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Historia de un milagro

1975. La Navidad había sido perfecta, “del carajo”, si le permiten a Epifanio Perdomo denominarla así. El trayecto era tranquilo, hasta que llegó el 30 de diciembre. Ese día no pasó inadvertido, al menos para los 32 tripulantes del barco. Tres explosiones terminaron con el entonces carguero más grande del mundo en sólo tres minutos. Los 315 metros de eslora y 50 de manga quedaron bajo el agua, con dos únicos supervivientes: Imeldo Barreto y Epifanio Perdomo.

Tres explosiones condujeron al carguero noruego ‘Berge Istra’, hace 38 años, al fondo marino del Pacífico, con dos únicos supervivientes, ambos tinerfeños y hoy vivos, y un naufragio de imborrable recuerdo

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 El director del documental, en aguas cercanas a Punta del Hidalgo. / Luis Adern 

 

1975. La Navidad había sido perfecta, “del carajo”, si le permiten a Epifanio Perdomo denominarla así. El trayecto era tranquilo, hasta que llegó el 30 de diciembre. Ese día no pasó inadvertido, al menos para los 32 tripulantes del barco. Tres explosiones terminaron con el entonces carguero más grande del mundo en sólo tres minutos. Los 315 metros de eslora y 50 de manga quedaron bajo el agua, con dos únicos supervivientes: Imeldo Barreto y Epifanio Perdomo.

La hazaña de Epifanio e Imeldo vuelve a tener en ‘Los náufragos del Berge Istra’. El estreno del documental es el viernes 31 de enero en Punta del Hidalgo (19.00). Este mismo trabajo se publicó en ‘Diario de Avisos’ el domingo pasado

Los dos tinerfeños naufragaron en una balsa salvavidas esperando que algún día los encontraran. Tras 20 días a la deriva, fueron rescatados: el 18 de enero de 1976. Hoy, 38 años después, la historia vuelve a tener vida de la mano de Víctor Calero, director lagunero del documental Los náufragos del ‘Berge Istra’, y en memoria de todos los fallecidos en ese buque. Es un proyecto para no dejar en el pasado lo que Imeldo y Epifanio siempre recordarán. El estreno se realizará el viernes 31 de enero en Punta del Hidalgo, a las 19.00 y en el centro ciudadano de ese barrio lagunero. Allí estarán todos.

 

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 Los náufragos, en instantes de la grabación del audiovisual. / L. A.

 

Chispa en el número siete

Tubarão fue la última ciudad que tuvo en su puerto al Berge Istra. Cargado de minerales, salió de Brasil ocho días antes hacia Japón, donde debía entregar el material. En el barco, diferentes nacionalidades se relacionaban: 12 de ellos, canarios. Imeldo era uno de ellos. Hombre de mar, se ganaba la vida en su pequeña embarcación. Mantener a su familia no era fácil, por lo que decidió trabajar en ese carguero noruego: ganaba mucho más. Epifanio, más de tierra, valoró la idea de un buen sueldo, la que lo llevó a trabajar en buques de carga. Él nunca se fijó en el mar, sino en su economía.

Faltaban cinco días para llegar. Sol y brisa acompañaban los trazos de pintura que Epifanio daba a la cubierta. En el lado contrario, otros marineros se encargaban de soldar la cubierta y dejaban en el aire chispas que inquietaban a todos. Cuando le toca trabajar a Imeldo, Epifanio puede irse a descansar al camarote, en popa. Curiosamente, aquel día no tuvo descanso alguno: el contramaestre Torres le encargó recoger las mangueras de proa.

Los marineros seguían pintando la cubierta. El sol castigaba con fuerza en esa parte del Pacífico y el Berge Istra navegaba hacia tierras japonesas. Al volver ambos a proa para seguir trabajando, Epifanio observa que quedaba no más de un metro para terminar de soldar. Torres vio que faltaba pintura y pidió a Toledo que lo acompañara a buscarla. Así Epifanio iría recogiendo las herramientas para llevarlas al castillo de proa. Trabajando, sus miradas, de pronto, se fijaron en un punto. Era una explosión. “Vi salir el reparador por los aires: las llamas de fuego salían por los seis pisos”, recuerda Epifanio. “El humo era muy negro, como si se quemara la cubierta”. La popa no se veía ya: la banda de babor, tampoco. Y ellos, lejos pero cerca, daban ya su vida por perdida.

