3.0 Opinion

Miércoles con revés de Sardina

Son las 18.30 de un miércoles que quiere ponerse del revés y lo primero que te sobresalta es que el espejo esta vez no devuelve tu imagen más conocida. La cosa empieza como para asustarse. Piensas con mano temblorosa: “¿Sigo o lo dejo?”, “¡quizá no merezca la pena!”, “¡qué horror!, ¡qué horror!…”

Suena el telefonillo y una voz bien aposentada en la escalera del portal del edificio te traslada entusiasmo, energía, diversión, buen rollo, éxito… En fin, que puede ser un gran día, uno de los pocos que quizá a lo largo del año tendrás oportunidad de disfrutar a tope. Te animas, pero enseguida pasas.

Son las 18.30 de un miércoles que quiere ponerse del revés y lo primero que te sobresalta es que el espejo esta vez no devuelve tu imagen más conocida. La cosa empieza como para asustarse. Piensas con mano temblorosa: “¿Sigo o lo dejo?”, “¡quizá no merezca la pena!”, “¡qué horror!, ¡qué horror!…”

Suena el telefonillo y una voz bien aposentada en la escalera del portal del edificio te traslada entusiasmo, energía, diversión, buen rollo, éxito… En fin, que puede ser un gran día, uno de los pocos que quizá a lo largo del año tendrás oportunidad de disfrutar a tope. Te animas, pero enseguida pasas.

Entonces te dices, sin mucha convicción, que ya no hay remedio y que no queda otra que intentarlo. Pero es que te ves horrible, como nunca antes: “Tengo un aspecto de pena. Además, qué hago yo de esta manera…”, vociferas al espejo.

La persona del telefonillo está con la marcha en el cuerpo y no tiene intención alguna de dejarte escapar. Insiste en sacarte de casa a base de pitido grueso: con pitido va, pitido viene; por si acaso, que no confía mucho en tu capacidad de abstraerte y de entregarte al mundanal ruido, a la perversión, al escenario del mundo al revés.

“¡Total, una vez es una vez…!” Al fin te convences de que sí es el momento y bajas la escalera a toda prisa. Renuncias al ascensor. Bueno, no puedes hacerlo porque (se me olvidó decírtelo) en tu edificio no existe. Llegas al zaguán y ya estás muerto de la risa. Pero si esto aún no ha empezado… No sabes si ríes por pánico a la imagen que ya estás dando o por lo fea y llanera que está la persona que te acompaña en este viaje. Sientes vergüenza, pero recalcas en tu mente, en silencio, que ya no hay marcha atrás. El ruido de la fiesta viene a comerte y tú y tu compañía quieren esta vez ser el plato más apetitoso.

Sin darte cuenta, penetras en la masa…, y empieza el largo orgasmo con clímax junto al calor y la ceniza, con final en la muerte del pequeño pelágico. Te lo has pasado como no te lo esperabas: mucho mejor, a las mil maravillas.

Llegas a casa y no sabes muy bien cómo lo has conseguido. Lo bueno, por eso mismo, es que ya estás de vuelta, sólo ante el espejo. Estás partido de la risa y en parte no deseas acabar la jornada: “¡No, por favor!”, quieres lamentarte a grito limpio, pero los demás duermen. O no.

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El Entierro de la Sardina está finiquitado en Santa Cruz, pero la fiesta sigue viva en tu espejo. Esta vez sí es tu espejo, un espejo que reproduce en unos de sus rincones el torso desnudo de la persona que tanto insistió con el pitido. Hay una sonrisa de felicidad al fondo. La otra sonrisa, la que no es tuya (por ahora), dice: “Ven. Déjalo ya”.

El gallo ya dio el jueves, que no es un día del revés. Tu espejo en este justo momento sabe con solvencia que la próxima ya no te la perderás.

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