América

Niños sin escuelas, niños sin futuro

Niños sin escuela

Julio estaba sentado junto a su hermano en la acera, esperando que cayera un papagayo que colgaba de una antena al lado de la autopista. En las barriadas de Caracas es muy común ver papagayos (cometas) volando los cielos, comandados por verdaderos expertos que hacen férreas competencias por hacer caer el papagayo del equipo contrario y apoderarse de él. El clima de primavera eterna en la capital venezolana facilita que los vientos soplen a favor del vuelo de cometas a cualquier hora y en cualquier momento del año.

Yo acababa de comprar un kilo de plátanos y me acerqué a Julio para regalarle uno. Ver a dos niños pequeños solos en la calle me activa el instinto materno de protección. Eran las 11 de la mañana. A esa hora normalmente un niño está en la escuela. Cuando le pregunté a Julio me explicó que este año escolar su madre los inscribió pero no los ha llevado a clases. “No sé, pero mi mamá no nos ha podido llevar. Yo pasé para 6º grado y mi hermano para 3er grado, mi mamá dijo que no podía mandarnos a la escuela por falta de plata”, me contó.

Me quedé conversando con Julio y su hermano Andrés mientras el viento golpeaba al papagayo sin tumbarlo. Compartimos varios plátanos y ellos reían con la inocencia trastocada de su niñez, mientras me contaban sus travesuras en la calle. Ni Julio ni Andrés van a la escuela porque su madre muchas veces no tiene comida para hacerles el desayuno o el almuerzo.

Ella trabaja limpiando casas y los deja solos en la casa mientras regresa. Una vecina los cuida, pero no mucho. “Nos quedamos en la casa viendo televisión, pero nos aburrimos y salimos a jugar a la calle. A mí me gustaba ir a la escuela. Yo quiero ser bombero. Mi mamá dice que cuando se solucione todo volveremos a la escuela”.

La mamá de Julio se quedó sin trabajo estable porque la empresa para la que trabajaba liquidó a casi todo su personal. Por eso limpia casas mientras consigue otro empleo. Es madre soltera, no cuenta con apoyo de nadie más, salvo una vecina que “le echa un ojo” a los niños mientras ella regresa de su jornada.

Con su ropa sucia y rota, Julio y Andrés ven la calle como una diversión. Están a pocas cuadras de su casa. Sólo quieren jugar con los papagayos. No comprenden los peligros de una calle que no es lugar para el crecimiento sano de ningún niño. Recientemente, la Federación Nacional de Sociedades de Padres y Representantes (Fenasopadres) de Venezuela, advirtió que más del 60% de los estudiantes desertaron en el nuevo inicio del año escolar. Julio y Andrés forman parte de ese porcentaje.

Su madre les prometió que “cuando se solucione todo” volverán a la escuela. Ellos creen que regresarán cuando su mamá consiga otro trabajo o cuando Maduro caiga o cuando superemos la hiperinflación o cuando tengamos un país normal.

Maduro está en La Habana, en un foro antiimperialista de solidaridad con Cuba, desde donde cuestionó al presidente de El Salvador, Nayib Bukele, quien ordenó al cuerpo diplomático de Venezuela abandonar ese país centroamericano y reiteró su reconocimiento a Juan Guaidó.

En las calles, los venezolanos como la madre de Julio y Andrés, siguen trabajando desde muy temprano para tratar de llegar a fin de mes. Se reinventan en oficios para sumarle más ingresos al mellado presupuesto familiar. Maduro gana tiempo mientras hay niños venezolanos que cambiaron la escuela por las calles.

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