3.0 Opinion

El mal de los patrones

Si renombre significa que un nombre se repite y se multiplica numerosas veces, una serie para televisión del poderoso grupo de comunicación Caracol, colombiano de origen, ha puesto a repetir, en más treinta países, el nombre de Pablo Escobar Gaviria. Si sus crímenes ya le habían dado renombre universal, el nuevo producto lo replica en millones de telespectadores. En el escenario de sus psicopatías logró una sintonía del 80%, el rating más alto que se recuerde.

Pablo Escobar

Pablo Escobar

Si renombre significa que un nombre se repite y se multiplica numerosas veces, una serie para televisión del poderoso grupo de comunicación Caracol, colombiano de origen, ha puesto a repetir, en más treinta países, el nombre de Pablo Escobar Gaviria. Si sus crímenes ya le habían dado renombre universal, el nuevo producto lo replica en millones de telespectadores. En el escenario de sus psicopatías logró una sintonía del 80%, el rating más alto que se recuerde.

Todo parece indicar que su producción no ha escatimado en gastos y que el costo de los ciento y tantos capítulos ha sobrepasado los 160.000 dólares. Dan ganas de llamarla, por la ostentación excesiva de medios -tan propia de quien la nutre-, narcoproducción. No digo que lo sea sino que se le parece. Por lo demás ya se puede decir que es un éxito y que su cuota de pantalla va a devolver con creces la inversión.

Esto de reproducir en la ficción los peores personajes de la vida real no es nada original. Por el contrario, la maldad produce una enfermiza fascinación que la industria del entretenimiento ha sabido explotar. Pero en el caso del Patrón del mal, como se llama la serie, estremece y espanta. Para empezar, es de una penosa frivolidad que sean sus propios compatriotas los que reproduzcan y amplifiquen sus crímenes. Es comercializar una extraordinaria y dolorosa tragedia en el tiempo presente de sus víctimas, entre las cuales me cuento aunque, por fortuna, sin consecuencias irreversibles. Soy de los pocos que puede decir que no hay mal que por bien no venga.

Cabe preguntarse qué estado de imbecilidad nos permite embelesarnos con la crueldad suprema ejercida contra seres humanos que tienen en Colombia nombre y apellido. No son dibujos animados. Y si no hay un didáctico peligro de emulación cuando se ofrece como bien alcanzable el poder absoluto e impune del dinero, la obscenidad del lujo o la facilidad de adquirir mujeres bellas con sólo soplarles la nariz con un buen fajo de billetes. Menos se puede explicar por qué un país que cada día sufría la demencia de Escobar ahora se regodee en resucitarlo. No es la primera vez que sucede. Otras producciones del mundo narco también han gozado de gran audiencia. Y los libros de mayor venta son los referidos a esta pulsión. A la narco-literatura se sumó García Márquez con la Historia de un secuestro.

Aparte del beneficio económico, repito, no sé qué provecho puede sacar un país con dejar expuestas sus peores llagas ante el mundo. La ficción nada disculpa, toda vez que su mejor argumento de venta es que es un calco muy logrado del Escobar real. Para colmo, la serie muestra al personaje también como un cariñoso padre de familia y un benefactor de pobres. Que lo haya sido, en nada minimiza su daño irreparable. La justicia sometida a la extorsión de la plata o el plomo; la corrupción de cuanto estamento social y gubernamental existe; el valor de la vida tasada en unos pocos pesos, empresas de sicarios en pleno auge y, sobre todo, el terror y el horror que le ha costado al país hombres valiosos como el candidato a la presidencia Luis Carlos Galán, la posibilidad de paz con la participación política de las FARC reconvertidas en Unión Patriótica, diezmada sin piedad con más de cinco mil ejecuciones, más los cientos y miles de campesinos e indígenas torturados, violados, muertos o desterrados.

Si para apologías del mal estamos, imagino que ya estarán pensando en Álvaro Uribe Vélez, otro gran patrón de las desdichas nacionales.

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