“Saltó una chispa al tanque número siete, fijo. Los tanques estaban sin limpiar y, pues…, era inevitable”, piensa Imeldo. Un total de tres explosiones, muy sonoras, dejaban un boquete en la cubierta. El agua entraba por el costado, escorando el barco a babor, junto al mineral. Cuanto más mineral caía, más rápido se hundía. Los cuatro que estaban en proa solo veían una esperanza: soltar la balsa. Una balsa salvavidas con una peculiaridad para Imeldo, que había estado en varios barcos antes: “Es el único barco en los que he estado que tenía una balsa”.

“Todos queríamos tirar la balsa al agua, pero no lo conseguíamos”. Sin rendirse, Imeldo logró hacerlo. Tocaba llegar al sitio más seguro: la banda de estribor. Resbalándose por la cubierta, no todos alcanzaron el objetivo. Gil Rosa y Ferrer Negrín quedaron atrapados entre las máquinas, sin poder salir, mientras que el barco se adentraba en el mar. Ese momento lo tiene grabado Epifanio en su mente, igual que las palabras de Ferrer Negrín: “¡Ahí lo tienen, hijos de puta!”. De tanta soldadura, en cualquier momento podían salir volando “como guerrero blanco”. Lo sabían.

Nada evitaría que el barco se hundiera. A 200 metros de altura, agarrados a la barandilla, las piezas del barco caían junto a sus compañeros. Epifanio no pudo esquivar una de ellas y cayó al agua. “Nadando, sentí un golpe en la cabeza y en la pierna. Esto lo tenía yo abierto, mira…”, enfatiza mientras muestra su cicatriz escondida bajo el pantalón. Golpeado, perdió el conocimiento. Imeldo se agarró como pudo hasta llegarle el agua, pudiendo con él la succión. El efecto sifón lo hundía más, mientras que sentía que sus oídos iban a reventar por la presión. “No sé de dónde saqué fuerzas. Era imposible que saliera vivo”, dice convencido Imeldo, sin saber cómo lo logró. Pero sucedió. Logró salir con sus propios brazos. Fuera vio, a lo lejos, la balsa. Nadó cincuenta metros para alcanzarla y, segundos después, un cuerpo apareció flotando junto a la balsa. Boca abajo. Era Epifanio.

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 Epifanio Perdomo. / L. A.

 

Recuerdos sobre las olas

Apareció desnudo: ni calzoncillos conservó. Cuando recuperó el conocimiento, estaba en la balsa de corcho de 1,80 metros cuadrados, junto a Imeldo. Le había hecho el boca a boca, no sin antes colocarle la lengua que, doblada, no lo dejaba respirar. Al tercer golpe de pecho, empezó a ver que “el ombligo subía y bajaba”. Estaba vivo, pero no paraba de llorar. Imeldo, al que sí le quedó ropa, intentaba relajarlo. De sus cuatro prendas, se quedó con el pantalón y la camisa, dejando para su compañero su camisilla y calzoncillos (“bragas”, según Epifanio). A su alrededor, la imagen ya era diferente a la que tenían hacía minutos. Ni barco ni tripulación. Nada más que agua con matices negros, por el mineral, y algunos restos del Berge Istra.

La segunda visión de Epifanio, instantánea, le hizo pensar que se iba a morir. “Vi que escupía sangre. Estaba reventado por dentro, o eso creía”. Realmente no era así, aunque él no podía darse cuenta. Imeldo sabía que la sangre caía desde la herida de su cabeza. Pero su pierna también tenía sangre. Con dolor, Epifanio quería bajar su mirada, ver qué tenía. Su compañero, que veía el tuétano de su hueso con claridad, evitaba que lo hiciera. “Su cuerpo estaba mojado y rojo porque se mezclaron el agua y su sangre. Si se llega a mirar, se habría dado un susto enorme: pensaría que era solo sangre”, puntualiza Imeldo. “Curamos la herida gracias al agua salada y a que, un día, lo lavé con agua dulce”.

La balsa disponía de cuatro botes de medio litro de agua dulce y un paquete de galletas que se derretían en la boca como cucharadas de azúcar que no durarían. Además, Epifanio no quería escatimar en raciones. “Él quería comerse una galleta en el desayuno, una en el almuerzo y otra en la cena. Así lo hicimos, y los dos contentos”, recuerda Imeldo, entre risas. Las galletas duraron dos días. En este caso, el nailon y el anzuelo que la balsa traía fueron de ayuda para la pesca. “Los peces gallo iban como tiros. Les quitábamos el hígado para comérnoslo; también la cabeza y chupábamos el líquido. Los ojos, por su agua. Y así, los 20 días… un manjar”, ironiza Epifanio ante el recuerdo en la balsa.

