del ocioso. Los niños xhosa, con uniformes burdeos Harry Potter, caminan de vuelta al colegio. Sin educación no seremos nada, que decía un tal Mandela y aun así, no será fácil. No he visto carreteras mejor cuidadas ni más limpias que estas. Un bofetón al perjuicio del europeo, urticaria emocional de la que hace años me libré aunque es muy posible que ya naciera ajeno a ella. Mejor.

La cumbre de cada puerto de montaña es el feudo de la brisa gélida, el discurso de Eolo que empuja el molino. Artefacto del hombre que hace pagar peaje a ese espíritu nacido libre que es el viento. Sudáfrica es tierra de molinos y descampados. No hay erial huérfano de su windmill. La intención naufragada, pues el viajero siempre es demasiado optimista en la distancia sobre el papel, que todo lo soporta, era el poste de Mvezo: caserío xhosa donde vino al mundo Nelson Mandela. Un lugar discreto y sencillo que arropado en armoniosas colinas verdes erizadas en una hierba húmeda y frondosa, asemejan una mar tendida que apuntala el dicho que las grandes cosas tienen principios sencillos…no llegué nunca.

CENTRO DE ESTUDIOS AFRICANOS DE LA ULL

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