3.0 Opinion

Las reglas del juego

Cuenta mi madre que allá por los sesenta mi abuelo protestaba porque, según él, en la ferretería del pueblo le estaban haciendo firmar un albarán para retirar mercancía a crédito. Al hombre, eso de que no se fiaran de él lo traía de cabeza. ¡Cómo iba a ser eso de que no confiaran en su palabra! ¿Acaso no lo conocían? ¿No sabían dónde vivía? Para él lo dicho era suficiente; no era necesario poner papeles por medio para garantizar el cumplimiento de lo pactado. Así se había hecho siempre; era la costumbre. La gente se miraba a la cara, directa a los ojos; se confiaba en el otro. Era importante ganarse el respeto de los demás, tener una reputación, no faltar al compromiso. Las cosas funcionaban mediante un código, que, aunque no estuviera regulado, se cumplía

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A petición de El Moreno; él sabe el porqué.

Cuenta mi madre que allá por los sesenta mi abuelo protestaba porque, según él, en la ferretería del pueblo le estaban haciendo firmar un albarán para retirar mercancía a crédito. Al hombre, eso de que no se fiaran de él lo traía de cabeza. ¡Cómo iba a ser eso de que no confiaran en su palabra! ¿Acaso no lo conocían? ¿No sabían dónde vivía? Para él lo dicho era suficiente; no era necesario poner papeles por medio para garantizar el cumplimiento de lo pactado. Así se había hecho siempre; era la costumbre. La gente se miraba a la cara, directa a los ojos; se confiaba en el otro. Era importante ganarse el respeto de los demás, tener una reputación, no faltar al compromiso. Las cosas funcionaban mediante un código, que, aunque no estuviera regulado, se cumplía.

Hoy en día la manera de resolver las cosas ha cambiado. El afán de regular nos ha convertido en auténticos tecnócratas. La burocracia se ha extendido hasta límites insospechados, abarcando todo tipo de regulaciones, leyes y normas de cualquier índole. Para todo hay un modelo, para todo hay un registro; nada escapa a esta sociedad del control. Lo que naciera como una herramienta para la coordinación y el buen funcionamiento se desvirtúa y adquiere otras connotaciones. Las normativas y protocolos ya no son un medio para el buen funcionamiento de las tareas; por el contrario se convierten un fin en sí mismos. Si no cumple lo que dicta el reglamento es inadmisible, por mucho que beneficie al usuario. Así encontramos ejemplos sangrantes, como las normas ISO 9000, establecidas por la Organización Internacional de Normalización y aplicables a cualquier tipo de empresa, organización o actividad orientada a la producción de bienes y servicios. En este conjunto se agrupan las reglas sobre la calidad y su gestión, además de proponer herramientas de control como las auditorías.

El colmo del asunto es cuando ese tipo de controles llega a lugares como los centros educativos, donde los estándares de calidad se miden por los registros que los maestros son capaces de realizar. Se evalúa que las programaciones educativas sigan un criterio de trazabilidad y que todo acabe reflejado en los diferentes documentos con los que se trabaja: cuadernos de notas, cuadernos de visita… El día de la auditoría solo habrá que mostrar que todo esto tenga una correlación y esté completo. Cuestión de imagen. El auditor no le preguntará al maestro cómo le va con su clase, ni si tiene alguna dificultad en su trabajo. Tampoco tendrán en cuenta la metodología, ni los objetivos, ni las competencias. Mucho menos se preocuparán por saber si sus alumnos aprenden o van contentos a clase. Ese día no hablaran de educación. Ese día, el señor de corbata y traje gris, solo se fijará en que todo está en orden, según la norma, según dictan los cánones del plan de calidad. Si todo es positivo, se obtiene la certificación y el centro podrá exhibir su garantía de calidad y, en algunos casos, de excelencia.

Hemos caído en el sinsentido. La calidad está en lo humano, en lo que nos hace ser auténticos. Sin embargo, en vez de apostar por eso y utilizar herramientas efectivas, nos hemos cerrado en murallas de papel. Los asientos en un registro son más importantes que las personas que están detrás. No pasa nada si no reflejan lo que ocurre de verdad. No pasa nada si la realidad no cambia, si todo sigue igual. Mientras todo esté en su sitio, no es necesario pensar: con que cumpla con lo establecido y pueda cotejarse, perfecto. Lo bueno del papel, como decía aquella, es que lo aguanta todo, incluso la insensatez.

@cesarmg78

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