La balsa y sus cuatro dedos de altura dejaban entrar fácil el agua. No dormían, aunque lo intentaban acurrucados y de lado. “La sensación era horrible. Encima, la balsa tiene unos hierros en el centro: ahí dejé piel y sangre pegada”. Además, en la balsa también dejaron un recuerdo por si algo ocurría. Imeldo, con la punta de las tijeras, grabó el nombre de su mujer y de sus hijos. Podía haberlo grabado con el cuchillo, pero Imeldo lo había tirado al agua: tenía miedo de que Epifanio lo matara. Tenía fama de haber estado en la cárcel por asesino. Nueve años entre rejas que eran mentira, y se lo confesó a Epifanio en la barca: lo había dicho porque lo tenían amargado, porque “no sabía hacer nudos”. Quería que lo dejaran en paz. Respeto. Y lo tuvo.

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 Imeldo Barreto. / L. A.

 

El día que volvieron a nacer

Pasaban los días, la tempestad, la entrada y la salida del sol. En el decimotercer día a la deriva, ya no sabían la fecha que era: habían perdido la noción del tiempo. Estaban ellos, el horizonte y los gritos ahogados de sus tripas. Nada parecía bueno: ni los delfines. “Me daban miedo: si saltaban encima de la balsa, nos hundirían”. Con los ojos bien abiertos, Epifanio no olvida el paisaje marino y su belleza, que, entre tanto desespero, daban una “preciosa imagen”.

Vigésimo día. Imeldo ya había avisado a Epifanio de que esa mañana se tiraría al agua. Sus fuerzas, sus esperanzas y su vida ya habían tocado techo, queriendo terminar con esa situación. Sin poder mantenerse en pie, Epifanio lo cogió por el pantalón con la fuerza que le quedaba. “Imeldo, no me dejes solo, por favor. Acurrúcate a mí, que estoy muerto de frío”. Lo necesitaba a su lado. Pensándoselo mejor, se dejó caer al lado de Epifanio, abrazándolo. Y de no ser por tal frase, no habría estado cuando dos horas más tarde, más o menos, Epifanio oyó la salvación. “Oía un ‘pu, pu, pu’ continuo. Me levanté como pude: era un barco”. Llegaba su salvación. “Imeldo, ¡un barco!”. De un brinco y agarrándose mutuamente, observaban un pesquero japonés con la tripulación en la cubierta saltando de alegría. Los habían encontrado. Aquel día comenzaban una vida nueva. “Yo nací un 30 de diciembre de 1975 en Japón”, especifica Epifanio, emocionado. Ellos no sabían si fue la bengala o el radar lo que hizo que los localizaran. Fuera como fuese, y sin parar de lanzar besos al aire, se había terminado su pesadilla: estaban salvados.

Café, té y agua fría fue lo primero que pudieron tomar los recién rescatados. En cuanto a la comida, pescado crudo, a comer con palillos, el punto débil de Epifanio, así que él prefirió usar sus propias manos. Habían sido encontrados cerca de las Islas Marshall, alejados 500 millas del lugar en el que el agua se tragó el Berge Istra. Al pisar tierra, Imeldo y Epifanio recorrieron mucho el mundo: de Tokio a Alaska para repostar, de allí a Copenhague. Vuelo hasta Nueva York para registrar el hundimiento del barco y luego salir de allí hasta Madrid para más tarde llegar a Tenerife. “El aeropuerto de Los Rodeos estaba lleno: sabían que llegaban los supervivientes del Berge Istra”. A principios de marzo de 1976, por fin pisaban su tierra.

38 años después, han vuelto a esa balsa. A la misma balsa. Son los protagonistas del documental de Calero, los mejores actores que podía elegir. En su propia piel, revivir la sensación en las aguas. Navegar. Aunque uno de ellos no ha dejado de hacerlo a sus 79 años: Imeldo. Con miedo en un principio, consiguió recobrar la confianza en su eterno aliado, su compañero leal. Pero su otro compañero, Epifanio, de 76 años, no quiere más mar. “Mientras haya agua dulce, ¡en agua salada no me baño!”

02-02-Cartel-documentalVíctor Calero: “Imeldo y Epifanio ya son mis dos abuelos adoptivos”

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